oct 31 2010

Resident Evil AfterLife 3D: Los zombies son lo de menos

Nueva película de esta saga basada en la famosa franquicia de videojuegos creada por CAPCOM, que dicho sea de paso, se asemejan ambas cosas lo que una manzana a un cacahuete.
El argumento: Alice (Milla Jovovich) vuelve a ser la protagonista de esta cuarta entrega en su lucha por destruir a la temible Corporación Umbrella, que todavía sobrevive al apocalipsis zombi (de la segunda y tercera parte si no las han visto) y sigue experimentando con seres humanos. En su periplo alrededor del mundo se encontrará con su mayor enemigo, Albert Wesker (Shawn Roberts), el cual le quitará los poderes que la hacían super-humana. Meses después de tal suceso, Alice irá en busca de Arcadia, lo que se cree que es el último refugio para la humanidad. O no. Nuevos personajes la acompañarán a lo largo de la hora y media que dura la película para desgracia de nosotros, meros mortales.
Un tostón épico que no tiene ningún sentido, incluso para los fans de los videojuegos que vemos como se cargan una saga con una fuerte complejidad argumental y la resumen con escenas de acción mal rodadas, personajes sin ninguna profundidad, con diálogos que dan más pena que gloria, y lo peor de todo es que no se ve el terror por ningún lado. Y la cinta en cuestión nos llega con el reclamo de la 3D, bastante cutre por cierto, ya que donde se nota más su uso son en las partes de tiros, explosiones y posturitas de la Jovovich. Todo en efecto Bullet-time, es decir, ralentizado para ver al máximo detalle los movimientos de los personajes y sorprender al espectador. Bueno, intentarlo, porque un efecto ya tan manido como éste no lo trago. Qué mal ha hecho Matrix.
Del maldito guión mejor ni hablemos porque no lo vi por ningún lado aunque se basa ligeramente en las entregas 4 y 5 de la saga de videojuegos (pero tan ligeramente que no merece la pena ni comentar diferencias), la fotografía es de pena, y lo peor es la notoriedad del maldito chroma con el que se ha hecho casi toda la película para el uso del maldito efecto 3D. Maldita moda iniciada por James Cameron y viciada por la industria. Maldito sea el efecto ralentizado y el 3D. Malditos productores. Y qué tontos son algunos directores. ¿Algún día Paul W. S Anderson se dignará a rodar una cinta de terror como hizo con Horizonte final?
¡¡¡Maldición!!!
Por lo demás, ¿queda algo que criticar?
Ah sí, la música. Mejor escucharla aparte, sin pensar que es del film.
En definitiva, lo único que recuerdo de la cinta es que todo iba a cámara lenta. Eso y las posturitas de la protagonista. Y hablando de zombies…¿había zombies?
© Del texto: Gwynplaine Thor

Imagen de previsualización de YouTube

oct 30 2010

La última noche de Boris Grushenko. Inolvidables (8)

Eres el mejor amante que he tenido, dice Sonja a Boris. Será porque practico mucho cuando estoy solo, contesta él.
Yo no quiero casarme nunca. Lo único que quiero es divorciarme, exclama Sonja cuando le piden matrimonio.
La última noche de Boris Grushenko (Love and Death) es la primera película que el que escribe pudo ver de Woody Allen. Fue en un cine de barrio; Cine Granada se llamaba. En aquella época, una señora que apareciera en la pantalla con algo de ropa menos de lo normal hacía que la película se clasificase como para mayores de 18 años. Yo no los había cumplido. Tuve que hacer algo para poder pasar en la sala de forma ilegal. No sé si puse cara de circunstancias, me puse de puntillas, encendí un cigarro delante del portero con gesto de hombre duro o me jugué todo a una carta sin hacer ridiculeces y coló la cosa por compasión de aquel tipo a la que le daba lo mismo ocho que ochenta. El caso es que entré en aquella sala. Subí al gallinero y descubrí a Allen. Aún me emociona recordar todo esto. No paré de reír. Quizás es el primer recuerdo que tengo riendo con una película para adultos. La escena en la que Boris (Woody Allen) y Sonja (prima de Boris, esposa de Boris, interpretada por Diane Keaton) se encuentran con un español que quiere visitar a Napoleón en Moscú y se lían a botellazos entre ellos, es una de las cosas más divertidas que he visto en mi vida. Así lo viví y así lo quiero recordar. No he vuelto a ver esa película. Me pasa lo mismo que con algunas novelas. Prefiero dejar así las cosas porque estoy seguro que estropearía el recuerdo por la vejez de la película, por la mía propia, porque temo que me parecería mucho más floja que el poso que dejó. Prefiero recordar a Boris bailando alrededor de la muerte, convertido en proyectil humano, hablando de metafísica cuando la cosa debería ser mundana, siendo un cobarde redomado. Prefiero recordar la película como un disparate divertidisimo en la que Napoleón es una pena de hombre, la muerte un coñazo y la literatura rusa algo de lo que uno puede reírse sin cometer un gran pecado (esa mezcla entre lo profundo y lo más cotidiano que forma en su conjunto un universo completo y perfecto, pero no intocable).

