Eat Pray Love: La pila vacía

EAT PRAY LOVE (COME RAZA AMA) – RYAN MURPHY – EEUU – SECCIÓN OFICIAL, FUERA DE COMPETICIÓN

Julia Roberts es un estereotipo de sí misma. No lo digo yo, lo escribe Lucía Etxebarría en Zinemaldia, y también dice que los estereotipos son necesarios porque lo dice Adorno. En el caso de Eat Pray Love, ambos tienen razón; la escritora porque la Roberts aquí, no se rebaja ni siquiera a actuar, a representar nada más que a sí misma; y el filósofo puesto que este debe de ser el producto ideal para los tiempos de crisis. Lo que quiere la generalidad.
(Que la protagonista no actúe, no es aquí una crítica sino una constatación. Ni su director, ni sus guionistas ni los productores que han gestionado equipos y financiación a la medida de una estrella, se lo han pedido.)
La película hace el efecto de un manual de autoayuda. Julia –porque es Julia- se siente vacía con su vida y con sus relaciones de pareja y desea encontrarse consigo misma. Se pone a ello. La primera parada: Roma de Italia, y allí le pasa lo que nos pasaría a todos, o sea, que conocemos a gente superguanchi, aprendemos a hablar italiano en siete días, nos paseamos en un dos caballos por la campiña, comemos, bebemos y disfrutamos de los atardeceres en la ciudad inmortal, descubriendo el dolce far niente. No follamos porque no queremos. Hasta aquí un chiché y un documental. Divertido y bien hecho, eso sí. Después empieza lo patético.
Julia se va a un ashram en India. (¿No saben lo que es un ashram?, no se preocupen, para eso está el cine). No porque en Italia no haya encontrado su razón de ser, sino porque ya lo había planeado desde el principio del filme. Aquí no hay trampa ni cartón. En la India busca la espiritualidad, claro, con todos sus estilismos.
Termina el viaje donde arranca la película que es donde le han predicho que va a acabar, en Bali. Porque, ¿se imaginan lo que necesitaba Julia Roberts desde el principio? Pues han acertado.

Eat Pray Love, es un producto de consumo y si el principio se soporta el final produce arcadas. Se da por supuesto, como no podía ser de otra manera, que el precio de la entrada incluye una fotografía panorámica y espectacular, dos o tres chorradas graciosas y a quien le guste la actriz, overdose. Sí, también sale Javier Bardem. Al final.
El mensaje viene a ser que no hay nada como tener tiempo y dinero, o cómo dice la madre de una amiga mía: “Lo que le pasa a Julia Roberts es que no tiene la pila llena de cacharros como la tengo yo”.
Arrasará en las taquillas poligoneras y creará tendencias.
Aquí, en Donosti, a donde la Roberts llegó ayer en medio de la expectación que se presupone a una estrella, los silbidos a la película quedaron apagados por el ruido del público que abandonaba la sala en tumulto.
Yo, que no esperaba otra cosa, me divertí al principio y después me dieron ganas de vomitar. (Y eso que Julia Roberts ni me gusta ni me deja de gustar).
© Del Texto: Ivor Quelch

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