La duda (Doubt): Lo implícito mal entendido

El lenguaje es un arma muy poderosa. La contaminación de eso mismo es letal. La imaginación no tiene límites. El miedo puede llegar a destrozar cualquier cosa que se encuentre por delante. Ya sé que el lenguaje, su contaminación, la imaginación o el miedo no adquieren importancia si no hay personas que los usen o ejerzan. Y es en ese momento cuando aparecen nuevos ingredientes que complican mucho cualquier asunto que se trate con o desde esos elementos.
Eso es lo que trata de abordar la película del guionista y director John Patrick Shanley. Y lo hace de una manera muy eficaz, intentando que sea el espectador el que se involucre en la acción para dar sentido a lo narrado. Pero esto resulta ser muy eficaz por tramposo. Alguien con un criterio claro (el que sea) al valorar el cine, alguien que no se deje llevar por cualquier propuesta en la que tenga que asumir tareas que no le corresponden e, incluso, el que demande una dosis de información que aclare lo que está pasando, saldrá irritado de la sala (de cine o de casa) después de ver la película.
Está muy bien sugerir al narrar, esta muy bien expresar para que el espectador crea lo que pasa sin tener que asumir como cierto lo que la voz narrativa dice (podría tener intenciones que nos llevaran a sacar conclusiones erróneas) y está muy bien buscar la forma de contar que no sea exclusivamente informativa. Todo eso está muy bien. Pero el problema es no dar con las dosis adecuadas de cada ingrediente. Recortar la información no puede convertirse en una actitud cicatera con ella. Eso es un error monumental. La propuesta de John Patrick Shanley es esa y la hace apoyándose en algo completamente absurdo. Hablo de la duda y la genero en el espectador para que la experimente. Resultado: todo queda difuso, no pasa nada, los diálogos (que podrían ser brillantes sin esta carga tan pesada) se convierten en palabras huecas. Eso por un lado, pero, por otro, me parece que esa experiencia ofrecida al espectador sobra. No es algo inalcanzable. Con despertarse por las mañanas es suficiente para tenerla sentada a la derecha. Busca el director una salida airosa introduciendo asuntos religiosos, trascendentes, niños (muy impresionantes en estos casos); asuntos prohibidos por las promesas pasadas; asuntos dudosos porque el pasado existe. Cosmética, puro adorno. La película se vacía desde muy pronto. La secuencia en la que el sacerdote abre una taquilla, deja algo dentro y de va ya indica, claramente, que la cámara se moverá al ritmo que demande una trampa enorme, que irá como gallina sin cabeza detrás de la voz que más convenga para llevar al espectador a un territorio lleno de lodos.
Puede colar esta película por otras razones. Como ya he dicho, algunos de los diálogos son estupendos (aunque luego no sirvan de nada al topar con la torpeza de un mago sin chistera); las interpretaciones son notables (Meryl Streep, soberbia; Philip Seymour Hoffman, notable; Amy Adams defendiendo un papel bastante soso con nota alta); la banda sonora se acopla al ritmo narrativo sin estruendo, pero con acierto. En fin, todo en su sitio. Por esto puede colar.
Por no ser injusto, diré que algunos detalles están tratados con acierto. Por ejemplo las apariencias. El sacerdote luce las uñas de las manos algo más largas de lo habitual. Y se las muestra a los niños del colegio para que comprueben que aún así pueden estar limpias, para que les sirva de ejemplo. La directora del colegio, la hermana Beauvier, cuando mira las manos del sacerdote ve las de un hombre con tendencias peligrosas para un colegio de niños. Me vino a la cabeza, cuando veía esta escena, la historia que me contó mi padre en una ocasión. Yo miraba a un muchacho con pendientes (era la primera vez en mi vida que veía algo así, eran otros tiempos), miraba, y cuando iba a decir algo, mi padre levantó la mano para que no lo hiciera. ¿Sabes quiénes son Daoiz y Velarde? Pues son héroes de la guerra de independencia española. Al morir llevaban sus aros colocados en las orejas. Como esos que ves. Era la forma de distinguirse frente a los otros porque habían estado en Filipinas. Así que antes de decir algo te lo piensas. Pero no todas las propuestas que aparecen a lo largo del metraje están bien resueltas. La tacañería en la información y ese afán por generar sensaciones no terminan de funcionar bien. Al cine se va a muchas cosas, pero una de las fundamentales es que vamos a que nos enseñen un cosmos, a que nos lo cuenten desde un lugar privilegiado. Incluso a tener sensaciones y experimentar cosas nuevas. Pero a lo que no vamos es a inventarnos las cosas. Eso lo podemos hacer en casa y gratis.
©Del Texto: Nirek Sabal


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