Recuerdo los botellazos, el hombre bala, pero, también, las tierras del padre de Boris (las llevaba encima al ser algo escasas) y las miles de infidelidades de Sonja y las frases que anotaba al comenzar este texto (las apunté al salir del cine y no sé si son textuales o no. Era mi primera libreta en la que apuntaba un mundo nuevo) y la última visión de Boris que le lleva a un desastre en la que la violencia se convierte en carcajada. Prefiero dejar así las cosas. Están bien donde están.
La cosa iba de rusos. Y la música de Serguéi Prokófiev. Era la primera vez que escuchaba esa música. Mucho más tarde terminó siendo un compositor importante en mi gusto musical.
Y no me acuerdo de más. Sí puedo reproducir una última frase de aquellos diálogos que tampoco sé si es exacta: La muerte es el modo más efectivo de ahorrar gastos.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


oct 30 2010

Philadelphia: Buenos y malos frente a frente

A finales de los años 80 principios de los años 90, se cernía sobre el mundo una nueva plaga, una epidemia descontrolada, así se calificaba en aquellos momentos. Se susurraba sobre el SIDA, sobre la mortalidad de una enfermedad que algunos consideraban poco menos que un castigo divino. En todo caso, una enfermedad que entonces estigmatizaba, marcaba y mataba. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se había llevado a uno de los galanes del cine pocos años antes, Rock HudsonBenetton la utilizó para lanzar al mundo una campaña publicitaria brutal mostrando a un enfermo terminal de SIDA; Magic Johnson (el jugador de baloncesto de la NBA) hacía pública su enfermedad. Recuerdo aquellos sucesos y otros bastante más próximos. Entre el miedo, el desconocimiento y el silencio, una película trató el tema del SIDA, su incidencia y la trascendencia entre aquellos la paderían y eran injusta y cruelmente tratados por la sociedad.
Philadelphia, dirigida en el año 1993 por Johnnatan Demme, fue protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Denzel Washington, Antonio Banderas y Joanne Woodwar. Y una banda sonora de la mano de The Boss, Bruce Springsteen, que se hizo archifamosísima.
Un elenco de actores nada despreciables. En el caso de Tom Hanks, a quien siempre he considerado un actor más bien normalucho, que acostumbramos a ver en comedias dulzonas y azucaradas, tuvo su papel dramático más importante hasta entonces y, contrariamente a lo que se podría pensar lo bordó. Vimos en todo momento a Andrew Beckett, personaje interpretado por Hanks, sin que, ni por un momento, se antepusiera la persona, el actor, al personaje. Dejamos de ver a Hanks por una vez. Y descubrimos que además de hacer el payaso, este actor sabe hacer otras cosas.
En síntesis, Philadelphia nos muestra en la pantalla las vicisitudes por las que pasa el joven y prometedor abogado Andrew Beckett cuando es despedido por el bufete para el que trabaja al conocerse que ha contraído el SIDA. Frente a ese despido improcedente, Beckett decide demandar al despacho para el que trabajaba y librar una feroz batalla contra aquellos para los que trabajó, contra la sociedad, contra los que le rodean y contra todos aquellos que con motivo de su condición de homosexual y de su enfermedad pretenden apartarle de la sociedad. Una batalla que no será sencilla pues, inicialmente, no encontrará abogado que quiera defenderle en el procedimiento hasta que encuentra a quien asume su defensa. Junto a esa guerra por el reconocimiento de la improcedencia de un despido como medio para devolverle la dignidad y el respeto que merece (como persona y como profesional) deberá combatir su propia enfermedad que, a medida que avanza el procedimiento, se va encarnizando con él. El final, los que la han visto ya lo conocen, los que no lo han hecho, para saberlo, deberán verla, contarlo aquí no procede.
Una película rodada sin morbo alguno. Que se limita a ponernos frente a una experiencia vital, la necesidad de recobrar aquello a lo que todos tenemos derecho; nuestra propia dignidad y reconocimiento. La película en cuestión tiene muchos momentos estelares, uno de ellos cuando Beckett explica la famosa aria La mamma morta, interpretada por María Callas, a su abogado (Denzel Washington) quien, a medida que va conociendo a su cliente, va evolucionando personalmente. Esa escena es tal vez una de las más intensas de toda la película. Los entresijos procesales son interesantes y nos muestran la cara amarga, incluso sucia de una profesión más que denostada, pero que, en el caso de esta película, no hace más que mostrarnos, a través de esos tiburones legales, la cara de la sociedad con la que, en realidad, se estaban enfrentando los enfermos de SIDA.
Algunos la tacharon de simplista, de crear dos bandos (los buenos (el enfermo y los que lo apoyan) y los malos (aquellos que creen que debe ser apartado de la sociedad). Yo no lo creo. No me pareció simplista en absoluto. Esta tarde volví a verla, sigue sin parecérmelo. Los bandos existen, en determinadas cosas no caben las medias tintas.
No se pierdan la escena del aria de María Callas, aunque no les guste la ópera e incluso no les guste la Callas.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


