Cartas a Julieta

Siempre he pensado que a la buena educación, al conocimiento, al poder de reflexión se puede llegar de muchas maneras y no siempre es necesario pasar por la universidad, ni las escuelas de negocios ni todas esas cosas que hoy, nuestra sociedad, considera tan necesarias. Para mi leal saber y entender, que dirían los cursis, el cine (el buen cine) educa, forma y ayuda a mejorar la capacidad de reflexión si uno se dedica a observar e intentar ver un poco más allá de lo que la pantalla le muestra.
Sin embargo, no vamos a negarlo, algunas películas se ruedan porque tiene que haber de todo y porque las productoras de cine se creen que somos bobos y nos tragamos cualquier bodrio que tenga a bien rodar. Vayan ustedes a saber ustedes el motivo.
Cartas a Julieta empieza con el eslogan Si tuvieses otra oportunidad ¿Buscarías a tu verdadero amor? Y la verdad, uno lee semejante entrada y le dan ganas de salir corriendo y no parar hasta haber atravesado la península itálica, saltado Verona (lugar en el que transcurre parte de la acción de la película) y saltar al mar adriático en espera de que, con suerte, te devore una manta raya.
Como espero que a ninguno de ustedes se les ocurra perder en tiempo con semejante bodrio pensado para amenizar la tarde de las quinceañeras consumidas por las ideas del amor romántico, que nada tienen que ver con la realidad; les voy a explicar de lo que va la cosa y, de paso, poner en evidencia que hay algunas películas que no son cine.
Una chica de nombre Sophie (Amanda Seyfried) que vive en Nueva York, muy guapa y mona ella, rubita como un querubín y con unos morritos que recuerdan a Leire Pajín sólo que esta lleva el pelo limpio. La chica en cuestión, verificadora de profesión, tiene un novio guapo, muy guapo, Victor (Gael Garcia Bernal), restaurador (ya saben ahora a los cocineros se les llama restauradores, que hace moderno y parece que no huelen a fritanga). La pareja, previamente a contraer matrimonio, deciden ir a Italia a descansar, a estar juntos y olvidarse del mundanal ruido. Vuelan hacia Verona (Italia) y allí en la preciosa ciudad (que no sé donde la habrán filmado porque Verona es más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado), él no desconecta, se pasa el día con proveedores del restaurante que está montando en los EEUU. Ella, que está un moco mustia, con ese soso mohín que tienen las muchachas de rostro angelical, se dedica a buscarse la vida para rellenar el tiempo mientras el guapo novio va catando vinos, trufas, visitando viñedos, etc. En una de sus escapadas, va a dar con el famoso balcón de Julieta (alguien debería contarle a los adolescentes y a los no tan adolescentes que Julieta no existió jamás, que es un personaje de una de las obras de Willian Shakespeare, y que el balcón de Julieta en Verona es lo mismo que la casa de Rigoletto en Mantova, es decir un camelo, para que las ciudades en cuestión incrementen sus turistas, pero que no son reales). Sigamos: Cuando llega al edificio del famoso balcón ve a cientos de muchachas, llorosas todas ellas, escribiendo notas que se encargan de dejar pegadas en el muro, bajo el famoso y falso balcón. Una vez allí, comprueba cómo una mujer, al terminar el día, recoge las cartas que las lloricas han dejado en el muro a la espera que Julieta, como si fuera la pitonisa Lola, les adivine el futuro que les espera con ese gañán que es fruto de sus desvelos y llantos. Esa mujer, a la que la guapita sigue, va a una casa en la que un grupo de mujeres, que se autodenominan las Secretarias de Julieta, se dedican a contestar las cartas. Como la chica se aburre más que un ocho, se dedica a colaborar con las secretarias y, ¡vaya que suerte!, en una de las recogidas de cartas encuentra una que una muchacha llamada Claire (Vanesa Redgrave) dejó hace más de cincuenta años. La muchacha contesta la carta y envía la respuesta de falsa Julieta a la interesada. A partir de aquí, pues se pueden imaginar. Por ahí va a aparecer el nieto de la señora que envió la carta y que no ha olvidado a su amor Lorenzo (Franco Nero). El cocinero que sigue a por uvas y no se entera de que a la novia se le está hinchando la aorta y que el nieto en cuestión no le es indiferente, sigue a la suya. Tras unas peripecias, muy simples, se reencuentran la abuela (no olviden que han transcurrido más de 50 años desde que escribió la nota) y aquel muchacho del que se enamoró. La chica mona que se da cuenta de que el novio es un zote y que en realidad le interesan más los champiñones que lo que pase con ella y con la historia que sobre su Julieta particular ha escrito para la empresa en la que trabaja como verificadora (en realidad, es que quería ser escritora) y, tras recibir una invitación de boda de los ya ancianos Romeo y Julieta, va a la boda y allí se reencuentra con el nieto del que se ha ido enamorando a lo largo de la película (un rubito al que han maquillado los ojos como si fuera una réplica de Barbie) y que, finalmente, le declara ese amor puro y verdadero desde un balcón que no es el de Julieta pero que es igual de falso.
En resumen: Una supina porquería de película que ningún padre debería dejar ver a sus hijos y que demuestra que, en ocasiones, los grandes actores, como Vanessa Redgrave también pueden tener una mala tarde y aceptar un guión que no debería haber salido nunca de la mente enferma que lo pergeñó.
Una fotografía horrorosa, una música pésima, un guión no malo sino malísimo. Una película para olvidar y recordar que los bodrios como el que hoy les reseño no es cine, que Gary Winiik (su director) debió de estar muy necesitado de dinero para dirigir esta diarrea mental que debería prohibirse: por mala y porque puede haber algún joven ingenuo que crea las patochadas que en ella se cuentan. Lamento el tiempo perdido y el mosqueo universal que me he cogido con la cinta en cuestión y en la que no invertí un solo euro. Un asco vamos.
© Del Texto: Anita Noire


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