nov 19 2010

Dos caras (II): Son of Babylon o la herencia de nuestro odio

Si en la otra reseña que publiqué sobre el documental Armadillo hablaba sobre Afganistán y el conflicto visto desde el punto de vista de unos soldados más perdidos que Wally en uno de sus mundos oníricos, esta vez hablaré desde el punto de vista de las víctimas, ajenas a cualquier conflicto y que se ven envueltas en medio de un fuego cruzado sin sentido alguno. Y de paso, cambiamos de país, aunque poco importa el lugar, porque visto desde fuera, tanto Afganistán como Irak se han convertido en lo mismo (o eso ve un servidor), una jodida locura, un manicomio de dolor de los que, por desgracia, la audiencia ya se ha empapado e inmunizado de verlo tantas veces en prensa. El argumento nos sitúa en pleno Irak del año 2003, tres meses después de la victoria de las fuerzas aliadas y la caída del régimen de Saddam Husseim, una mujer anciana(Shazada Hussein, brutal) y su nieto (Yasser Talib, el joven actor tiene una fuerza en pantalla descomunal, la sobrepasa) recorren el desierto y lo poco que queda de las ciudades, destruidas por los bombardeos, o en todo caso, por la pobreza imperante en ese antiguo reino que fue antaño la poderosa Babilonia (ironías del destino…); su objetivo: encontrar la fosa común donde se cree que está el cadáver del padre del joven, asesinado durante la Guerra del Golfo por la Guardia Republicana de Saddam, como a cientos de miles más durante aquellos años(y posteriores).
Aunque, viendo el argumento, no lo parezca; se ha intentado politizar poco la película, incluso deja clara su posición el director y guionista Mohammed Al-Daradji alejándose de convertirla en un mero panfleto de un bando u otro, algo que me gusta después de haber visto tantas cintas sobre el mismo tema y en las que todas hablaban de una u otra cosa (el mismo rollo de siempre, vamos), aquí solo asistimos a la vida de unos personajes que están perdidos, que se encuentran con gente que está perdida, gente a la que se lo han arrebatado todo, que han visto la muerte de cerca, donde no hay ni un atisbo de esperanza; es una historia intimista, humana, que toca muchos temas universales. Para ello nuestro director introduce un tercer personaje (bastante polémico y controvertido) que ayudará a los protagonistas en su camino, un ex soldado de la Guardia Republicana, repudiado por la anciana en un principio, pero no mal visto por el joven; los tres descubrirán que todo lo que han hecho y odiado durante largos años no tiene lógica alguna. Que las personas van primero antes que cualquier ideología política, religiosa o filosófica, que no sirve de nada defender unas ideas cuyos gobernantes usan en su propio beneficio, como se ha hecho otras tantas veces a lo largo de la historia. A lo que voy, luchamos la mayoría de las veces sin saber por qué. Ese es el quid de la cuestión, y cuando se hace, solo se deja un reguero de desgracias.
A nivel técnico, es una película con buen ritmo, ni lenta ni pesada, con una fotografía espléndida, que refleja la tristeza de un mundo lejano para nosotros, con esos paisajes desérticos, anodinos, solitarios; con un guión y unos personajes bien construidos y una música excelente de un desconocido Kad Achouri y que completan una historia que se deja ver y deja un regusto amargo sobre el sentido de la vida y a lo que le damos realmente importancia. Una maravilla de película de esas que no hacen mucho ruido y pasan desapercibidas entre una jauría de propuestas estúpidas e infantiles, un film que no deberían perderse si tienen oportunidad de verla.
En el fondo y ya para terminar, Mohammed Al-Daradji nos cuestiona qué herencia dejamos a nuestros descendientes, qué mundo vamos a enseñarles, cuáles son los valores que van a permanecer. Y ese mundo, amigos, lleva impreso el terror, una soledad apabullante y algo muchísimo peor, el odio. Y nosotros tenemos la culpa de todo. Ahora, después de esto, vuelvan a sus vidas frívolas y absurdamente vacías, coman y beban todo lo que puedan, emborráchense y dróguense, duerman en una cama con un buen colchón, en el calor de su hogar; follen lo que puedan sin amar, hablen de tirarse a Fulanito, o Pepito me ha hecho tal; y en la oscuridad de la noche, pregúntense a sí mismos:
¿Soy alguien de provecho? ¿Alguna vez me he sentido agradecido por donde estoy y cómo vivo? ¿Alguna vez dejaré de pensar en mi puto ombligo?
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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