oct 29 2010

An Education: Ustedes son tontos

El afán por redondear las tramas es algo que nunca comprenderé. Dejar abiertas las narraciones habilita un espacio al espectador que no se valora en su justa medida. Supongo que el aspecto comercial de una producción cinematográfica es fundamental y los guionistas hacen todo lo que pueden para que sus historias encajen en el proceso. Vale, pero ¿no hay nadie que piense en nuevas posibilidades para convertir en comercial todo tipo de guión? ¿Es absolutamente necesario contar todo para que el espectador salga contento de la sala de proyección? ¿Podría ser que, a los que vemos cine, nos gusta poder imaginar lo que sucede a partir de los créditos sin que nadie cierre el asunto (penosamente) por siempre jamás? ¿No será que nos toman por tontitos (muchas veces) y les gusta darnos todo masticadito por si las moscas? ¿Sigue funcionando lo de presentar un final feliz? Esto es algo así como lo que ocurre en la televisión. Emitimos lo que el público demanda, dicen. Pero yo creo que cuando la programación está exenta de porquería, la gente sigue viendo los programas e incluso agradecen la falta de tanta mierda. Pues eso pasa mucho en el cine.
An Education es la última película firmada por Lone Scherfig. Mantiene un puso narrativo notable durante gran parte de la cinta, pero llegado el final la cosa se descompone arrastrando todo lo bueno que tenía. Una propuesta atractiva, algo blandita (eso sí), termina siendo un asombroso espectáculo de felicidad cuando la cosa hubiera sido mucho más verosímil si el guionista hubiera optado por dejar las cosas en su sitio. Resumiendo mucho, lo que nos cuentan es que una chica de 16 años conoce a un tipo mayor que ella. Este la asombra con sus cosas, con su vida, con sus viajes. Ella se enamora locamente, claro. Él termina siendo un mamón. Se separan para siempre aunque ella en un momento arregla todo y lo deja más bonito que un San Luis. ¿A que ya se lo sabían?
Lo verdaderamente notable de la película lo encontramos en la interpretación de Carey Mulligan (esta es la chica enamorada). Francamente bien. Emma Thompson está por allí para hacer bulto junto al resto que no pasan de estar correctos (Peter Sarsgaard, Alfred molina, Rosamund Pike, Dominic Cooper y Olivia Williams).
A lo largo de la trama ocurren cosas que no terminan de casar con lo que luego vamos descubriendo. Por ejemplo, un sujeto que es lo que es ( un crápula de tomo y lomo) difícilmente tendría una actitud parecida a la que nos muestran cuando la pareja se encuentra a solas las primeras veces. Resulta tan patética la escena como descubrir que nos la han jugado ocultando algo fundamental para entender el producto en su totalidad. De verdad que creo que nos toman por idiotas. En fin, una película que podría ser notable se queda en muy poca cosa. En la actriz principal y, no lo he mencionado aún siendo lo mejor de la cinta, la banda sonora. Podrán escuchar On the Rebound de Floyd Cramer, Sous le Ciel de París de Hubert Giraud interpretada por Juliette Greco, A Sunday Kind of Love de Beth Rowley que también canta una excelente versión de You Got Me Wrapped Around Your Little Finger de Ben Castle, Maybe Tomorrow de Bill Fury y algunos temas más que resultan maravillosos entre tanto cine de mentira.
Los amantes de historietas maravillosas que terminan mostrando un mundo que viaja sobre una nube de algodón de azúcar tienen en An Education una excelente oportunidad para disfrutar. Pero el resto, no sé yo.
© Del Texto: Nirek Sabal



