ago 18 2010

The Expendables: Viejas glorias desaprovechadas

Barney Ross es el líder de un grupo de hombres estrechamente unidos que viven al margen de la sociedad. Cuando el misterioso Sr. Church les ofrece un encargo que nadie más aceptaría, Barney y su equipo se embarcan en lo que parece ser una misión rutinaria: derrocar al general Gaza, el dictador asesino de la pequeña isla de Vilena, y poner fin a años de muerte y destrucción inflingidas a su gente. Pero las cosas no son lo que parecen y se verán atrapados en una peligrosa red de engaños y traiciones.
Qué decir, hoy estaba perezoso para sinopsis y no he hecho más que copiar de una web de cine y pegarla tal cual en esta crítica. Aunque se podría resumir aún más… Hay que derrocar a un general y para ello llaman a una panda de viejales llenos de testosterona que resulta que son mercenarios. Ostias, explosiones y más ostias. Creo que esta última sinopsis se aproxima mejor a la idea que le vendió y coló Stallone (director, guionista y actor de este film) a la productora porque, sinceramente, esta película no hay por donde cogerla. Yo soy fan devoto del cine de acción ochentero, y sobretodo de Stallone, que aunque presume de musculitos y mirada perdida, siempre ha sido un buenazo, y esperaba que su nueva película me hiciera saltar de la silla con una risa maligna ante tanta sangre y ostias como en John Rambo(cuarta parte de dicha franquicia) que junto a Rocky Balboa fue el resurgir de sus cenizas. Esperaba ver a Dolph Lungdren, Stallone, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis, Mickey Rourke junto con nueva carne como Jet Li o Jason Statham repartiendo a diestro y siniestro. ¿Y qué veo?
Directamente no veo nada. Una película pésimamente rodada, unos cameos aquí y allá, unos diálogos que dan más pena que gloria (si es que los hay… porque no recuerdo ninguno), un movimiento de cámara digno de alguien con un parkinson exacerbado, planos de menos de un segundo al estilo Michael Bay, un guión que dan ganas de llorar, una música inexistente y podría seguir… una absoluta decepción, para fans ochenteros, del cine de acción y de Stallone. ¿Dónde está esa ‘’macarrada’’ que nos prometía el director/actor? ¿Y la violencia? ¿Y la sangre? Y ya que estamos…¿El argumento (aunque sea mínimo)?
Analizando cada personaje/actor… Dolph Lungdren es el que más pena me da, porque de entre esa maraña de anabolizantes, es el único que tiene cara de auténtico psicópata y su papel se reduce a una mera mueca, dos escenas y un gag final absurdísimo. Mickey Rourke es el más natural de todos, es el ‘’guay’’  atormentado del grupo, un tatuador de poca monta que sabe lanzar cuchillos y tiene alguna conversación en la que tiene que dar pena, desaprovechado. Statham es prácticamente el co-protagonista de la cinta, su conflicto es simple, su mujer le pone los cuernos con otro, este otro la maltrata, ella acude a Statham, el otro recibe paliza. Simple, ‘’porque yo lo valgo’’ como dice en un momento dado. Jet Li no sé qué pinta en todo este entramado de musculitos, solo quiere más dinero. Bruce Willis pasaba por allí como agente de la CIA… Arnold entra y sale andando como Terminator, y junto a Stallone tienen una escena cuanto menos surrealista. En fin…voy a dejar de destripar la película, aunque lo mejor ya se ha visto en los trailers, para qué mentir.
Es una película hecha por amor al arte, es como si yo cojo mi cámara, me hago un argumento simplón, y me grabo con mis coleguis de profesión. Pues eso es The Expendables. Ni más ni menos.
Un consejo, vayan a verla con un litro de cerveza en vena, se lo pasarán pipa, reirán, y hasta saltarán como yo. Luego vuelvan a sus casas, y si piensan en escribir una crítica pasadas unas cuantas horas, comprobarán que solo pueden salir improperios por su boca debido al estado de sobriedad que ya se deja sentir. Es tan mala que te hace llorar de la risa.
Y Stallone dice que ya está ‘’escribiendo’’ la segunda parte…
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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ago 16 2010

