sep 23 2010

Cometas en el cielo: Pastelón en el cielo

Convertir una novela en un guión cinematográfico tiene cierta complicación. Se trata de traducir el lenguaje literario (compuesto por palabras y la falta de estas, los silencios) a un lenguaje cinematográfico (imagen y una estructura que no permite que las palabras sean la única herramienta posible). La cosa se complica si la novela es ambiciosa, si narra una vida entera. Sin inteligencia y maestría, el guión puede abundar en lo que podría ser importante dentro de una estructura literaria, pero vano en una pantalla de cine. Ese es uno de los problemas de Cometas en el cielo, película dirigida por Marc Forster. Se incluye en el guión todo aquello que la (floja) novela de Khaled Hosseini dice, sin tener en cuenta que, en literatura, hay cosas imprescindibles para construir lo importante (la voz narrativa) que en cualquier otro ámbito sobran.
No había visto yo esta película y esperaba encontrarme con menos situaciones que la arrastrasen a territorios blandengues y facilones para pasar de puntillas por encima de lo importante y quedarse apalancada en la lágrima, las nubes de algodón y las sonrisas de última hora algo incomprensibles. La película habla de la culpa, de cómo puede destrozar una vida y de la posibilidad de una posible expiación. De paso nos muestra un país tan machacado como lo es Afganistán, el destrozo que se produjo con la invasión rusa a finales de los años setenta y el destrozo mayúsculo que vivieron mientras los talibanes campaban a sus anchas por allí. Y digo que lo hace de paso porque, en realidad, que la acción transcurra en buena parte allí, no es demasiado importante. En cualquier país del mundo podría ocurrir algo similar y los personajes evolucionarían de la misma manera. Pero claro, el conjunto (la trampa narrativa) funciona a base de golpes efectistas y efectivos.
La trama es algo previsible y, cuando no lo es, demasiado rebuscada. Un folletín, vaya. Y, además, se llena de moralina (barata) que no termina de funcionar bien debido a la excesiva carga dramática que se le da a situaciones mucho más normales que lo que quiere que veamos el director. Otras (situaciones) son en sí mismas terribles y pozos sin fondo para buscar ese discurso que debería hacer reflexionar al espectador y que, curiosamente, son rodeadas sin pudor alguno.
Quizás vista en la televisión, un domingo por la tarde, como telefilm, pudiera colar. Pero colocarla como película de premio me parece un engaño. Dentro de lo normalucho que resulta todo, destacaría la interpretación de Homayoun Ershadi por su credibilidad. El resto no lo voy a destacar porque no me da la gana. Y es que a mí estos pastelazos no me gustan nada. Lo siento, de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal

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sep 23 2010

Misterios de Lisboa: De por qué las cosas de la tele no funcionan en el cine

MISTÉRIOS DE LISBOA – RAÚL RUIZ – PORTUGAL – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO

Mistérios de Lisboa es una producción engañosa. Se presenta como una película muy larga, cuatro horas, que también se dividirá en varios capítulos para la televisión. La primera duda es si es una selección oportuna para este festival internacional de cine, y esa duda recae sobre los seleccionadores y no sobre el productor, lógicamente.
Porque lo que puede ser un valor en una producción televisiva, puede ser un fallo enorme en una cinematográfica.
Lisboa no aparece por ningún lado y misterio no hay ninguno salvo la resolución de varios enredos folletinescos.
Siglo diecinueve, un muchacho de catorce años, huérfano en un convento, reconstruye su vida desde una voz en off adulta, a partir de ahí, la estructura es la de un culebrón televisivo de época, ambientado entre la aristocracia portuguesa, con los ingredientes típicos: hijos cuyos padres re revelan en el momento más inesperado, pecados del pasado que regresan, amoríos, seducciones y afrentas de honor, divididos en tramas diversas. Para una película es un material narrativo muy pobre en calidad, e inabordable por su extensión para el espectador.
Lo que en televisión podría ser una realización eficiente, aquí se transforma en una mala dirección, el director se empeña en jugar a esconder la cámara detrás de los objetos, moviéndola continuamente como si el espectador estuviera espiando a los personajes, no funciona, cansa y no tiene sentido. Cansan los personajes atisbando detrás de las ventanas y cansa el teatrillo de cartón que seguramente marcará los capítulos de la serie, donde se representa simbólicamente cada cuadro.
No querría ser injusto con los actores, son muchos y es difícil procesar sobre la marcha la información y contrastar los nombres, pero podemos decir que de la primera parte solo se salva el muchacho, que tiene madera de actor y promete un atractivo importante y en la segunda no hay ninguna interpretación reseñable. Parte de la culpa es del director que ha construido las secuencias en contra de los intérpretes. Las secuencias con extras de la primera parte son abominables, Nadie sabe qué hacer y demuestran la improvisación más absoluta. Pero lo que se lleva la palma es la iluminación que es nefasta.
La ambientación a veces pobre y desangelada cuando en televisión será efectista. Hay demasiadas velas encendidas todo el tiempo, de día y de noche. Aún con todo, ambientación y vestuario es lo que se podría salvar de la quema con un poco de buena intención y la dirección de producción parece haber hecho esfuerzos considerables, porque se detecta cierta falta de medios.
En general tiene todo un punto un poco antiguo. Debemos tener en cuenta que el director, Raúl Ruiz, tiene casi setenta años y ha dirigido más de cien películas, lo que tiene su mérito pero explica muchas cosas.
Se aguanta en el asiento porque el guión es efectivo y ágil, va encadenando unas historias con otras y casi todos los exteriores y los interiores, sobre todo en la segunda parte, son notables.
La primera parte está rodada en portugués, un idioma que da gusto oír y la segunda casi entera en francés.
Pocas personas aguantaron en un pase con público para dar un aplauso ahogado por la extenuación. Porque no nos engañemos, a pesar de la envergadura del proyecto, como película no es buena y como serie tampoco es que sea Los Borgia.
Yo me resistí a la tentación de irme al final de la primera parte, lo cual es mucho decir.
© Del Texto: Ivor Quelch