Imagen de previsualización de YouTube


oct 28 2010

The Cove: la destrucción de lo que tenemos

Que los documentales venden mucho menos que las grandes producciones de Hollywood es algo evidente. Y que el público paga una entrada para ver documentales con mayor esfuerzo que para tragarse cualquier película precedida de una enorme campaña de marketing lo es también. Una pena, de verdad, porque son muchos los que se sorprenderían al ver algunas cosas que pasan desapercibidas por el circuito de distribución. Acercarse al documental (al buen documental y no a las cintas que recogen lo que vemos en los telediarios montadas con una música atractiva) es una experiencia única, muchas veces conmovedora, siempre impactante.
The Cove es una de esas películas documentales que te deja pegado al sillón durante la proyección y después también. Dirigida por Louie Psihoyos lo que trata de mostrarnos es hasta que punto el ser humano está renunciando a su condición destrozando el medio natural en el que se mueve. Sí, el planeta Tierra. Lo hace a través de las matanzas de delfines que se producen en Taiji (población japonesa), de los movimientos políticos que hay alrededor de este mercado de la carne de delfín, de los problemas sanitarios que lleva añadido todo el proceso, de cómo los gobiernos son cómplices de lo que ocurre sin pestañear. En definitiva, trata de mostrarnos lo asnos que somos.
Podría parecer que este documental es uno más, uno de esos que nos sueltan un rollo sobre el hábitat buscando socios de no sé qué organización ecologista, uno de esos que buscan la emoción fácil para que el espectador se sienta conmovido como podría hacerlo mirando un atardecer (y gratis). No lo es. El montaje es francamente inteligente. Los asuntos van entrelazándose para entender lo que, finalmente, nos quieren enseñar. Una fotografía magnífica hace muy agradable mirar. Y el ritmo narrativo que adquiere la cinta va de menos a más llegando casi al suspense. El rápido movimiento de las cámaras que llevan de un lado a otro para componer el puzzle no deja respiro al espectador que necesita saber mucho más, llegar al final casi como una necesidad vital.
Yo hacía mucho tiempo que no sufría tanto, ni me emocionaba tanto, ni reflexionaba tanto después de ver una película. Lo que se ve es indignante, atroz.
Fue premiado con el Oscar al mejor documental. No me extraña. Y debería ser distribuido por canales alternativos para que todo el mundo lo pudiera ver. No está mal que sepamos algo sobre nosotros mismos que puede hacer daño, pero que es absolutamente real: el ser humano ha decidido destruir el mundo. O sea, a sí mismo.
Aunque la última parte del documental es terriblemente violento (van a ver ustedes lo que es una matanza de delfines completamente delirante) tampoco está mal que, al menos los jovencitos (esos matan y destruyen con su consola cada día), echen un vistazo a la realidad. Por si hay un poco de esperanza todavía en que esto se salve de alguna manera.
Impresionante e imprescindible.
©Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


