sep 21 2010

Eat Pray Love: La pila vacía

EAT PRAY LOVE (COME RAZA AMA) – RYAN MURPHY – EEUU – SECCIÓN OFICIAL, FUERA DE COMPETICIÓN

Julia Roberts es un estereotipo de sí misma. No lo digo yo, lo escribe Lucía Etxebarría en Zinemaldia, y también dice que los estereotipos son necesarios porque lo dice Adorno. En el caso de Eat Pray Love, ambos tienen razón; la escritora porque la Roberts aquí, no se rebaja ni siquiera a actuar, a representar nada más que a sí misma; y el filósofo puesto que este debe de ser el producto ideal para los tiempos de crisis. Lo que quiere la generalidad.
(Que la protagonista no actúe, no es aquí una crítica sino una constatación. Ni su director, ni sus guionistas ni los productores que han gestionado equipos y financiación a la medida de una estrella, se lo han pedido.)
La película hace el efecto de un manual de autoayuda. Julia –porque es Julia- se siente vacía con su vida y con sus relaciones de pareja y desea encontrarse consigo misma. Se pone a ello. La primera parada: Roma de Italia, y allí le pasa lo que nos pasaría a todos, o sea, que conocemos a gente superguanchi, aprendemos a hablar italiano en siete días, nos paseamos en un dos caballos por la campiña, comemos, bebemos y disfrutamos de los atardeceres en la ciudad inmortal, descubriendo el dolce far niente. No follamos porque no queremos. Hasta aquí un chiché y un documental. Divertido y bien hecho, eso sí. Después empieza lo patético.
Julia se va a un ashram en India. (¿No saben lo que es un ashram?, no se preocupen, para eso está el cine). No porque en Italia no haya encontrado su razón de ser, sino porque ya lo había planeado desde el principio del filme. Aquí no hay trampa ni cartón. En la India busca la espiritualidad, claro, con todos sus estilismos.
Termina el viaje donde arranca la película que es donde le han predicho que va a acabar, en Bali. Porque, ¿se imaginan lo que necesitaba Julia Roberts desde el principio? Pues han acertado.

Eat Pray Love, es un producto de consumo y si el principio se soporta el final produce arcadas. Se da por supuesto, como no podía ser de otra manera, que el precio de la entrada incluye una fotografía panorámica y espectacular, dos o tres chorradas graciosas y a quien le guste la actriz, overdose. Sí, también sale Javier Bardem. Al final.
El mensaje viene a ser que no hay nada como tener tiempo y dinero, o cómo dice la madre de una amiga mía: “Lo que le pasa a Julia Roberts es que no tiene la pila llena de cacharros como la tengo yo”.
Arrasará en las taquillas poligoneras y creará tendencias.
Aquí, en Donosti, a donde la Roberts llegó ayer en medio de la expectación que se presupone a una estrella, los silbidos a la película quedaron apagados por el ruido del público que abandonaba la sala en tumulto.
Yo, que no esperaba otra cosa, me divertí al principio y después me dieron ganas de vomitar. (Y eso que Julia Roberts ni me gusta ni me deja de gustar).
© Del Texto: Ivor Quelch

