Madres e hijas: Preguntas sobre la ausencia

Rodrigo García Barcha, director de cine, no para de sorprenderme. Tengo aún presente Cosas que diría con sólo mirarla, me quedé colgada de Nueve vidas y, debo reconocer que en mi cabeza aún vaga Madre e hijas. Ando sorprendida, de verdad. Quisiera poder decirles muchas cosas de esta película y no sé si podré hacerlo o si llegaré a transmitir todas las sensaciones, ideas, y majaderías que por mi cabeza cruzaron mientras veía, gozaba y después pensaba en esta película. Quizá porque muchas de ellas son demasiado personales y poco tienen que ver con la cuestión cinematográfica, quizá porque jamás consigo transmitir lo que quiero cuando me pongo a escribir, pero voy a intentarlo.
¿Qué pasaría si mañana descubrieran que no saben nada de su pasado? ¿Si los que creían sus padres no lo fueran? ¿Si su madre les hubiera entregado en adopción cuando nacieron? ¿Cómo le explicarían a su hij@ adoptad@ que no sabe nada de su vida anterior y que eso no importa? ¿Podrían acompañarle en ese sufrimiento sin ser un estorbo para él/ella? ¿Entendería, esa persona, que no importa la biología sino que lo que importa son otras cosas muy distintas, como, por ejemplo, crecer siendo y sabiéndose querido? ¿Podrían vivir sabiendo que entregaron a su hij@ en adopción y que puede estar preguntándose mil cosas que nunca le podrán contar? ¿Qué pasa cuando uno toma una decisión equivocada y ya no cabe el retorno? ¿Qué pasa cuando las cosas no se dicen a tiempo? ¿Se puede querer sin ver, sin tocar, sin nada más que una idea que flota en la cabeza y que se va construyendo a golpe de sensaciones difusas? ¿Se puede parar una bola de nieve que ha empezado a rodar por una pendiente sin fin? ¿Podemos reponernos de los adioses no dichos?
Pues de todo eso es de lo que trata la historia que nos entrega, envuelta de una realidad brutal, alejada de la lágrima fácil, Rodrigo García. He disfrutado esta película. Me emocioné hasta las trancas y salí repitiéndome en la cabeza las preguntas que mencionaba. Preguntas hechas sin que nadie preguntara nada.
Creo que está claro que me pareció una película maravillosa, con mucha miga.
No pienso hablar de cuestiones técnicas, ni de mis cositas personales en relación a las preguntas latentes. Las primeras no me interesan esta vez, y las otras, dudo que a nadie de por aquí le importen. Sólo puede decirles que es una gran película, en la misma línea que las anteriormente realizadas por este director.
Las películas de Rodrigo García siempre están protagonizadas por un elenco importante de mujeres. Repite actrices, una y otra vez, película tras película y las exprime hasta sacarles lo mejor de cada una de ellas. El ritual se repite con Madres e hijas: una película coral. Un grupo de mujeres inmersas en su propio universo en el que los hombres son meros acompañantes sin apenas relevancia; mujeres antes cuestiones y momentos fundamentales de sus vidas, pendientes de resolver; mujeres a las que el azar de un destino trazado de antemano las pone a prueba continuamente. Mujeres que sufren amando y siendo amadas, a veces mucho, a veces poco, incluso nada.
Debo aplaudir la elección de las actrices porque cada una en su papel bordan su personaje. Están todas impresionantes, espectaculares. Tan reales que parece que se las va a encontrar en cuanto salga a la calle.
Elisabeth (Naomi Watts), una mujer de 37 años, adoptada en el momento de su nacimiento por unos padres con los que en ese momento ya no mantiene relación alguna. Es extraordinariamente bella desde su frialdad, tiene la vida montada a su aire, sin compromiso, así no hay expectativas que puedan verse truncadas. Pero la vida, que es tozuda, le da la vuelta a su mundo como si fuera un calcetín. Todo lo que era prescindible se le vuelve fundamental al quedar embarazada a pesar de tener una ligadura de trompas realizada a los 17 años. Karen (Annette Bening, es la personificación del encanto y la belleza de las arrugas que la vida dibuja en el rostro de una mujer madura), una mujer que vive, día a día, la ausencia de una hija que dio en adopción cuando tenía 14 años, siguiendo los consejos de su madre. Día tras día escribe notas con todo aquello que quisiera contar a esa hija que no sabe ni quien es, ni donde está y ni tan siquiera si vive. Sofía (Elpidia Carrillo), la madre que no ha podido perdonarse el haber destrozado la vida de su hija y arrastrará hasta el final de la suya el peso de una decisión que tal vez no le correspondía. Lucy (Kerry Washington), una mujer decidida a tener un hijo, de esos que nacen del corazón porque el vientre está seco. Una decisión tomada en compañía y asumida en la soledad del que pierde a su compañero por el camino por aquello de que la sangre es la sangre. El sufrimiento de la incomprensión y del desengaño.
Una película de ausencias, que se entrecruzan y que, como en la vida misma, te deja sin respiración cuando uno comprende el alcance de lo que le falta.
Una historia para perderse en ella, para pensarla, para pensarnos y para no olvidar que las cosas debemos hacerlas, decirlas, cuando las sentimos porque quizá mañana sea tarde, demasiado tarde.
© Del Texto: Anita Noire

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