oct 27 2010

Bienvenidos al norte donde todo vale

Reír. Es muy posible que sea lo que nos hace falta. A todos. Y, en concreto, unas risas mirándonos en el espejo tampoco nos vendrían mal.
Será por eso por lo que la comedia es lo que mejor mueve a los espectadores hoy en día. Entras en el cine, te pones ciego de palomitas, echas unas risas y aquí paz y, después, gloria. Lo mismo pasa con la literatura. Un best seller en el que te cuentan una historieta amable vende en una semana más que Kafka en los últimos cincuenta años. ¿Eso es bueno? Ni idea. Pero es necesario tal y como está estructurado el mundo.
El francés Dany Boon escribió y dirigió el año 2009 la película Bienvenidos al Norte. Arrasó en taquilla. No sólo en su país sino en buena parte del planeta. Una comedia con altibajos en su desarrollo, pero muy efectiva. Tal vez el exceso en el uso de chascarrillos que se repiten demasiado (por ejemplo, el uso del idioma casi delirante de los franceses del norte o la exageración de los tópicos que parecen más disparates sin sentido), tal vez una tendencia más que acusada al humor para todo tipo de público, hacen que la propuesta de Dany Boon se deslice peligrosamente hacia la nada. Aunque viendo la película encontramos momentos que son atrevidos hasta rozar el límite de la irreverencia y que hacen reír a cualquiera. El momento en que los norteños reciben a la esposa de Philippe Abrams (Kad Merad) y montan un dispositivo delirante para que ella piense que su marido vive en un infierno insoportable, es muy, muy, gracioso y está tratado con cuidado (la comedia es maltratada sin él un día sí y el otro también). Esa zona expositiva es en la que menos hablan los personajes. Y es que otro de los problemas son las frases dichas (muchas veces); son, sencillamente, un despropósito absoluto. Tengo la sensación que le faltó valor a Boon para dejarse de tonterías y atacar el problema con más ironía y menos gestos ridículos o diálogos alocados. Las diferencias entre norte y sur existen y abordarlas desde el humor ramplón es menos doloroso para todos (en Francia también hay un norte y sur aunque lo nieguen para ir de guays; igual que aquí en España aunque nosotros lo exageramos para exagerar los asuntos como harían los idiotas).
La película narra el viaje de Philippe Abrams hasta la zona norte del país, castigado por intentar hacer trampas de carácter burocrático. Al llegar a su destino, Bergues, se encuentra con un grupo de personas encantadoras. Él pensaba que iba derecho al mismo infierno. Desde aquí se van produciendo situaciones que van enredando la trama. Por supuesto, nos presentan un final más bien feliz. Y todos contentos.
Dany Boon interpreta el papel de Antoine. Anne Marivin el de Anabelle Deconminck (pareja del anterior). Y Zoé Felix interpreta el papel de Julie Abrams. ¿Cómo lo hacen? Pues yo juraría que alguno de ellos se tomó algún tipo de sustancia extraña y se le fue la cabeza en algunos momentos. Exagerados y sin contención alguna. Pero; oh, milagro; consiguen que se lo perdonemos todo. Terminan siendo un grupo de personajes entrañables.
Una película llena de imperfecciones, pero triunfadora. Una película con una propuesta notable que se realiza con suspensos aquí y allá. Pero una película que hace reír, una película que nos divierte. El mejor de los valores, el que más en alza está, al que más perdonamos imperfecciones y que terminará siendo una cloaca inmensa si seguimos haciéndolo.
Y, que conste, me lo pasé muy bien esa noche en el cine. Yo también estoy deseando reírme y hago la vista gorda.
© Del texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


oct 26 2010

Los ángeles de Charlie o las cosas que nunca deberían cambiar

Ondas en el pelo, pantalones de campana, pistolas al cinto. Todas queríamos ser Los Ángeles de Charlie; bueno no, debo confesar que yo en realidad me moría por ser Los hombres de Harrelson. Originariamente Los ángeles de Charlie fue una serie concebida para la televisión. Tres mujeres que abandonan el cuerpo de policía para ponerse al servicio de una agencia de detectives privados capitaneada por el invisible Charlie que tenía como intermediario a Bosley. La serie fue un exitazo, durante casi tres años; nos amenizaba las noches de los sábados o las tardes de los domingos. Las tres Ángeles de Charlie:  Sabrina Duncan, Jill Munroe y Kelly Garret, hicieron archifamosas a las actrices: Kate Jackson, Farrah Fawcett y Jaclyn Smith. La primera y la tercera quedaron como actrices de películas de serie B, de esas que vemos los domingos en la sobremesa. Sin embargo, la segunda, Farrah Fawcett (fallecida hace muy poco tiempo) se convirtió en un verdadero mito erótico. Con posterioridad, a medida que cada una de los ángeles iba desapareciendo de la serie, por el motivo que fuera, se incorporaba una nueva actriz pero, sinceramente,  no era lo mismo.
Un exitazo en su momento que quedó residente en la mente y el recuerdo de muchos.  Así que en el año 2000, para gozo y solaz de los que crecimos a su sombra, imitando ante los espejos a las reinas de la pistola, se rueda la versión cinematográfica de Los ángeles de Charlie, (hubo una segunda parte), protagonizada por Cameron Diaz, Drew Barrymore y Lucy Liu.
Vi la película, las aventuras de estas muchachas pero, que quieren que les diga, no fue lo mismo. Es cierto que en pantalla gigante todo es mucho más espectacular, que los efectos especiales pueden ser especiales, pero, yo, aunque parezca una verdadera cutrez, me quedo con aquella serie de finales de los setenta, principio de los ochenta. No sabían artes marciales, ni sus armas eran tan sofisticadas, pero eran mucho más auténticas.
Una película entretenida pero tan alejada de las verdaderas Ángeles de Charlie que bien habrían hecho en llamarlas de cualquier otro modo. Hay cosas que están bien como están, que en su momento fueron geniales, no hace falta volver a ellas, su tiempo pasó y su fórmula también. Poca imaginación demuestran los que intentan volver al pasado haciendo un machambrado de cosas que no pegan ni con cola.  Yo me quedo con Farran Fawcett y esos pistolones gigantescos que no había manera de esconder en los pantalones con pata de elefante, y me quedo con un Charlie que se le presumía un señor pese a su invisibilidad permanente.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube
Imagen de previsualización de YouTube


