Misterios de Lisboa: De por qué las cosas de la tele no funcionan en el cine

MISTÉRIOS DE LISBOA – RAÚL RUIZ – PORTUGAL – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO

Mistérios de Lisboa es una producción engañosa. Se presenta como una película muy larga, cuatro horas, que también se dividirá en varios capítulos para la televisión. La primera duda es si es una selección oportuna para este festival internacional de cine, y esa duda recae sobre los seleccionadores y no sobre el productor, lógicamente.
Porque lo que puede ser un valor en una producción televisiva, puede ser un fallo enorme en una cinematográfica.
Lisboa no aparece por ningún lado y misterio no hay ninguno salvo la resolución de varios enredos folletinescos.
Siglo diecinueve, un muchacho de catorce años, huérfano en un convento, reconstruye su vida desde una voz en off adulta, a partir de ahí, la estructura es la de un culebrón televisivo de época, ambientado entre la aristocracia portuguesa, con los ingredientes típicos: hijos cuyos padres re revelan en el momento más inesperado, pecados del pasado que regresan, amoríos, seducciones y afrentas de honor, divididos en tramas diversas. Para una película es un material narrativo muy pobre en calidad, e inabordable por su extensión para el espectador.
Lo que en televisión podría ser una realización eficiente, aquí se transforma en una mala dirección, el director se empeña en jugar a esconder la cámara detrás de los objetos, moviéndola continuamente como si el espectador estuviera espiando a los personajes, no funciona, cansa y no tiene sentido. Cansan los personajes atisbando detrás de las ventanas y cansa el teatrillo de cartón que seguramente marcará los capítulos de la serie, donde se representa simbólicamente cada cuadro.
No querría ser injusto con los actores, son muchos y es difícil procesar sobre la marcha la información y contrastar los nombres, pero podemos decir que de la primera parte solo se salva el muchacho, que tiene madera de actor y promete un atractivo importante y en la segunda no hay ninguna interpretación reseñable. Parte de la culpa es del director que ha construido las secuencias en contra de los intérpretes. Las secuencias con extras de la primera parte son abominables, Nadie sabe qué hacer y demuestran la improvisación más absoluta. Pero lo que se lleva la palma es la iluminación que es nefasta.
La ambientación a veces pobre y desangelada cuando en televisión será efectista. Hay demasiadas velas encendidas todo el tiempo, de día y de noche. Aún con todo, ambientación y vestuario es lo que se podría salvar de la quema con un poco de buena intención y la dirección de producción parece haber hecho esfuerzos considerables, porque se detecta cierta falta de medios.
En general tiene todo un punto un poco antiguo. Debemos tener en cuenta que el director, Raúl Ruiz, tiene casi setenta años y ha dirigido más de cien películas, lo que tiene su mérito pero explica muchas cosas.
Se aguanta en el asiento porque el guión es efectivo y ágil, va encadenando unas historias con otras y casi todos los exteriores y los interiores, sobre todo en la segunda parte, son notables.
La primera parte está rodada en portugués, un idioma que da gusto oír y la segunda casi entera en francés.
Pocas personas aguantaron en un pase con público para dar un aplauso ahogado por la extenuación. Porque no nos engañemos, a pesar de la envergadura del proyecto, como película no es buena y como serie tampoco es que sea Los Borgia.
Yo me resistí a la tentación de irme al final de la primera parte, lo cual es mucho decir.
© Del Texto: Ivor Quelch


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