nov 21 2010

Los regalos de la prensa

Los viernes me acerco al quiosco (nunca lo hago salvo si quiero comprar cromos a mis hijos porque lo que dicen los periódicos me da exactamente igual), me acerco y pregunto sobre las películas que acompañan a las publicaciones. A veces merece la pena comprar un ejemplar y, por poco más dinero, llevarte una copia de la película que toca. También, a veces, me llevo el pack completo sin saber lo que me espera. Películas que no he visto y/o de las que sé alguna cosa que he leído aunque me apetece comprobar, por mí mismo, si es cierto o no.
El desastre suele ser monumental. Y la pérdida de tiempo lo más doloroso de esas hecatombes.
Lejos de la tierra quemada es una película escrita y dirigida por Guillermo Arriaga. Es una película previsible repleta de personajes inverosímiles, de situaciones estúpidas e incomprensibles. Es una película ventajista en la que la información se le escatima al espectador para que esa chapuza de guión que escribió este Arriaga aparezca como algo original y preciso (por supuesto que no lo consigue). Charlize Theron está fría y aburrida en su papel. Kim Basinger está sosa y aburrida en el suyo (todo en este trabajo es aburrido). El resto de personajes son pura anécdota o un amasijo de idioteces. Lejos de la tierra quemada no es una película de cine. Es un desastre. La música pasa desapercibida (tal vez por los bostezos que no dejan escuchar nada). La fotografía está algo descuidada y es muy repetitiva. La dirección de actores nula. Cada cual con su talento hace lo que puede. El vestuario es espantoso sobre todo porque el tiempo que separa las distintas escenas es amplio y allí todo el mundo viste de la misma forma. Arriaga cree que descubre el mundo de la narrativa al contar la historia de forma fragmentada y desordenada. Y lo que hace es presentar como algo original un auténtico desastre que ya nos sabemos de memoria. Un petardo de gran calibre.
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Cómo ser John Malkovich es una película que propone cosas muy interesantes. Eso sí, durante los diez primeros minutos. Luego ya no. Spike Jonze se olvida de propuestas y deja la cosa en una comedia de enredo que va de mucho a nada, desconcertante, desordenada y bastante estúpida. Había leído que esta es una cinta inclasificable. Pues nada, ya lo arreglo yo. Es una película fallida en su propuesta, es una estafa y un insulto. No se pueden abrir expectativas y luego olvidarse de ellas como si nadie hubiera dicho esta boca es mía. Rebusca este Jonze en lo superficial para hacernos creer que las cosas importantes son una parida sin pies ni cabeza. Poco más. No me explico el ruido que hizo en los festivales de cine.  John Cusack, Cámeron Díaz y Catherine Keener son los protagonistas de esta cosa tan absurda. Por supuesto, el señor Malkovich está. Todos bien revueltos, ninguno haciendo nada del otro mundo, sin intentar defender sus papeles (creo yo que no creían en el proyecto y por eso dejan ver una desgana insólita). Se habló mucho de Catherine Keener después de esta película. No crean que hace nada especial. Normalucha como el resto. Se lo digo yo. Y lo peor de todo es que, todavía, no sé que es lo que querían contarme. En serio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 21 2010

Bear City: Buena vida, buen humor

Confesar que te gustan los osos es como salir otra vez del armario. La frase, pronunciada por uno de los personajes de esta película estadounidense, resume el fondo del asunto sobre el que gira el argumento, que se cuenta de una manera eficaz, con grandes dosis de humor, irónica autocrítica, y buscando la empatía con cualquier público.
Como mucha gente sabe, los osos (bears) son una tribu urbana homosexual que tiene como diferencia una estética que es canon físico y filosofía de vida. Gueto, dentro del gueto por antonomasia que es el ambiente.
Recorremos sus guaridas en vísperas de la celebración de una fiesta, el Bear City, siguiendo a su protagonista, un muchacho que aspira a osezno y que recorre en la cinta su camino de iniciación y nosotros con él.
Bear City es un reconocimiento para los osos y parece que su salida cinematográfica del armario en los Estados Unidos. En España, como en otras cosas, les vamos por delante y así lo reconoció el director Doug Langway en la presentación del filme en el Les Gai Cine Mad, mencionando al director español Miguel Albadalejo y su película Cachorro. Hay varios guiños en Bear City a nuestro país, que en el extranjero, sobre todo en las Américas, se ve como una patria común de libertad y de tolerancia; hasta que empiecen también aquí a repartir las pastas para el té y la niña nos meta los dedos en los ojos (si no se ha hecho lesbiana).
Los actores interpretan entregados y acertados, y es muy interesante la desconcertada interpretación del post-adolescente en búsqueda de identidad que lleva a cabo Joe Conty (Tyler). Unos técnicos y un director solventes además de unos diálogos vivaces que por momentos recuerdan a la serie Queer as Folk, para una comedia romántica con final feliz, donde en resumen se tratan cosas tan cercanas y tan comunes a todos como de la amistad, los prejuicios sobre los demás y la belleza interior.
La película se ha financiado en gran medida con pequeñas participaciones de particulares, de diez, de veinte, de cinco dólares y ha obtenido premios en el Outfest 2010 y en varios festivales de cine en Oslo, Nueva York, San Francisco y Filadelfia.
Desde luego que lo importante es tomarse la vida con buen humor. Gracias ositos.
Me entretuve y me divertí, que hoy en día es mucho.
© Del texto: Ivor Quelch


