oct 25 2010

Amadeus: Los compases amargos

Frente a un narrador en primera persona el buen aficionado al cine o a la buena literatura debe ponerse en alerta. La razón no es la intención de esa voz narrativa puesto que en un narrador no identificado también la encontramos y, en ambos casos, hay que detectarla para ver correctamente las cosas. No, la razón es otra bien distinta. El narrador en primera persona pretende, siempre, que se le interprete (eso por un lado) y sólo nos mostrará lo que vio en su momento y cómo lo percibió al experimentarlo (nadie puede contar lo que no vivió como si lo hubiera hecho o lo que no sabe). Algo tan aparentemente sencillo se convierte en una gran lacra para el cine o la literatura cuando el autor se lo salta a la torera. Y es mucho más frecuente de lo que todos quisiéramos. Buenos relatos se quedan en nada por esta razón.
Amadeus de Milos Forman es un ejemplo de cómo narrar sin meter la pata, de cómo utilizar una voz narrativa con solvencia; de cómo un narrador personaje relata desde su forma de entender una historia que pudiera estar lejana a la realidad, pero que no chirría puesto que, desde el principio, tenemos enfrente las cartas con las que se juega la partida.
Son muchos los que pensaron y siguen pensando que esta película habla de Mozart, de su genialidad, de su personalidad. Y no. Amadeus habla de Salieri, de su mediocridad, de su falta de personalidad cuando se encontraba con Mozart. La cámara acompaña a Salieri durante todo el metraje porque la cámara son los ojos del personaje para el espectador. Todo lo veremos a través de ella. Nos cuenta los éxtasis que vive el músico al escuchar la música de su contrario, al leer sus partituras, al comprobar su capacidad para generar un flujo mental convertido en música. Nos cuenta la entrega de su destino a Dios; su ruptura con lo divino cuando equipara a Mozart con el mismísimo elegido por la deidad para traer su música al mundo. Nos enseña el dolor de alguien que se sabe mediocre e incapaz de acercarse a la genialidad de otro, la locura que eso provoca, el odio que envuelve su vida. Es verdad que, de paso, nos dejan ver a Mozart. Eso es verdad, pero nos lo dejan ver desde los ojos ajenos, los de Salieri. Esto es lo mismo que decir que no vemos nada porque todo se filtra en esa mirada odiosa y resentida del compositor italiano. Forman es hábil y cuidadoso al narrar. Por ejemplo, coloca unos ojos postizos al narrador. Sabe que Salieri no podría conocer las intimidades de Mozart, por ejemplo, en su casa. Y aparece un personaje, la criada que envía Salieri manteniendo el anonimato, a casa del genio. De este modo, todo lo que cuenta (la criada le va pasando información) ya es verosímil para el espectador. A pesar de aparecer un segundo filtro el relato se sostiene sin dificultades. Cada persona al ver la película tendrá que interpretar lo que ve, pero el director ya ha hecho su trabajo. En cualquier caso, la película habla de la envidia.

La dirección de personajes y el guión (Peter Shaffer) son espléndidos. La personalidad de Salieri aparece desde el principio con contundencia extrema. Poco a poco, irá desvelándose el porqué se encuentra en una situación angustiosa. La de Mozart aparece más lentamente aunque sin dejar fisura alguna al perfilarse. F. Murray Abraham (Salieri) y Tom Hulce (Mozart) interpretan sus papeles de forma sobresaliente. Especialmente, Abraham. Es magnífico cómo desde los silencios del personaje (rellenados por la música de Mozart), desde sus gestos, podemos entender el sufrimiento, la envidia que le genera el trabajo del otro. Es cuando la mediocridad hace aparecer la genialidad. No al contrario. Es cuando aparece Dios encarnado en un hombre para que renuncie el otro a su protección (todo esto siempre visto desde el narrador). Magnífico, también, comprobar como los acordes más bellos se envenenan para siempre.
No hace falta decir que la música de la película es grandiosa. Después de Mozart todo cambió y no tiene gran mérito que guste su música, pero si lo tiene la elección que hace Sir Neville Marriner de los fragmentos y su dirección. Deliciosa. Pero el vestuario también lo es. Y el montaje. Y el sonido. Y los escenarios. Y los decorados. Amadeus es una película formidable. Como siempre digo,es, además, una película que se puede ver con los niños y jóvenes de la casa. Aunque sólo sea por conocer a Mozart (desde Salieri) merece la pena verla. La gente menuda tiene una oportunidad exquisita. Como es larga y alguno se puede cansar, se puede ver en dos partes. No pasa nada por hacer esas cosas. El cine hay que disfrutarlo y no sufrirlo.
Pues eso. Otro peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 25 2010

