Saraband: Los golpes de nuestros afectos

La última película que dirigió Ingmar Bergman fue Saraband. No es una película cualquiera. Los personajes Johan (Erland Josephson) y Marianne ( Liv Ullmann), no son unos desconocidos para Bergman (ni para aquellos a los que nos acercamos a las películas de este sueco universal). La elección del título (en su original Zarabanda) tampoco es porque sí. La Zarabanda es el movimiento rápido y desordenado de las cosas, ese tipo de movimiento que marea. Nada en Bergman es porque sí. En el año 1973, Ingmar Bergman, parió, con dolor (de eso estoy segura) a esta pareja, Johan y Marianne. En aquella película, Secretos de un matrimonio que nació pensada como una serie para la televisión, retrataba la vida de un  matrimonio que, tras distintos problemas (aborto; incomprensión; infidelidades; desconfianza; miedo a la soledad, al mañana que llega demasiado pronto), terminaba divorciándose. Desconozco el motivo por el que treinta años más tarde, el Maestro recupera  a Johan y a Marianne y les da una nueva y última oportunidad. Sin embargo, hay que reconocer que Bergman jugó bien las cartas. Nuevamente nos muestra la vida de dos personas que, en su momento ,lo fueron todo y en la vejez se reencuentran de nuevo. Un reencuentro inesperado y con el interrogante del por qué. El director, de una manera absolutamente acertada, recurre a los mismos actores que en la inicial Secretos de matrimonio y nos coloca en la secuencia de la vida en la que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas.
Llevo un par de días pensando en qué es lo que  Bergman quería decir con Saraband (siempre he pensado que las películas de este director tienen algo de terapia, no para los demás, sino para con él mismo). Quizá sea un error pensar que sus filmaciones sean parte de su propio proceso de salvaguarda de su permanente conflicto personal, pero yo lo creo así y con Saraband vuelvo a pensarlo. Una vida recorrida (la del director), que está llegando a la última estación natural y la reflexión sobre los miedos, la búsqueda constante de disculpas frente a lo que no podemos controlar, vuelve a mostrarse en estado puro
Marianne (Liv Ullmann); cuando ya ha cumplido los 63 años, está medio retirada de la abogacía y tiene a sus familia más lejos que cerca; decide visitar al que fue su marido, Johan (Erland Josephson), del que apenas sabe nada desde que se divorciaran treinta años atrás. Johan vive ahora retirado en una casa en el bosque que perteneció a sus abuelos. En una casa próxima, vive el hijo de Johan,  Henrik (Borje Ahlstedt) junto Karin (Julia Dufvenius). La presencia de la esposa  de Henrik (Anne), fallecida de cáncer dos años antes de la visita de Marianne está permanentemente presente en las relaciones entre todos ellos. La llegada de  Marianne a la relación enfermiza, de posesión, odios recurrentes entre los tres moradores de los bosques de Faro, harán más evidente la distancia entre todos ellos. La necesidad de controlar el amor que se escapa, atrapar y destruir lo que nos distancia de lo amado, de lo querido, aunque para ello haya que recurrir al dolor, al sometimiento de la voluntad de otro, todo eso es lo que nos muestra Bergman en su última película.
Esta filmación me generó, en su día, una angustia vital tan exagerada que me resistí a volver a verla durante mucho tiempo. Una asignatura pendiente, volver a ella. Y lo hice, pero esta vez mejor, sin prejuicios de ningún tipo y viéndola en una sesión doble, primero Secretos de matrimonio y, seguidamente, Saraband. Recomiendo que se haga de esa  forma ya que el director nos lo ha puesto en bandeja al servirnos estas dos películas. Con ellas nos podremos sumergir en la reflexión de las consecuencias de nuestros afectos, las que padecemos y las que provocamos. Una serie de dos, encadenadas, con necesidad no provocada de una  y de otra. Si por separado eran grandes, en su conjunto se convierten en majestuosas. Las reflexiones sobre los constantes temas de Bergman reaparecen de nuevo.
Como en todo el cine de este director, siéntense pacientes, dejen que les envuelva la propia iconografía de la película, (tampoco nada en ella es porqué sí), el reparto pendular del peso de sus personajes nunca mostrados en un número mayor de dos tiene una trascendencia fundamental (observen y la encontrarán). Gocen de la música de Brahms, de Bach y de los retratos que nos muestran el rostro de la angustia permanente.
Un testamento en forma de película.
© Del Texto: Anita Noire


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