Una chica cortada en dos: La excelencia del detalle

Por lo general, el cine francés acostumbra a gustarme. Cuando lo digo en público algunos creen que es un esnobismo o la intención de dármelas de algo. Sin embargo nada más lejos de eso. El cine francés acostumbra a ser increíblemente detallista, se recrea en la cosa menuda y yo no puedo resistirme a eso. Puede que lo que digo sea sólo por el puro vicio de tirar de lo que tengo más cerca, pero pocos cineastas se entretienen tanto en la configuación de sus personajes como los franceses. No importa, sea por vicio o por cualquier otra cosa, lo cierto es que siento una especial predilección por el cine francés.
Hace un par de meses fallecía Claude Chabrol y con él desaparecía la Nouvelle Vague. Punto y final a un movimiento, a un grupo de directores que crearon escuela y otra manera de hacer cine. No sólo se tenía que ser libre en cuanto al contenido sino también en cuanto a la técnica y la forma. Claude Chabrol fue uno de sus máximos exponente aunque en realidad fuera el director que menos rasgos en común tenía con el resto de directores que han sido englobados en este movimiento. El cine de Chabrol se caracteriza por hacer una elaboradísima creación de sus personajes, cuya presencia y personalidad es incluso más importante que la propia historia que les toca vivir. La trama es lo que menos importa, lo que importa es quienes la conforman. Sus personajes nunca son simples. Los temas recurrentes en el cine de Chabrol son el matrimonio, su sexualidad y la psicología humana y, a partir de ahí, se pueden imaginar.
Una de sus últimas películas fue Una chica cortada en dos, un drama absolutamente perverso donde la duda de una mujer por dos hombres lo centra todo. “Gabrielle Deneige (Ludivine Sagnier) vive en Lyon con su madre Marie (Marie Bunel), una librera que ha criado sola a su hija. Gabrielle, una joven encantadora y espiritual, es la mujer del tiempo en una cadena de televisión de Lyon. Con ocasión del lanzamiento promocional de un nuevo programa, Gabrielle conoce al escritor Charles Saint-Denis (François Berléand), que se había instalado en la región hacía algunos años. Entrado en los cincuenta, brillante, adulador y casado, seduce a la joven nada más conocerla y enseguida se enamora de ella. Por otra parte, Paul Gaudens (Benoît Magimel), un hombre más joven, rico y caprichoso, también intentará conquistar el corazón de Gabrielle”. La sinopsis es la que aparece en la carátula del DVD, pero creo que es más que suficiente para que el lector de este blog pueda hacerse una idea del argumento de la película. Sin embargo, como antes les contaba, lo de menos es la historia que sólo nos sirve de hilo conductor para arrastrarnos hasta unos personajes realmente redondos.
Si la excelencia está en el detalle, creo poder afirmar que estamos ante una película excelente, aunque algunos no lo consideren así. Una película pausada, como todas las de Claude Chabrol, donde la mayoría de las acciones ocurren en lugares cerrados que no dejan lugar a la escapatoria, donde el exterior es algo que está más allá de lo que se puede tocar, como nuestros propios pensamientos, atrapados en nuestro interior. El deseo como eje conductor entre los personajes que son los realmente importante, como motor para el comportamiento egoísta, sórdido, de reacciones desbordadas que buscan la satisfacción inmediata de lo que se quiere, de lo que se desea, sin importar nada más. En definitiva, la satisfacción del impulso que no podemos o no queremos evitar y, en medio de todo ello, la ambigüedad moral con la que jugamos todos.
Puede que esta película no sea de las mejores de este director aunque a mí me parece excelente, pero creo que vale la pena asomarse y contemplar como cada uno de sus personajes se consume en sus complejas personalidades. Busquen una noche de sosiego, apaguen la luz y entren en la película. Pónganse al lado de los personajes como si fueran su sombra y lo gozarán de verdad.
© Del Texto: Anita Noire

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