nov 4 2010

The Social Network (La Red Social): Causas y efectos

Cuando la poderosa industria (norte) americana del cine dirige bien sus recursos, se crece y demuestra el poder que tiene una buena historia. Porque cuando el dinero no se invierte en los sueldos de las grandes estrellas, ni en los efectos digitales y especiales, ni en la promoción de iridiscentes burbujas mediáticas, se emplea para pagar talento y sobra dinero para más talento. En esta película es el de los guionistas, que construyen una ficción sin una sola fisura, que levanta el vuelo en el minuto cero y se sostiene arriba del todo hasta el rodillo final, con unos diálogos vertiginosos y una construcción de situaciones que no permiten siquiera un parpadeo. El del montajista. Es también el de los actores, desconocidos (al menos para mí) que se pueden dedicar a lo que es su trabajo, realizar una transmigración a otra mente humana, y representarla como si sus cuerpos le pertenecieran.
Destaco a Andrew Garfield (Eduardo Saverin), muy atractivo y con una ejecución perfecta y también –pero después- al protagonista Jesse Eisenberg (Mark Zuckerberg).
La industria, en los Estados Unidos, se basa en la taquilla, y la gente quiere ir al cine a entretenerse, pero también a que le hablen de los mismos temas de siempre, (no hay muchos para elegir) pero de una manera renovada y distinta, angulándolos desde el presente de la sociedad, que la analicen, la diseccionen y si es posible que le ayuden a entenderla. En ese sentido, The Social Network será respaldada por la taquilla, seguramente en todo el mundo, porque su mensaje es transcultural.
La ambición humana y la decepción profunda de la falsedad, el poder corruptor del dinero, la frustración como desencadenante de la lucha por la supervivencia, el poder que nos engaña permitiéndonos pensar que cambia de mano cuando continúa en manos de los mismos (abogados de traje impecable y gafa sin montura que gobiernan el mundo para las multinacionales desde sus falos de cristal), de la inconsciencia y del poder asombroso de la juventud que todo lo puede. Hay que ver la película para comprobar una vez más con qué seguridad y qué dominio se manejan los de siempre, los ricos, las élites wasp de pieles blancas y músculos de acero, los superhombres, porque a pesar de todo en nuestra siguiente reencarnación queremos lo suyo (Soberbio Armie Hammer en la doble interpretación de los gemelos Winklevoss); pero también con que fuerza se abren camino las minorías utilizando todas las ranuras por las que penetrar. Analicen las claves raciales, son palmarias, y no pierdan de vista lo que han reservado para el sexo femenino.

The Social Network nos escupe en la cara dos palabras para que nos las enjuguemos del rostro y las escrutemos en el pañuelo: Red Social, y luego si queremos, buscaremos los agujeros en la trampa. Nos enfrenta a una sociedad en la que los más jóvenes manejan unas herramientas que cambian cada minuto y que hacen bascular el mundo, no sabemos hacia donde.
Ayudado por estas cargas de profundidad, por los actores y por los escritores, David Fincher construye una película que es un espejo sobre el mundo como el de Flaubert, en el que todos y todo giran alrededor de algo, que en realidad, no existe porque es virtual (como el dinero), pero tremendamente poderoso, como el Aleph de Borges; y su arma secreta (la de Fincher y la de Borges) consiste en no mostrar nunca el origen sino su resplandor, su causa y sus efectos.
Sobre el acomodo de la ficción a unos hechos reales y sobre la red social en sí misma podrán saber ustedes mucho más que yo, que he carecido hasta hoy de ganas y de tiempo para interesarme por esa realidad y por esas virtualidades, pero que sé que circula información suficiente, interesante  y accesible, posiblemente en Facebook (libro de rostros, piénsenlo bien). No se dejen enredar.
Si no la han visto ya, deben hacerlo.
A mí me ha gustado mucho.
© Del Texto: Ivor Quelch

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