Adivina quién viene esta noche: Padres atrapados en sí mismos

Un día. Un solo día en la casa de San Francisco de los Drayton en la América de 1967. Adivina quién viene a cenar (Guess Who’s Coming to Dinner) o la enajenación de unos padres al comprobar, que a la hora de la verdad no son capaces de aceptar con facilidad que su hija lleve a cabo las ideas de libertad e igualdad que ellos mismos le han inculcado.
Adivina quién viene a cenar o qué hemos hecho mal, (o qué he hecho yo para merecer esto, lo mismo da). Es fácil ser progresista cuando se vive en una burbuja que pueda parecer intocable, en un chalé estupendo con césped y una valla blanca, hasta que la burbuja, o sea tu casa, es invadida por un negro, -ahora diríamos afroamericano-, que viene a pedir la mano de tu hija, o mejor dicho, cuando tu hija viene a casa para darle su mano a un negro a la hora de cenar. ¿Y ahora qué cara ponemos?
Pues eso es exactamente lo que les pasa a los Drayton. Spencer TraceyKatharine Hepburn en su última actuación juntos en la gran pantalla. (Él moriría 17 días después del finalizar el rodaje). Una actuación soberbia por sí misma y por ser la última cuando Spencer estaba enfermo con enfisema, diabetes, y un corazón en las últimas. Dicen que las lágrimas de Hepburn eran reales cuando Spencer Tracey, en su discurso final le hace una increíble declaración de amor.
Una película valiente que pone el dedo en la llaga de una sociedad americana en una época en la que todavía había estados donde blancos y negros bebían agua en lavabos diferentes. Una película que pone de manifiesto que los negros también eran racistas, y es que a los padres del afroamericano Dr. Prentice tampoco les hace ninguna gracia que su hijo se case con una blanca, y mucho menos a la criada negra de los Drayton, a quien el flamante y encantador Dr. Prentice, interpretado por Sidney Poitier le parece poco menos que un sinvergüenza y un jeta, casarse con una niña bien, blanca de toda la vida, dónde se ha visto esto.
La coherencia es una actitud en la vida que traza una línea definitiva entre las personas que la practican y las que no. Se puede creer casi en cualquier cosa siempre y cuando se viva en cohesión a esas convicciones, con respeto por las de los demás y sin aspavientos, sin presunciones. Para mí, el quid de la película, el monumental cabreo del Sr. Drayton consigo mismo cuando comprende que cuando le tocan a su niña, no es capaz de ser coherente con toda una línea pensamiento que estimaba bien enraizada e inamovible.
Por suerte, el cabreo sólo le dura hasta la hora de cenar. Entonces los reúne a todos: su mujer, los novios, los consuegros afroamericanos, la criada negra, el Padre Ryan, y les impone un discurso incontestable, cuyo clímax se alcanza en el momento en que clavando sus ojos en los de Hepburn afirma: Lo único que importa es lo que sienten, y cuánto sienten el uno por el otro. Y si es la mitad de lo que sentíamos nosotros, será suficiente. En cuanto a vosotros (y ahora ya el discurso se relaja porque lo más importante ya está dicho), los problemas que vais a tener que enfrentar son casi incontables, pero no tendréis un problema conmigo.
Y después, se sirve la cena. El amor ha triunfado, la coherencia también.
© Del Texto: pyyk

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