Cometas en el cielo: Pastelón en el cielo

Convertir una novela en un guión cinematográfico tiene cierta complicación. Se trata de traducir el lenguaje literario (compuesto por palabras y la falta de estas, los silencios) a un lenguaje cinematográfico (imagen y una estructura que no permite que las palabras sean la única herramienta posible). La cosa se complica si la novela es ambiciosa, si narra una vida entera. Sin inteligencia y maestría, el guión puede abundar en lo que podría ser importante dentro de una estructura literaria, pero vano en una pantalla de cine. Ese es uno de los problemas de Cometas en el cielo, película dirigida por Marc Forster. Se incluye en el guión todo aquello que la (floja) novela de Khaled Hosseini dice, sin tener en cuenta que, en literatura, hay cosas imprescindibles para construir lo importante (la voz narrativa) que en cualquier otro ámbito sobran.
No había visto yo esta película y esperaba encontrarme con menos situaciones que la arrastrasen a territorios blandengues y facilones para pasar de puntillas por encima de lo importante y quedarse apalancada en la lágrima, las nubes de algodón y las sonrisas de última hora algo incomprensibles. La película habla de la culpa, de cómo puede destrozar una vida y de la posibilidad de una posible expiación. De paso nos muestra un país tan machacado como lo es Afganistán, el destrozo que se produjo con la invasión rusa a finales de los años setenta y el destrozo mayúsculo que vivieron mientras los talibanes campaban a sus anchas por allí. Y digo que lo hace de paso porque, en realidad, que la acción transcurra en buena parte allí, no es demasiado importante. En cualquier país del mundo podría ocurrir algo similar y los personajes evolucionarían de la misma manera. Pero claro, el conjunto (la trampa narrativa) funciona a base de golpes efectistas y efectivos.
La trama es algo previsible y, cuando no lo es, demasiado rebuscada. Un folletín, vaya. Y, además, se llena de moralina (barata) que no termina de funcionar bien debido a la excesiva carga dramática que se le da a situaciones mucho más normales que lo que quiere que veamos el director. Otras (situaciones) son en sí mismas terribles y pozos sin fondo para buscar ese discurso que debería hacer reflexionar al espectador y que, curiosamente, son rodeadas sin pudor alguno.
Quizás vista en la televisión, un domingo por la tarde, como telefilm, pudiera colar. Pero colocarla como película de premio me parece un engaño. Dentro de lo normalucho que resulta todo, destacaría la interpretación de Homayoun Ershadi por su credibilidad. El resto no lo voy a destacar porque no me da la gana. Y es que a mí estos pastelazos no me gustan nada. Lo siento, de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal

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