L. A. Zombie: Despropósitos junto al Cristo de Medinaceli

Bruce Labruce es un director de cine y fotógrafo nacido en Toronto, entre sus películas, puede ser conocida Husler White (1996). Sus reflexiones artísticas se sitúan en la marginalidad y es desde ahí, desde donde tenemos que juzgar esta cinta, L. A. Zombie, que protagoniza el actor Françoit Sagat. Ambos, actor y director, han flirteado con el porno gay.
L. A. Zombie es una película off, pero cargada de intenciones y de etiquetas: Serie B, por la utilización desinhibida de los efectos especiales (esos chorros de sangre de colores brotando como fuentes) y de las faltas de racord; porno, porque soluciona el relato acudiendo al máximo recurso de este género, la penetración; y gay por motivos evidentes. Es gore por una recreación de la cámara en lo visceral y lo orgánico que en algunos momentos se acerca a la performación.
Ésta Zombi en Los Ángeles, está diseñada como película de un culto que habrá que ver si tiene seguidores, aunque el director ha sido honesto consigo mismo y parece que ha contado lo que quería. Hay mucho homenaje al cine mudo y ausencia de diálogos en esta extraña historia que se sitúa voluntariamente en la frontera entre lo grotesco y lo ridículo. La música original de Kevin de Hoove y la música orquestal y de cámara de Mikael Karlsson, son potentes y perturbadoras y los efectos especiales y la dirección artística merecen una mención especial por lo delirantes.
Françoit Sagat, maquillado como zombi, gloriosamente desnudo, emerge del mar como un titán en una visión apocalíptica de la que arranca el filme, y continúa, en una narración bastante difusa, sodomizando cadáveres mutilados para devolverlos a la vida. Las imágenes cruzadas, mueven a una reflexión sobre el fetichismo, la marginalidad social y su estigmatización, por el retrato del natural de indigentes y perturbados entre los que evoluciona un Sagat en doble juego de personalidades, muy Jeckill y Hide.
L. A. Zombie es una película imposible de soportar para un espectador convencional y sin embargo, quien sabe a lo que se expone, encuentra más voluntad de provocación que transgresión real. Fue prohibido su pase en el Festival Internacional de Cine de Melbourne, en Australia, mientras que ha pasado por Sitges y por Madrid sin que nadie levantase una ceja.
El zombi termina la película llorando sangre en un enigmático primer plano que puede dar muchas claves.
No deja de ser curioso que, poco antes de comenzar el visionado en el Les Gai Cine Mad, el grupo que esperaba para ver las proyecciones en el auditorio Marcelino Camacho de CCOO, en la calle de Jesús, se uniera, casi, con la cola que se apuntaba al culto del Cristo de Medinaceli. Porque era primer viernes de mes, estamos a cien metros del Prado y ya se sabe que Madrid es lo que tiene: que me mata.
Tuve que hacer un esfuerzo para digerir el despropósito.
© Del texto: Ivor Quelch


Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.