oct 25 2010

Amadeus: Los compases amargos

Frente a un narrador en primera persona el buen aficionado al cine o a la buena literatura debe ponerse en alerta. La razón no es la intención de esa voz narrativa puesto que en un narrador no identificado también la encontramos y, en ambos casos, hay que detectarla para ver correctamente las cosas. No, la razón es otra bien distinta. El narrador en primera persona pretende, siempre, que se le interprete (eso por un lado) y sólo nos mostrará lo que vio en su momento y cómo lo percibió al experimentarlo (nadie puede contar lo que no vivió como si lo hubiera hecho o lo que no sabe). Algo tan aparentemente sencillo se convierte en una gran lacra para el cine o la literatura cuando el autor se lo salta a la torera. Y es mucho más frecuente de lo que todos quisiéramos. Buenos relatos se quedan en nada por esta razón.
Amadeus de Milos Forman es un ejemplo de cómo narrar sin meter la pata, de cómo utilizar una voz narrativa con solvencia; de cómo un narrador personaje relata desde su forma de entender una historia que pudiera estar lejana a la realidad, pero que no chirría puesto que, desde el principio, tenemos enfrente las cartas con las que se juega la partida.
Son muchos los que pensaron y siguen pensando que esta película habla de Mozart, de su genialidad, de su personalidad. Y no. Amadeus habla de Salieri, de su mediocridad, de su falta de personalidad cuando se encontraba con Mozart. La cámara acompaña a Salieri durante todo el metraje porque la cámara son los ojos del personaje para el espectador. Todo lo veremos a través de ella. Nos cuenta los éxtasis que vive el músico al escuchar la música de su contrario, al leer sus partituras, al comprobar su capacidad para generar un flujo mental convertido en música. Nos cuenta la entrega de su destino a Dios; su ruptura con lo divino cuando equipara a Mozart con el mismísimo elegido por la deidad para traer su música al mundo. Nos enseña el dolor de alguien que se sabe mediocre e incapaz de acercarse a la genialidad de otro, la locura que eso provoca, el odio que envuelve su vida. Es verdad que, de paso, nos dejan ver a Mozart. Eso es verdad, pero nos lo dejan ver desde los ojos ajenos, los de Salieri. Esto es lo mismo que decir que no vemos nada porque todo se filtra en esa mirada odiosa y resentida del compositor italiano. Forman es hábil y cuidadoso al narrar. Por ejemplo, coloca unos ojos postizos al narrador. Sabe que Salieri no podría conocer las intimidades de Mozart, por ejemplo, en su casa. Y aparece un personaje, la criada que envía Salieri manteniendo el anonimato, a casa del genio. De este modo, todo lo que cuenta (la criada le va pasando información) ya es verosímil para el espectador. A pesar de aparecer un segundo filtro el relato se sostiene sin dificultades. Cada persona al ver la película tendrá que interpretar lo que ve, pero el director ya ha hecho su trabajo. En cualquier caso, la película habla de la envidia.