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nov 21 2010

La hora 25: Cuando la sonrisa desaparece para siempre

Siempre me han gustado las películas que huyen del artificio facilón, las películas honestas. El tiempo me ha enseñado que si alguien tiene algo que decir y sabe cómo hacerlo lo hará sin aspavientos; evitará los artificios narrativos que traten de llevar al espectador a un territorio amable en el que todo funcione. Las cosas bien contadas tienen reservado un lugar único en el que todo fluye sin problemas y en el que todos se colocan sin obligaciones. Esas películas que usan y abusan de la lágrima fácil para conmover, de una violencia desmesurada para causar un horror pasajero; de un discurso bonito, pero vacío para llenar los minutos y que parezca que la inteligencia del lenguaje se instala en cada secuencia; o del chiste ramplón para hacer pasar buenos ratos; esas películas, me parecen una estafa. Lo auténtico nunca se acompaña de bisutería.
La Hora 25 es un buen ejemplo de película que busca narrar, tratar un asunto con claridad (casi inocencia) y que el espectador se coloque sin obligaciones en el único lugar desde donde poder entender. Podrá gustar más o menos la propuesta, pero nadie puede acusar a su director, Henri Verneuil, de jugar con el espectador.
Nos cuentan cómo un campesino rumano es arrastrado a una situación absurda (el jefe de policía de su pueblo está enamorado de su mujer y le envía junto a los judíos detenidos a un campo de trabajo) en la que pasará de una prisión a otra, será reconocido como el hombre de medidas perfectas por un nazi que quiere inaugurar el primer zoo humano, será juzgado por crímenes de guerra y, finalmente, encontrará a su familia destrozada en un lugar extraño. Un disparate que sólo puede ocurrir durante la guerra, cuando la brutalidad se impone a la inteligencia. Anthony Quinn interpreta el papel protagonista, francamente, bien. Ni un gesto de más, ni un exceso. Le acompaña la guapísima Virna Lisi que tiene un protagonismo mucho menor aunque es una pieza fundamental en el desarrollo (escaso) del personaje que interpreta Quinn. La hora 25 es la última de todas las horas. En el momento en que el tiempo se acaba para el hombre, cuando ya no hay solución, toca vivir esa última hora. Es el momento de la guerra, del horror y de la conversión del hombre en un animal salvaje. La bondad y la inocencia (encarnadas por el campesino rumano) no tienen hueco en el mundo, después de la guerra tampoco. Porque nunca lo tuvieron aunque el hombre disfrace su existencia con ropajes luminosos.
A pesar de que la película siempre me gustó mucho, tengo que confesar que hay un par de aspectos narrativos que no terminar de cuadrar bien. El personaje acaba en el mismo lugar que empieza. Sus características son idénticas. Bondadoso, inocente, casi idiota. Un hombre que es pisoteado sin compasión, una y otra vez, por la inteligencia, la ambición, la astucia y todo lo que se les ocurra añadir. Y parece extraño que después de diez años sin familia, habiendo pasado calamidades sin tener que pasarlas, el personaje no sufra el más mínimo cambio. El director intenta ocultar esto con una escena final en la que el campesino es incapaz de sonreír frente a una cámara (antes ha ido preparando todo con el uso de grandes elipsis que suavizan el problema), pero no lo logra puesto que durante la misma escena no para de hacerlo con ganas y rozando lo grotesco, lo esperpéntico. Sabe que, si no lo intenta, el personaje se convierte en una caricatura, en un imbécil que hace que se derrumbe todo el proyecto narrativo. Es verdad que no comprende lo que sucede a su alrededor, que no sabe qué pinta en un lugar o en otro, que vive el momento con plenitud pensando que siempre quedan cosas bellas a las que prestar atención. Todo eso es verdad aunque no termina de digerirse con facilidad, la justificación es algo endeble y está en el límite de lo que se puede permitir. Y más cuando te están diciendo que el ser humano es una especie de monstruo. Pero se queda ahí, en ese límite y cuela. La defensa que hacen los actores de cada uno de sus personajes y la dirección alivian los puntos débiles. El clima creado sirve se sustento a todo lo demás.
La hora 25 es una buena película. Sencilla, que deja un poso para que reflexionemos, que dibuja al ser humano con trazo sencillo y rotundo. Además, se puede ver en familia. La guerra de fondo y ni una escena violenta que pueda causar problemas en los más pequeños. Merece la pena echar un vistazo.
© Del Texto: Nirek Sabal

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