nov 12 2010

Manhattan: Una hermosa caja llena de problemas

¿Hasta qué punto podemos confiar en las personas? ¿Un hombre o una mujer enamorados son fiables? ¿Son los adolescentes una banda de desequilibrados contestones o lo son los adultos que cumplen más de cuarenta años? ¿Se puede amar a alguien mientras se ama a un tercero? ¿Puede cambiarse un amor por otro sin que ocurra una hecatombe emocional?
Estas son preguntas que asaltan al espectador cuando echa un vistazo al cine de Woody Allen. Incluso en su primera época ya dejaba algunos apuntes sobre estos asuntos cuando hacía comedias desenfadadas, frescas y críticas con los sistemas. Y estas preguntas nos hacen colocarnos ante una situación incómoda. Depende de la edad del espectador, eso es verdad. Me refiero a ese tener que elegir entre la sensibilidad y la intuición por un lado o la inteligencia por otro. Parece que, según vamos cumpliendo años, estamos obligados a utilizar más esa inteligencia. Es cosa de jóvenes lo de permitir que sensibilidad e intuición arrasen con todo. Y digo que lo parece porque es la única forma de que no se organice un desastre a tu alrededor. Un jovencito cerebral que calcula todo o un hombre maduro que se deja llevar por sus primeras sensaciones en cuanto se le cruza una mujer nos parece un loco. En el caso de las mujeres ocurre lo mismo, claro.
Sensibilidad, intuición, inteligencia. Woody Allen, en 1.979, vuelve a meter los ingredientes en la centrifugadora y ¡voilà! Otro peliculón. Y, encima, mostrando un escenario completamente grandioso. La ciudad de Nueva York. Pero no cualquier Nueva York. Nos muestra esa ciudad que ama y lo hace con sumo cuidado, con una fotografía excelente (Gordon Willis), en un blanco y negro lleno de matices que convierte cada plano de la ciudad en una postal que todos quisiéramos enviar un día. Así, el propio escenario termina siendo un personaje más, un personaje que aparece sin descanso para que los otros (los de carne y hueso) puedan ir evolucionando interiormente y en sus relaciones con los demás. El actante perfecto es lo que construye Allen en Manhattan y con Manhattan. De paso, el director deja bien clarito que una cosa en la costa oeste y otra, bien distinta, la costa este. No hace falta que diga quien sale mejor parado de esta comparación.
Otro de los ingredientes que convierten la contemplación de la película en un momento inolvidable es la música de George Gershwin. Delicada, exquisita; mezcla de sinfónica y buen jazz. Temas como Rhapsody in Blue (en el inicio); He Loves, and She Loves o Oh, Lady be Good ayudan a convertir el metraje (ya en sí mismo fantástico) en una delicia. En la película, los temas están interpretados por la filarmónica de Nueva york. Pilotando Zubin Mehta. No se puede pedir más.


El guión fue cosa del propio Allen y de Marshall Brickman (viejo conocido del director). Como de costumbre nos presenta unos diálogos llenos de ingenio, originales, muy bien armados para que los personajes puedan evolucionar al ritmo que requiere la narración. Nada de lo que se dice, nada, aparece porque sí. Todo tiene sentido. El justo.
La dirección de actores es más que notable. Diane Keaton está como casi siempre, soberbia. Meryl Streep, aunque en un papel secundario, consigue una gran solvencia y credibilidad en su interpretación. Una jovencísima, Mariel Hemingway, da una lección de contención y de expresividad en cada uno de sus gestos. Y el propio Woody Allen llena la pantalla desde el principio al final de la película (entre otras cosas por el personaje que interpreta que es grandioso). Michael Murphy aparece en con papel menor, pero también está muy correcto.
Lo que cuenta Allen en esta película está rodeado, como es habitual, por los asuntos que le preocupan. La religión hebrea, las relaciones de pareja, el psicoanálisis, la crítica al mundo de la cultura, etc. Lo habitual. Un enorme montón de problemas. Y no pienso decir una sola palabra sobre la trama. Es una pena desvelar una sola cosa por pequeña que sea. Sólo un mínimo apunte sobre la escena final de película. Después de una carrera de Isaac Davis (Allen) por las calles de la ciudad (magníficas tomas), le vemos junto a Tracy (Mariel Hemingway). La conversación es un colofón estupendo y resume muy bien lo narrado. Ese aplomo de la joven (que durante toda la película parece ser la única sensata), esa otra forma de ver las cosas del hombre maduro, nos dejan claras las cosas. La referencia a la posibilidad de confiar en las personas cierra un peliculón. El resto de lo que cuentan mejor que lo vean y lo disfruten. De verdad que merece la pena. No se me ocurre mejor idea para un domingo lluvioso, por ejemplo. Ni para una tarde de sábado ventoso. O para un día cualquiera a la hora que sea y donde sea.
© Del Texto: Nirek Sabal


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