La dirección de personajes y el guión (Peter Shaffer) son espléndidos. La personalidad de Salieri aparece desde el principio con contundencia extrema. Poco a poco, irá desvelándose el porqué se encuentra en una situación angustiosa. La de Mozart aparece más lentamente aunque sin dejar fisura alguna al perfilarse. F. Murray Abraham (Salieri) y Tom Hulce (Mozart) interpretan sus papeles de forma sobresaliente. Especialmente, Abraham. Es magnífico cómo desde los silencios del personaje (rellenados por la música de Mozart), desde sus gestos, podemos entender el sufrimiento, la envidia que le genera el trabajo del otro. Es cuando la mediocridad hace aparecer la genialidad. No al contrario. Es cuando aparece Dios encarnado en un hombre para que renuncie el otro a su protección (todo esto siempre visto desde el narrador). Magnífico, también, comprobar como los acordes más bellos se envenenan para siempre.
No hace falta decir que la música de la película es grandiosa. Después de Mozart todo cambió y no tiene gran mérito que guste su música, pero si lo tiene la elección que hace Sir Neville Marriner de los fragmentos y su dirección. Deliciosa. Pero el vestuario también lo es. Y el montaje. Y el sonido. Y los escenarios. Y los decorados. Amadeus es una película formidable. Como siempre digo,es, además, una película que se puede ver con los niños y jóvenes de la casa. Aunque sólo sea por conocer a Mozart (desde Salieri) merece la pena verla. La gente menuda tiene una oportunidad exquisita. Como es larga y alguno se puede cansar, se puede ver en dos partes. No pasa nada por hacer esas cosas. El cine hay que disfrutarlo y no sufrirlo.
Pues eso. Otro peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


oct 25 2010

Saraband: Los golpes de nuestros afectos

La última película que dirigió Ingmar Bergman fue Saraband. No es una película cualquiera. Los personajes Johan (Erland Josephson) y Marianne ( Liv Ullmann), no son unos desconocidos para Bergman (ni para aquellos a los que nos acercamos a las películas de este sueco universal). La elección del título (en su original Zarabanda) tampoco es porque sí. La Zarabanda es el movimiento rápido y desordenado de las cosas, ese tipo de movimiento que marea. Nada en Bergman es porque sí. En el año 1973, Ingmar Bergman, parió, con dolor (de eso estoy segura) a esta pareja, Johan y Marianne. En aquella película, Secretos de un matrimonio que nació pensada como una serie para la televisión, retrataba la vida de un  matrimonio que, tras distintos problemas (aborto; incomprensión; infidelidades; desconfianza; miedo a la soledad, al mañana que llega demasiado pronto), terminaba divorciándose. Desconozco el motivo por el que treinta años más tarde, el Maestro recupera  a Johan y a Marianne y les da una nueva y última oportunidad. Sin embargo, hay que reconocer que Bergman jugó bien las cartas. Nuevamente nos muestra la vida de dos personas que, en su momento ,lo fueron todo y en la vejez se reencuentran de nuevo. Un reencuentro inesperado y con el interrogante del por qué. El director, de una manera absolutamente acertada, recurre a los mismos actores que en la inicial Secretos de matrimonio y nos coloca en la secuencia de la vida en la que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas.
Llevo un par de días pensando en qué es lo que  Bergman quería decir con Saraband (siempre he pensado que las películas de este director tienen algo de terapia, no para los demás, sino para con él mismo). Quizá sea un error pensar que sus filmaciones sean parte de su propio proceso de salvaguarda de su permanente conflicto personal, pero yo lo creo así y con Saraband vuelvo a pensarlo. Una vida recorrida (la del director), que está llegando a la última estación natural y la reflexión sobre los miedos, la búsqueda constante de disculpas frente a lo que no podemos controlar, vuelve a mostrarse en estado puro
Marianne (Liv Ullmann); cuando ya ha cumplido los 63 años, está medio retirada de la abogacía y tiene a sus familia más lejos que cerca; decide visitar al que fue su marido, Johan (Erland Josephson), del que apenas sabe nada desde que se divorciaran treinta años atrás. Johan vive ahora retirado en una casa en el bosque que perteneció a sus abuelos. En una casa próxima, vive el hijo de Johan,  Henrik (Borje Ahlstedt) junto Karin (Julia Dufvenius). La presencia de la esposa  de Henrik (Anne), fallecida de cáncer dos años antes de la visita de Marianne está permanentemente presente en las relaciones entre todos ellos. La llegada de  Marianne a la relación enfermiza, de posesión, odios recurrentes entre los tres moradores de los bosques de Faro, harán más evidente la distancia entre todos ellos. La necesidad de controlar el amor que se escapa, atrapar y destruir lo que nos distancia de lo amado, de lo querido, aunque para ello haya que recurrir al dolor, al sometimiento de la voluntad de otro, todo eso es lo que nos muestra Bergman en su última película.
Esta filmación me generó, en su día, una angustia vital tan exagerada que me resistí a volver a verla durante mucho tiempo. Una asignatura pendiente, volver a ella. Y lo hice, pero esta vez mejor, sin prejuicios de ningún tipo y viéndola en una sesión doble, primero Secretos de matrimonio y, seguidamente, Saraband. Recomiendo que se haga de esa  forma ya que el director nos lo ha puesto en bandeja al servirnos estas dos películas. Con ellas nos podremos sumergir en la reflexión de las consecuencias de nuestros afectos, las que padecemos y las que provocamos. Una serie de dos, encadenadas, con necesidad no provocada de una  y de otra. Si por separado eran grandes, en su conjunto se convierten en majestuosas. Las reflexiones sobre los constantes temas de Bergman reaparecen de nuevo.
Como en todo el cine de este director, siéntense pacientes, dejen que les envuelva la propia iconografía de la película, (tampoco nada en ella es porqué sí), el reparto pendular del peso de sus personajes nunca mostrados en un número mayor de dos tiene una trascendencia fundamental (observen y la encontrarán). Gocen de la música de Brahms, de Bach y de los retratos que nos muestran el rostro de la angustia permanente.
Un testamento en forma de película.
© Del Texto: Anita Noire