Los amantes del círculo polar: Ser más en otros

Creo en las circunferencias, en las esferas, y estoy convencida que la vida es circular, casi un capicúa perfecto. Muchas cosas, muchas situaciones se cierran igual que empiezan. Tuve conciencia de ello siendo muy niña. A lo largo de los años, los círculos son una constante. Al parecer no soy la única que lo cree.
Julio Medem en su película Los amantes del círculo polar también nos muestra un mundo redondo, una historia de amor circular, la historia de Otto (Fele Martínez) y Ana (Najwa Nimri), dos palíndromos geniales. El amor, grande, secreto, inevitable, que se prolonga en el tiempo y hasta el final.
Vi la película de Medem cuando creía en las historias de amor circulares, eternas, por eso, supongo, me quedé colgada de ella, me transformé en Ana.
Julio Medem dividió esta dramática historia de amor, en tres partes, como si estuviéramos ante los tres actos de una ópera clásica. La primera de ellas nos cuenta el paso de Ana y Otto por su infancia, el momento en el que se conocen en la escuela de una manera totalmente casual. Los aviones de papel que Otto lanza por la ventana del baño del colegio, provocará la posterior unión de sus padres. En una segunda parte, Medem nos muestra el despertar sexual del amor que viven Ana y Otto, que en plena adolescencia, conviviendo como hermanos, que no son, se aman haciendo creer al mundo que no se importan. Durante la tercera y última parte de la película, Otto y Ana viven su relación de una manera estable, pero siguen ocultándosela a sus padres. Un acontecimiento dramático en la vida de Otto hará que se marche, separándose de Ana. El tiempo irá pasando mientras Ana se hará maestra y trabajará en la misma escuela en que los dos estudiaron, Otto se hará piloto. Cada uno por su lado, mantendrán relaciones sentimentales ruinosas, sin olvidarse nunca uno del otro. Otto convertirá en amantes a diversas mujeres con las que jamás concretará nada. Por su parte, Ana mantendrá una relación con un hombre que le dobla la edad sin llegar a sentirse feliz.
Pero la vida es circular, y uno y otro, de manera inconsciente, continuarán buscándose. Ana decidirá marchar al círculo polar ártico, allí donde las noches no existen, para buscarse a sí misma. Otto trabaja para el servicio aéreo postal en aquella zona. Ambos sueñan con un reencuentro. Ana vive en el bosque. Un cúmulo de casualidades desastrosas mientras, uno y otro, siguen buscándose, llevarán al dramático final del amor entre Ana y Otto.

Una película llena de matices, tristes, dramáticos, como acostumbran a ser esos amores recurrentes, interminables. Amores que se tornan demoledores. Nadie sale indemne de relaciones amorosas como la que viven Ana y Otto. Todos dependemos de algo que no controlamos, yo no sé lo que es, pero sé que, eso que no sé lo que es, existe y de él dependemos.
Supongo que no puedo abstraerme de las historias de amor romántico, ese que tanto daño ha hecho a las relaciones personales de los que somos de carne y hueso y no simples personajes de película. Pero, lo confieso una vez más, no puedo resistirme a ellas. Lloré con Ana, me alegré con Ana y desee que Otto me abrazara mientras esperaba frente a un inmenso lago.
¿Absurdo? Posiblemente, pero esa es la magia del cine. Es capaz de colocarnos tan cerca de sus personajes que, por segundos, mientras estamos sentados en una butaca, podemos sentir lo que ellos sienten, vivir lo que ellos viven y que, al encenderse las luces, seamos un poco más nosotros mismos a fuerza de haber sido otros durante no más de dos horas.
En esta película Medem nos ofrece tantos puntos de vista como personajes crea, es por eso por lo que podemos alinearnos con el que más nos guste, apetezca o afinidades encontremos. Yo lo hice con Ana.
Como pueden ver me gustó, soy una fan incondicional de Los amantes del círculo Polar, me pareció y me sigue pareciendo, una película fascinante, llena de silencios tan llenos de contenido que hacen que, cada vez que la vuelvo a ver, me estremezca.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 15 2010

La Masacre de Toolbox: Este paquete sí, este paquete no

Las películas que son un paquete pueden gustar. Sí, todos tenemos puntos débiles en esto del cine. Unos lo aceptamos como si nada. Otros lo ocultan como si fuera la gran vergüenza. Otras películas (y me refiero a los paquetes) no las podemos soportar. De principio a fin nos parecen lo peor del mundo.