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sep 21 2010

El refugio: Incoherencia para adultos

Algunos guionistas y directores de cine deben pensar que los adultos, esos para los escriben y ruedan sus películas, nos chupamos el dedo y que nos lo podemos tragar todo. Me explico. Los contadores de historias pueden recrear mundos fantásticos o mundos reales. Cuando crean mundos reales creo que deben sujetarse a determinadas reglas, siendo la más importante, que lo que nos cuenten se sujete a la verdad (la verdad de la ficción que no es otra que la coherencia), es decir, que el hecho A tiene las consecuencias B y eso es así porque no cabe otra posibilidad. Si no están dispuestos a sujetarse a eso tan sencillo, nos están engañando y la película se convierte en una tomadura de pelo que no se la cree ni el potito por mucho que le den manitas de pintura de modernidad y exquisitez.
Sitúense: Dos heroinómanos. Ricos y guapos, eso sí. Que viven en París en un apartamento estupendo de grande, luminoso y bien situado. Que se meten heroína hasta cuando van a hacer pis y que no dan un palo al agua (¿para qué?). Todo de lo más pijo. Seguimos: el guaperas va y palma de una sobredosis y, como es muy pijo, se muere en el apartamento, en una posición que ya me gustaría a mí que me la explicara un forense. Seguimos: llega la mamá del guapito heroinómano y se encuentra al niño frito, con la babita colgando y todo, y a la nuera con un colocón del quince (no se ha enterado de lo malito que se puso el chaval) durmiendo a pata suelta en la cama del apartamento propiedad de mamá. Con los días, vaya por Dios, la guapita heroinómana se entera de que está embarazada y, ¡Oh!, la suegra como que le recomienda que aborte. La pijita decide que no, que va a continuar contra viento y marea con su embarazo y se va a una casita a la playa, junto al mar (las penas mirando el azul siempre son más poéticas, es cierto). Hasta allí se acercará a visitarla el hermano del muerto (nos enteraremos que lo adoptaron al nacer lo cual no tiene mayor trascendencia para la película, pero así el director le da un tono más profundo a las cositas de la criatura) que encuentra el amor en el frutero del pueblo. Todo muy poético, hasta el cerdo que se le arrima a la guapita porque le gustan las embarazadas (según nos cuenta, quedó tocado porque durante el embarazo de su esposa no se le podía ni arrimar) es poético. Bueno, pues como la heroína que la guapita tomaba hasta ayer al parecer no es problema alguno, ni para el embarazo ni para su adicción, pues como que sólo tiene que preocuparse de gozar su pena, la muerte del guapito. Vamos que ni un mono se le ve a la muchacha, así que lleva un embarazo de lo más placido. Con pena, eso sí, a fin de cuentas su compañero palmó un poquito antes. Seguimos: Nace la criatura, una niña la mar de sana, sin complicaciones, todo muy bien. Todo fenomenal. Estando en la clínica, la guapita, recibe la visita del cuñado, el gay que encontró a su amor en el pueblo costero. Que felicidad, el tito que va a conocer a la sobrinita y nos encontramos con que la mama, que heroína no se mete pero sigue fumando, deja a la criatura en compañía del tito en cuestión y toma las de Villadiego y se va a por tabaco. Fin.
Eso es El refugio. El bodrio dirigido por François Ozon y que tuvo a bien escribir junto al guionista Mathieu Hippeau. Los actores: Isabelle Carré en el papel de Mousse (la guapita), Melvil Poupaud en el papel de Louis (el guapito heroinómano) y Louis-Ronan Choisy en el papel de Paul (el hermano gay). Todos guapos, con una cara de salud que no pueden con ella pese a la vida disoluta que llevan.
Alguien podrá pensar que exagero, pero de verdad que me parece tan poco verosímil que su visión sólo puede llevar al mosqueo. Aún no entiendo como gano el Premio Especial del Jurado de San Sebastian 2009, debe ser por la fotografía que es realmente buena, pero me causa estupor que una incoherencia tal pueda ganar nada.
No voy a perder más el tiempo, están ustedes avisados. A mí me pareció un bodrio, pero claro yo soy de las que cree que la cosa de la heroína es para preocuparse y que la vida es algo más que dejarse llevar sin asumir las responsabilidades de lo que uno hace. Si lo llego a saber me voy a ver una de Walt Disney.
© Del Texto: Anita Noire

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sep 21 2010

Bal (Honey): Aplausos y caras de circunstancia

BAL (HONEY) – SEMIH KAPANOGLOU – ZABALTEGUI (PERLAS)

Bal, Miel, es el escueto título de la coproducción germano-turca que presenta el director Semih Kaplanoglu en el apartado Perlas, de la Sección Zabaltegui. Obtuvo el Oso de Oro en Berlín este año y cuesta entender por qué. Parece que es la última parte de una trilogía que se compone de Huevos y Leche. Esto no es ninguna broma.
Es muy posible que los que hayan visto las anteriores tengan algún dato más que yo para comprender ésta, aunque me temo que no hay mucho que comprender. Es lenta y aburrida (y ya van dos, con participación alemana las dos, puede ser algo cultural.)
El caso es que es la historia de un niño (Bora Altas), un niño muy especial y de su vida, en unos valles perdidos en el corazón –imaginamos- de la Turquía profunda. Una naturaleza hermosísima. Su padre se dedica a recolectar miel, son humildes, buenos y limpios, el padre tiene una relación especial con su hijo y todo es bucólico y pastoril. Lógicamente la vida es dura y la naturaleza ingrata y esquiva, algo que ya hemos visto cien veces. Y el aprendizaje del niño de los signos en la escuela, arduo e iniciático porque vive en un mundo propio.
El niño tiene sueños, quizás premonitorios, que solo le cuenta al padre en voz baja; los de la madre son ilusiones. El padre sufre calladamente por intentar sacarlos adelante. Se quieren. Está bien contado.
Se soporta todo por el niño, es estupendo el muchachillo, con diez años y todo el peso de la película sobre los hombros, con aspecto de bueno, muy lindo, con sus pequeñas travesuras y un especial problema con la comunicación y el lenguaje. Está muy bien dirigido.


Hemos de imaginar que la película establece algún tipo de paralelismo entre la vida del niño y la naturaleza, enlazando el ciclo de la vida y el relevo generacional, de una manera muy abstracta, con un halcón que le guía por el bosque, las abejas y los sonidos de los montes. Parece también hablar de la comunión con el entorno y de un tiempo que se termina, para la naturaleza y para una cierta forma de vida. También puede hablar de algo que a mí, se me ha escapado.
Es una película muy poética, técnicamente bien hecha y algunas escenas, como la búsqueda del padre desaparecido en medio de una feria en las montañas, con los hombres y las mujeres danzando enlazados y el niño escurriéndose entre ellos, tienen magia. El fondo son colinas verdes escondidas en la niebla.
El filme termina de cualquier manera y nos deja con una sensación rara de haber perdido un poco el tiempo. Y buscando claves en los símbolos, porque de alguna manera aquí también hay huevos y leche.
A lo mejor en Berlín lo han entendido todos, todo y por eso le han dado el Oso, por eso y por la miel, claro. Les desafía a que la vean si es que alguien se anima a distribuirla.
En el Teatro Principal, la gente parece aplaudir por alivio o por compromiso y luego sale de la sala con cara de circunstancias.
Yo personalmente, estuve a punto de dormirme en un par de ocasiones.
© Del Texto: Ivor Quelch

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