Senderos de gloria: Qué bien mueren los soldados

Una película bélica no tiene porqué estar llena de piernas cercenadas, cabezas rodando por la arena, cuerpos acribillados o explosiones que destrozan personas. Es muy posible que eso esté muy cercano a la realidad. No lo discuto. Pero no se trata de contar las cosas rozando el documental. El cine es mucho más que eso. Puede que cause un efecto demoledor en el espectador, que lo espectacular supere cualquier expectativa abierta, que nos estemos acostumbrando a esas cosas que se han convertido en una carrera ( a ver quién consigue los mejores efectos especiales, a ver quién consigue mayor realismo, a ver quién suma más bajas en menos minutos), pero el cine es otra cosa. Una cámara en movimiento, con el encuadre perfecto, sin una sola gota de sangre, puede mostrar mucho mejor lo que es un campo de batalla que cien kilos de dinamita y seis millones de extremidades repartidas por el escenario.
Stanley Kubrick es un genio. Eso por un lado. Senderos de Gloria es una obra de arte. Eso por otro. Es, posiblemente, la película de género bélico mejor rodada de todos los tiempos. El uso que hace el director de la cámara es, sencillamente magistral. La escena en la que el coronel Dax (Kirk Douglas) camina por las trincheras antes de lanzarse al ataque con su regimiento mientras las explosiones atemorizan a los soldados o la del consejo de guerra que se produce poco después de la batalla, son de una limpieza abrumadora. La tensión que el espectador va a sentir durante el fusilamiento del cabo Philip Pares (Ralph Meeker) y los soldados Maurice Ferol (Timothy Carey) y Pierre Arnaud (Joe Turkel) es desquiciante. La escena final en la que la soldadesca se divierte en una taberna es una de las más enternecedoras que recuerdo. Beben, gritan y ríen hasta que aparece una muchacha alemana que es obligada a cantar entre lágrimas (Christiane Harlan). No parecen dispuestos a escuchar, pero, poco a poco, van quedando en silencio y se unen en el canto. Ven el sufrimiento de la guerra en ella, en sí mismos. Dax que escucha desde fuera recibe la orden de volver al frente, pero le dice al sargento que les deje un rato más allí. Quiere que disfruten de su propia humanidad, la que perderán al entrar en combate poco después. La humanidad y la vida, puesto que la guerra es carnicera y arrasadora. La lírica de la guerra sin grandes aspavientos, a través de planos cortos y medios que nos muestran un desastre total en cada persona. Dicen que Kubrick era capaz de repetir una toma hasta la saciedad, hasta que le parecía perfecta. Una bendición para el cine.
Sin embargo, la secuencia más terrorífica de todas me parece otra diferente a estas que menciono. Los generales franceses, Mireau (George McReady) y Broulard (Adolphe Menjou), almuerzan en los salones de su cuartel general. Es casi obsceno el contraste entre las trincheras y el lujo que envuelve la escena. Dax aparece por allí porque ha sido convocado por Broulard. Le reciben con una frase lapidaria. Qué bien han muerto sus soldados. Se refieren a los ejecutados, a los soldados condenados a muerte por ser cobardes después de un consejo de guerra patético que no da una sola oportunidad a los acusados. Qué bien han muerto sus soldados. La distancia entre los hombres de las trincheras y el mando es infinita. Y lo peor de todo es que entre medias no hay nada. Ni alguien que ponga un punto de cordura, ni un plan que evite desastres, ni nada de nada. Aterrador.
Las película está basada en la novela de Humphrey Cobb, Paths of glory, escrita en 1935. Y el guión adaptado es espléndido. Huye de lo literario y se convierte en un excelente modo de evolución para todos los personajes. Antibelicismo y una pequeña luz de esperanza gracias a esa escena final en la que comprobamos que los hombres, finalmente, son lo que son. Seres humanos.
No exagero (creo) si digo que todo aficionado al cine ha de ver esta película para serlo del todo. No exagero.
© Del Texto: Nirek Sabal


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