Homme au Bain: Reflexiones obligadas

El visionado de Homme au Bain nos produce toda una serie de interesantes reflexiones. El problema es que no nos las produce al terminar la proyección, ni siquiera mientras la estamos sufriendo, sino en vez de estar atendiendo a la película, porque nos estamos aburriendo… Pero nos las produce, al fin y al cabo.
La primera de todas es: dónde termina el cine y comienza el video doméstico ¿Cuál es la frontera? Descartemos que dependa del soporte, la calidad de la fotografía o el formato. Ya se considera cine todo lo susceptible de proyectarse en una pantalla.
Una de las delgadas líneas rojas, sin embargo, que separan a una grabación casera de una obra cinematográfica, es desde mi punto de vista, la voluntad de narrar. Una película tiene un planteamiento de base, sea el que sea, con todas las salvedades; un video doméstico se graba sin embargo, sin tener mucha idea de lo que se hace, al azar, por el principio de prueba-error y el resultado es inesperado y normalmente diferente a cualquier idea previa. Dependiendo de ese resultado, que puede ser exitoso, se decide -o no- mostrarlo, y se decide a quien.
Y ese es el principal problema de base de la película. Que se ha borrado esa línea.
Dos hombres emparejados se separan físicamente después de un acto sexual de una brutalidad evidente, pero interpretable. La cámara nos muestra lo que hacen después por separado. Lo que hace Emmanuel (Françoit Sagat), es dedicarse a follar con unos y con otros, pero –por encima de que esto nos interese o no- parece tener un planteamiento previo.
Una cámara doméstica sigue la vida del otro, Omar (Omar Ben Selem), un supuesto director de cine, manejada casi siempre por él mismo, en un viaje a Nueva York con su amiga Chiara (Chiara Mastroiani), que por cierto está horrorosa. Lo que allí les sucede es un video doméstico para ver –y comentar- entre amigos. No con nosotros. Porque el resultado de lo que hacen es el mismo que podríamos obtener nosotros si fuéramos a Nueva York con Chiara Mastroiani, (o solos, para lo que ella hace) siempre –claro- que nosotros encontrásemos también allí alguien con quien follar como Dustin (Dustin Segura-Suarez), un actor con una gran frescura.
Ese parece el resumen de los méritos del director: ser amigo de la Mastroiani (que tampoco es que sea Sharon Stone), encontrar por todas partes chicos con los que follar y que además se dejen grabar (porque Omar no es Shia Laboeuf) y en especial, conseguir la financiación suficiente para contratar al famoso actor porno gay Françoit Sagat -con un físico de una dureza impresionante y cualidades interpretativas ciertas-. Y estrenar.
Eso es todo lo que tiene el film. Y las reflexiones, claro, que continúan. ¿Por qué se hacen tan pocas películas no pornográficas con escenas de sexo explícito? ¿Por qué parecen hacerse solo en Francia (Recordemos Baise-Moi titulada en español sorprendente y acertadamente como Fóllame)? ¿Pasa una película a ser pornografía solo por estas secuencias, o debe de haber algo más como es la tradicional ausencia de guión? ¿Por qué no se ha hecho un corto para contar lo mismo? Como ven el aburrimiento, aliñado con cierta transgresión da bastante juego.
Y ahora, con todos estos ingredientes (y todas estas pollas), ¿Por qué nos estamos aburriendo tanto? No nos vamos a extender. Porque la película es pobre de contenido, está descuidadamente filmada y no tiene calidad narrativa, y porque detectamos algo oportunista que contrastamos en cuanto acudimos a nuestros documentalistas: que el director la rodó como un encargo de la comunidad de Gennevilliers, un atroz suburbio de la periferia parisina, seguramente con la intención de lavar la sucia cara de la banlieue con dinero público, y le pilló promocionando una película en la Gran Manzana con su actriz fetiche. Chiara, claro.
Vamos, como decía mi abuela (y ya sé que éste no es el mejor lugar para recordarlo): ¡Viva la Virgen!
Se agradece la caída de un tabú árabe y el guiño del título y del cuerpo de Sagat a la pintura del impresionista Caillebotte, Homme au Bain y a lo que significó en su momento.
No se cuestiona al Festival Internacional de Cine Lésbico Gai y Transexual de Madrid, en su quincena edición por programarla, es su misión y lo hizo también Locarno; y se excusa el desastre en la impresión de los subtítulos en el Ateneo, porque se pidieron disculpas sinceras y tampoco los diálogos eran abrumadores.
Me aburrí como una ostra.
© Del Texto: Ivor Quelch

Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.