El quimérico inquilino: un personaje y un decorado

Suele ocurrir en literatura que el lector, al tropezar con una descripción, arruga el gesto por desagradarle el esfuerzo de leer algo que (cree) carece de importancia. Prefiere el diálogo, por ejemplo. No por su importancia narrativa sino por lo fácil que resulta pasar por esa zona narrativa (error). Pero si esa descripción es buena y relevante estará dejando pasar la oportunidad de entender mejor al personaje. En cine se juega con la gran ventaja de que esas descripciones se ven. Arma de doble filo, puesto que un decorado inadecuado destroza una película de principio a fin. Dicho de otro modo, el escenario al narrar es fundamental aunque, en literatura, incomode al mal lector y en cine no se otorgue (muchas veces) la importancia que tiene.
Hablar de la película de Roman Polanski, El quimérico inquilino, es hablar, necesariamente, de su personaje principal (Trelkovsky) que interpreta el propio director. Pero, también, igual de necesario, es hablar del escenario (París) y los decorados construidos por Pierre Guffroy. No sería posible entender la evolución de ese hombrecillo triste e inseguro sin verle caminar por las calles de la enorme París (pisando excrementos de perro, dejando que un indigente le afane todos los billetes de la cartera cuando le pide limosna), sin verle dentro de un edificio opresivo, mugriento, decadente, destartalado. Guffroy consiguió un decorado del que emanaba una sensación de realidad rozando la perfección. El uso de los espejos y de tomas muy inteligentes hicieron que, además, pareciera mucho más grande de lo que realmente era. Sin este decorado la película hubiera sido una cosa bien distinta. Me temo que mucho menos importante. Tal vez parezca exagerado (aunque creo en ello a pies juntillas) si digo que el escenario es coprotagonista por méritos propios. No puedo decir lo mismo de la música (la partitura la firmó Philippe Sarde) puesto que resulta muy inferior al resto del trabajo. Algo perdida en un mundo que hubiera requerido mayor presencia de la banda sonora.
Es injusto no reconocer a Polanski su habilidad manejando el punto de vista. Esto es fundamental para narrar y no siempre es fácil saber cómo se modifica en una misma película. Durante buena parte del metraje, utiliza la alternancia de la voz narrativa. De personaje a personaje dependiendo de la necesidad. Cuando se centra en el principal (en ese momento es cuando el espectador ve las cosas a través de los ojos del protagonista) podemos pensar en una conspiración en lugar de la esquizofrenia. Llegado el final del relato centra ese punto de vista en Trekovsky (hasta el final) para que comprobemos, sin filtros, que la evolución del personaje se ha producido por completo. Ese cambio se produce cuando el hombre se ve a sí mismo en la ventana de enfrente.
La película (basada en una novela de Topor, creador del groupe Panique) cuenta la historia de un hombre que logra alquilar un apartamento. La anterior inquilina se ha lanzado por la ventana y está ingresada en el hospital. Termina muriendo. Trelkovski va desarrollando una esquizofrenia terrible y una transformación que le lleva a asumir la personalidad de la antigua inquilina. (El resto es mejor verlo y no desvelarlo aquí). El espectador se enfrenta a una trama circular como suele pasar cuando se ve el cine de Polanski. La diferencia con otras películas es que, en esta, la acción concluye con la repetición de lo ocurrido en lugar de regresar al punto de inicio. Del principio hasta la mitad (más o menos) todo se llena de un humor negro y ácido que puede resultar incómodo para algunos. Muy próximo a Kafka (el cine de Polanski tiene mucho de ese autor).
El director dijo que esta película tenía un problema narrativo, del que se hacía responsable, que aparecía cuando el punto irónico del relato se transformaba en una tragedia total. El cambio de ritmo descoloca un poco, eso es verdad, aunque creo que dijo esto un poco obligado por las malas críticas, el enfado de Topor y la fama de rígido ególatra que siempre le ha perseguido. Es cierto que algunas reacciones del personaje son bruscas e inesperadas, pero hay una justificación clara: no se puede contar todo lo que le pasa a un personaje, ni lo que ocurre cada instante en el entorno. Si eso fuera el cine, las películas serían eternas. Tempo, tiempo narrativo y la elipsis, como recurso, solventan el problema y, además, conceden al espectador cierto protagonismo en la trama.
Quizás es que soy fan de Polanski y le perdono más de la cuenta. Quizás lo que ocurre es que he perdonado ya tantas cosas a unos y a otros que con este tengo la manga más ancha (siendo los problemas perdonados más graves que el señalo y los directores peores que Polanski). Pero sólo quizás. A mí me parece, estoy convencido de ello, que El quimérico inquilino, es un peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


Comentarios cerrados.