A propósito de Henry o la bola enorme

Supongo que Jeffrey Abrams (guionista se la película A propósito de Henry) una mañana sintió la necesidad de gritar al mundo entero que la inocencia es la única forma de vivir decentemente, que hablar de los seres humanos es una cosa muy seria; que lo material nos ata al mundo aunque es lo espiritual lo que suma finalmente; que la verdadera ruina es perder a un ser querido o que el mundo es un lugar hostil para aquel que lo maneja desde la pureza del alma. Vamos, digo yo que le pasó algo así. Y supongo que una vez que sintió esa incontrolable necesidad agarro la pluma y se puso a escribir páginas y páginas de diálogos pastelosos y lacrimógenos pensando que esa es la única forma de contar algo así. Claro, el resultado fue un mal guión lleno de frases cursis que no llevan a ninguna parte salvo que te pesque con el muelle de llorar flojo.
Supongo que Mike Nichols (director de esta cosa blandengue de la que hablo) recibió el encargo de rodar una película bonita y entretenida. Y aceptó. Tal vez por falta de dinero, tal vez bajo los efectos de sustancias estupefacientes. No lo sé, pero debió ser algo muy grave. Aceptó hacer lo que un buen director de cine jamás debería plantearse. Entretener, hacer llorar a toda costa o explorar los sentimientos humanos desde el lado facilón. A propósito de Henry reúne todo. Es una maravilla de condensación. De verdad.
Supongo que Harrison Ford, hasta los huevos de que le llamasen Han Solo cuando paseaba por la calle, decidió aceptar el papel de Henry Turner que, como su propio nombre indica es el personaje principal, estaba llamado a dejar huella en los sentimientos humanos de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Lo que pasa es que no le salió demasiado bien. En realidad, ni demasiado ni nada bien.
Supongo que Annette Bening quería pasar unos días de vacaciones y si eran pagadas mejor. Recibió una llamada de su representante (supongo) y ella dijo ¡Oh, miel sobre hojuelas!, hizo el petate sin pensarlo y rodó un pestiño del tamaño del Empire State Building.
Puestos a suponer, supongo que Hans Zimmer descolgó una mañana el teléfono y dijo que sí, que sí, que tenía una partitura mugrienta por allí que no se la iba a a colocar ni a Dios. Que seguro que con un par de arreglillos quedaba de puta madre.
Y, entonces, se reunieron y decidieron hacer las cosas así, como a la remanguillé. Poco después se estrenó A propósito de Henry. Una película llena de interpretaciones flojas, de sonidos que quieren parecer una banda sonora, de una fotografía muy justita y de todo lo que quieran que sea flojito.
Lo único que se libra de la quema es la sonrisa de la señora Bening. Porque si hablamos de las pistas que deja el director para que todo cuadre en el gran dramón y lloremos mucho, podemos llegar a vomitar (me refiero, por ejemplo, al asunto de las cartas y de las miradas de la abogada guapa a nuestro Henry). Querían una película redondita y les salió una enorme bola de caca. Pobrecitos.
© Del Texto: Nirek Sabal

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