sep 20 2010

The Devil and Daniel Johnston: Los límites del loco y del genio

Daniel Johnston es un artista estadounidense. El diablo está siempre a su alrededor. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que el artista no conocía al diablo tan de cerca como ahora. Era ese tiempo en el que su música y sus dibujos eran buenos, muy buenos. Extraordinarios. Ahora, con el diablo a su lado, su música y sus dibujos son geniales. Completamente geniales.
Esto es lo que muestra (más o menos) el documental firmado por Jeff Feuerzeig. Un biopic montado con inteligencia que trata de huir de la zona narrativa facilona (lágrimas, alabanzas y aplausos vanos) para sumergirse en un mundo del todo incomprensible. El de la genialidad. El de la frontera entre la cordura y la locura. El de la necesidad de vínculos entre el arte (genial) y la locura (destructiva y elemento separador para el hombre respecto a su grupo).
Resulta sorprendente escuchar a este hombre cuando canta. Las letras son de una pureza y una hondura fuera de lo normal. Para algunos pueden ser una payasada (estas cosas suelen ocurrir con las cosas de los genios), para otros pueden resultar un descubrimiento completamente descomunal. Resulta sorprendente el trazo de este hombre al dibujar. Esto no le puede resultar una payasada a nadie con un mínimo de sensibilidad. Resulta sorprendente cómo un ser humano acumula una vida entera en cintas de cassette. Resulta sorprendente como tipos con todo vendido apuestan por su genialidad porque la comprenden. Todo es una enorme sorpresa en este documental. The Devil And Daniel Johnston resulta arrasador en sí y demoledor cuando el espectador decide comparar lo que se ve con lo que nos venden los directores de marketing de las empresas.

Ya iba siendo hora que alguien rodase algo así sobre alguien tan especial como Johnston.
Si usted se encuentra anclado en lo convencional ni lo intente. Si usted quiere descubrir a un hombre que ha estado encerrado en todo tipo de centros de salud mental (lo que venimos conociendo durante la historia como manicomios, pero que hemos llamado de otra forma llenos de cursilería) y no ha parado de crear arte y más arte, corra a buscar una copia de la película. Si usted tiene alguna curiosidad por saber donde se encuentran los límites de eso que llamamos locura,ni lo dude. De verdad, merece la pena echar un vistazo.
© Del Texto: Nirek Sabal.

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sep 20 2010

Colours in the dark: Los eternos fundidos

SATTE FARBEN VON SCHWARZ (COLOURS IN THE DARK) – Sophie Heldman – SECCIÓN OFICIAL A CONCURSO


Es una pena, pero esta primera película de Sophie Heldman es lenta y desesperantemente aburrida. Hay después todos los matices que quieran y algún valor, pero son muchos más los desaciertos: unas secuencias infinitas e innecesarias; detalles sin importancia que se justifican una y otra vez como si no pudieramos razonar y sin embargo otros, el título mismo, que desafían, más que a la inteligencia, a la paciencia del espectador. Pretenden hacernos pensar y no consiguen nada porque nos ha dejado de interesar.
Una crisis en la vida de una pareja mayor, provocada por la enfermedad de él, es el pretexto del que se vale la directora para trabajar en una reflexión sobre la vejez y el final de la vida, pero lo hace utilizando unos recursos que consiguen que no nos creamos nada de lo que está pasando. Crea situaciones forzadas sin necesidad, por fallos narrativos y experimentos. No vemos la crisis. No de esas personas, ni en ese momento, ni en esos ambientes, ni con esa familia. Todo es frío y distante. No existe la emoción, ni intensidad y desde esa lejanía es imposible entrar esa situación poco creíble. Y eso no es un fallo de los actores sino de la dirección.
Cuando se acerca el final y empezamos a preverlo, hay como un destello de interés que salva la película del desastre, nos permite una reflexión sobre lo contado y la manera de contarlo, lo que no quita para que acabe de una manera burda y desarraigada (Donde valía con cualquiera de las elípsis con las que nos regaló durante 84 minutos.)
Quizás ese aire de mediocridad y de aburrimiento con el que ha conseguido crear esa atmósfera de un tiempo que se termina (y que no se termina nunca), sea el único acierto del filme.
Me atrevería a decir que el alargamiento de las secuencias, lo superfluo de algunas, lo redundante de miradas y movimientos; y ciertas pretensiones simbólicas, son objetivamente fallidos. ¡Por favor, se hacen eternos hasta los fundidos en negro!
Eso sí, la protagonista, Senta Berger (Anita), es la mujer mayor más guapa que he tenido la oportunidad de ver en mucho tiempo. Verdaderamente hermosa y aparentemente intocada. Tanto ella como Bruno Ganz (Fred), su partenaire hacen lo que pueden.
Por fortuna no es demasiado larga. Jamás pensé que el público en el Kursaal, en el pase de la mañana, descontado un goteo pequeño, pero continuo que abandonó en la primera mitad de la película, fuera a aplaudir generosamente, seguramente por el tema y muchos sencillamente, porque se hubiera terminado. También por el mérito de la directora de meterse en semejante berenjenal.
Me aburrí mucho.

© Del Texto: Ivor Quelch