oct 24 2010

Un puente lejano. Inolvidables (7)

Cornelius Ryan escribió la novela A Bridge Too Far. William Goldman la adapto para el cine. Y Richard Attenborough dirigió la película homónima de la novela original. Una película bélica que no suele aparecer entre las favoritas de los que dicen entender de cine. Tal vez eso obedezca a a que; a pesar de contar con un reparto de auténtico lujo, un buen guión, medios técnicos más que suficientes, un sonido espectacular y una banda sonora magnífica (compuesta por John Addison); la película narra un hecho histórico pegándose mucho a eso (no intenta narrarlo de forma exacta, ni mucho menos) y no a la búsqueda de universos únicos, al uso de recursos narrativos que aumentan la capacidad expresiva de la imagen (por ejemplo, un silencio en medio de la batalla) o al uso de un discurso de los personajes que, francamente, los convierte más en filósofos de barra de bar que en hombres que van a morir poco después (sólo algunos lo han conseguido sin hacer el ridículo como, por ejemplo, Terrence Malick). Quizás sea por eso. No lo sé. El caso es que la película narra cómo una operación militar puede fracasar por la misma razón por la que un ejército cualquiera triunfa. La disciplina; no rechistar ante las órdenes de un superior; no decir lo que se piensa para no contradecir al de arriba. La misma razón para ganar una guerra que para perderla. ¿Cómo nos cuentan todo esto? Desde la estrategia, desde el despliegue de efectivos, desde los errores, desde las órdenes dictadas detrás de un despacho, desde los heridos. La guerra por dentro. Algo mucho menos amable que desde personajes extraordinarios o, incluso, desde el horror. Otra forma de contar, más selectiva. Me pregunto, siempre después de ver la cinta, qué es la guerra. Y la respuesta es la misma, siempre también. Es la suma de todas esas películas bélicas. Y me parece injusto que, cuando hacer cine es representar una realidad cualquiera desde un punto de vista determinado, se menosprecien algunas de ellas por esa razón (hablo pensando en películas de calidad y no de bazofias que encontramos en cualquier rincón).

Pocas películas muestran con tanta solvencia cómo la artillería apoya el avance de una columna de blindados, cómo el despliegue táctico en un ejército puede ser de una belleza pasmosa, cómo las casualidades son la misma guerra o cómo las creencias personales o la egolatría son factores determinantes en una batalla. Al fin y al cabo, los ejércitos son lo que son y no lo queremos que sean. No quiero decir con esto que Un puente lejano sea una especie de documental. No, no es eso. Porque es una película de cine y de las buenas. Con todo esto me refiero a esa zona del cine que se pega más a una realidad y deja de interesar a muchos.
El caso es que pocas veces podremos ver a un grupo de actores como el que forma el elenco de esta película trabajando juntos: Dirk BogardeJames CaanMichael CaineSean ConneryDenholm ElliottElliott GouldEdward FoxGene HackmanAnthony HopkinsJeremy KempRobert RedfordLiv UllmannMaximilian SchellHardy KrügerLaurence OlivierMichael CaineSean ConneryRyan O’Neal. La interpretación de Edward Fox sobresale sobre el resto aunque todos están muy correctos en sus papeles. Y un aviso importante. Pocas películas pierden tanto con el doblaje como esta. Hay que verla en versión original.
© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube