Muertos de risa: La envidia mata

Recientemente, Alex de la Iglesia ganó el León de Plata a la Mejor Dirección y el Mejor Guión en el Festival de Venecia por su película más personal (o eso dicen los críticos que la pudieron ver) hasta la fecha: Balada triste de trompeta. Bien, no voy a hablar más de ella, pues aún no se ha estrenado (de aquí a Diciembre queda mucho), pero sí voy a hablar de la que, en mi opinión, es la película más oscura e íntima de su carrera: Muertos de Risa.
Nino y Bruno trabajan en un bar de mala muerte, Bruno (un Gran Wyoming espléndido) es el dueño y Nino (Santiago Segura en su línea) es un cantante que más que cantar, suelta gallos y le apasiona Nino Bravo. Por desdichas del destino, su bar acaba entre llamas, y definitivamente arruinados. Estamos en plena época de los 70, donde la televisión empezó a jugar un papel importante en todos los hogares españoles como un medio para reunir a la familia alrededor de este aparato a través de diversos programas de entretenimiento, música, noticias y humor y se buscaba sorprender a las masas con cualquier personaje histriónico sacado de vaya usted a saber. La historia de Nino y Bruno comienza cuando se encuentran con un manager de poca monta(Alex Angulo, soberbio) que monta espectáculos. Dicho manager ve en ellos potencial para el humor así que decide conseguirles una actuación en un local que deja bastante que desear, pero abarrotado hasta los topes. Bruno, seguro de sí mismo, lleva la batuta cantante y parlanchina. Nino, inseguro por sus complejos, no consigue acordarse de ningún chiste. Asi que el primero, en medio de la actuación, y sin perder los papeles, le propinará una bofetada por el noqueamiento de Nino en el escenario. Un golpe de efecto es lo que decide el futuro de nuestros dos payasos. Un golpe de suerte. Ambos conseguirán la cima del éxito (con ironía de bofetada incluida), y llegarán hasta los límites más oscuros e insospechados para satisfacer sus propios egos.
Es una película en la que el humor negro está presente en cada momento, en cada fotograma o línea de guión, sus personajes acaban envueltos en una espiral de envidias y locura entre ellos mismos, incluso se ponen a luchar por el orden de sus nombres en los espectáculos, por el dinero, por las mujeres y un largo etcétera llegando a las manos, pasando por el ataque psicológico y culminando con un fuego cruzado apoteósico. Es un retrato de la España actual, de ayer y de siempre, de lo que hay entre bambalinas, de lo que hay detrás de esa cara sonriente y apacible de cada uno de nosotros, porque lo que en realidad somos es una jauría de envidiosos y acomplejados, unas marujas, un país de pandereta, no hay más que ver la tele o nuestro día a día y es que como dice Bruno en un momento dado…’’Me acabo de dar cuenta que he dedicado toda mi vida a putearte’’, hay gente así, en cada esquina, al lado nuestro, incluso los que no pensamos que son tal; y Alex de la Iglesia lo deja patente en cada obra suya, es su marca, siempre hablará de la envidia en sus películas, del miedo a aceptarse uno mismo, de hecho, su siguiente creación fue La Comunidad (con Carmen Maura, muy grande), otra de esas grandes películas del cine español que hay que ver.
Pasando al plano técnico, destaca una buena dirección de actores, un guión simplemente brillante en el que cada línea es un guiño al espectador, una fotografía bastante destacable, un diseño artístico notable (pues pasan casi tres décadas), y una banda sonora compuesta por Roque Baños que le va como anillo al dedo.
En definitiva, es una de esas películas que no han hecho mucho ruido, quizás porque no fue bien vendida en los medios, o porque, para ser sinceros, a más de uno se le atraganta porque se verá reflejado en algún momento del metraje; pero de toda la filmografía de este director, fue y sigue siendo su obra más completa y personal. Y yo le envidio.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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