Saraband: Los golpes de nuestros afectos

La última película que dirigió Ingmar Bergman fue Saraband. No es una película cualquiera. Los personajes Johan (Erland Josephson) y Marianne ( Liv Ullmann), no son unos desconocidos para Bergman (ni para aquellos a los que nos acercamos a las películas de este sueco universal). La elección del título (en su original Zarabanda) tampoco es porque sí. La Zarabanda es el movimiento rápido y desordenado de las cosas, ese tipo de movimiento que marea. Nada en Bergman es porque sí. En el año 1973, Ingmar Bergman, parió, con dolor (de eso estoy segura) a esta pareja, Johan y Marianne. En aquella película, Secretos de un matrimonio que nació pensada como una serie para la televisión, retrataba la vida de un  matrimonio que, tras distintos problemas (aborto; incomprensión; infidelidades; desconfianza; miedo a la soledad, al mañana que llega demasiado pronto), terminaba divorciándose. Desconozco el motivo por el que treinta años más tarde, el Maestro recupera  a Johan y a Marianne y les da una nueva y última oportunidad. Sin embargo, hay que reconocer que Bergman jugó bien las cartas. Nuevamente nos muestra la vida de dos personas que, en su momento ,lo fueron todo y en la vejez se reencuentran de nuevo. Un reencuentro inesperado y con el interrogante del por qué. El director, de una manera absolutamente acertada, recurre a los mismos actores que en la inicial Secretos de matrimonio y nos coloca en la secuencia de la vida en la que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas.
Llevo un par de días pensando en qué es lo que  Bergman quería decir con Saraband (siempre he pensado que las películas de este director tienen algo de terapia, no para los demás, sino para con él mismo). Quizá sea un error pensar que sus filmaciones sean parte de su propio proceso de salvaguarda de su permanente conflicto personal, pero yo lo creo así y con Saraband vuelvo a pensarlo. Una vida recorrida (la del director), que está llegando a la última estación natural y la reflexión sobre los miedos, la búsqueda constante de disculpas frente a lo que no podemos controlar, vuelve a mostrarse en estado puro
Marianne (Liv Ullmann); cuando ya ha cumplido los 63 años, está medio retirada de la abogacía y tiene a sus familia más lejos que cerca; decide visitar al que fue su marido, Johan (Erland Josephson), del que apenas sabe nada desde que se divorciaran treinta años atrás. Johan vive ahora retirado en una casa en el bosque que perteneció a sus abuelos. En una casa próxima, vive el hijo de Johan,  Henrik (Borje Ahlstedt) junto Karin (Julia Dufvenius). La presencia de la esposa  de Henrik (Anne), fallecida de cáncer dos años antes de la visita de Marianne está permanentemente presente en las relaciones entre todos ellos. La llegada de  Marianne a la relación enfermiza, de posesión, odios recurrentes entre los tres moradores de los bosques de Faro, harán más evidente la distancia entre todos ellos. La necesidad de controlar el amor que se escapa, atrapar y destruir lo que nos distancia de lo amado, de lo querido, aunque para ello haya que recurrir al dolor, al sometimiento de la voluntad de otro, todo eso es lo que nos muestra Bergman en su última película.
Esta filmación me generó, en su día, una angustia vital tan exagerada que me resistí a volver a verla durante mucho tiempo. Una asignatura pendiente, volver a ella. Y lo hice, pero esta vez mejor, sin prejuicios de ningún tipo y viéndola en una sesión doble, primero Secretos de matrimonio y, seguidamente, Saraband. Recomiendo que se haga de esa  forma ya que el director nos lo ha puesto en bandeja al servirnos estas dos películas. Con ellas nos podremos sumergir en la reflexión de las consecuencias de nuestros afectos, las que padecemos y las que provocamos. Una serie de dos, encadenadas, con necesidad no provocada de una  y de otra. Si por separado eran grandes, en su conjunto se convierten en majestuosas. Las reflexiones sobre los constantes temas de Bergman reaparecen de nuevo.
Como en todo el cine de este director, siéntense pacientes, dejen que les envuelva la propia iconografía de la película, (tampoco nada en ella es porqué sí), el reparto pendular del peso de sus personajes nunca mostrados en un número mayor de dos tiene una trascendencia fundamental (observen y la encontrarán). Gocen de la música de Brahms, de Bach y de los retratos que nos muestran el rostro de la angustia permanente.
Un testamento en forma de película.
© Del Texto: Anita Noire