Estos días estoy viendo películas prestadas por una buena amiga que dejó que agarrase lo que quisiera de su estantería. Casi sin mirar. Las dos primeras que he visto han sido Deep Impact y La Masacre de Toolbox. Son dos paquetes de categoría.

Sin embargo, la que dirigió Mimi Leder (Deep Impact) me la he tragado sin pestañear. Me gustan esas películas que narran desastres terribles, que están llenas de héroes y buenos actores (supongo que ellos tampoco saben decir que no ante semejante cosa). Robert Duvall, Téa leoni, Elijah Wood, Vanessa Redgrave, Maximilian Schell y Morgan Freeman, forman el reparto principal de la película. Un pedrusco enorme es el verdadero protagonista. Impactará con la Tierra y la humanidad estará en peligro. Ya saben que esto lo arreglan los rusos y los norteamericanos. Más estos que los otros. Preparan un enorme cohete para llevar a cabo una misión salvadora que, por supuesto, fracasará aunque no del todo. Y, finalmente, aunque se produce un desastre menor (más que nada para poder mostrar unos efectos especiales que en su momento eran muy impresionantes) los héroes lo son más que nunca, el ser humano imposible de liquidar y todo el mundo contento y lleno de bondad. Lágrimas fáciles (la que busca el guionista), mucha esperanza y un amor por la raza humana tan grande como el pedrusco que estuvo a punto de destrozar el planeta. Pero es de esas películas que, a pesar de todo, se dejan ver si el objetivo es estar distraido un rato frente a la pantalla.

Otra cosa bien distinta es ver algo tan bochornoso como La Masacre de Toolbox. Un tío que nació mientras su madre ya estaba tumbada en el ataud (nació de la muerte, dice uno de los personajes) vive en un edificio oculto en otro. Allí (eso se sabe al final) reposan los restos de todos aquellos que fueron a Los Ángeles buscando fama. El tío es feo como pegar a un padre, bruto, criminal y astuto. El caso es que la película va de cómo este elemento se carga a todo el que aparece en pantalla. Eso sí, todos pueden ser el asesino. Sólo cuando la palman sabemos que no, que eran buenos chicos. Los crímenes son de lo más brutal. Desde martillazos hasta taladros en la nuca. No faltan clavadoras neumáticas, machetazos, cabezas y cuerpos mutilados. En fin, un asco.

La película la dirigió Tobe Hooper. Y los actores no sé ni como se llaman, ni me voy a ocupar de saberlo. Repugnante, aburrida, repetición de otras que ya nos mostraron mil veces antes. De verdad. Mejor no pierdan el tiempo con algo así.

En vacaciones vale casi todo. Si te apetece Tarkovsky (quizás mañana me anime y les cuente cómo veo Sacrificio de este autor y, de paso, hablo de las mujeres en el cine del ruso), bien. Si prefieres una de héroes, bien. Pero hay cosas imposibles.

© Del Texto: Nirek Sabal
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ago 14 2010

El perro mongol: Nada está muerto

Cuando se me ocurrió decir que El perro mongol me había parecido una película maravillosa; que me había gustado tanto que, con toda seguridad, no tardaría en viajar a las estepas de Mongolia; las personas que estaban conmigo me miraron como si frente a ellas tuvieran a un marciano. En aquella tertulia, la mayoría consideraba que era un bodrio sin igual y yo, por el contrario, pensé que era de lo mejorcito que había en el mercado en aquel momento. Causé tal revuelo al defender las bondades de la película que incluso me amenazaron con llenarme el suelo de casa con boñigas de vaca, cortarme el agua corriente y la luz, para que me ambientara y luego les contara las gracia que tenía vivir así. Creo que ellos no entendieron nada.
Sigo pensado que El perro mongol es una buena película, casi un documental, que nos cuenta la vida de una familia, los Batchuluun, en la estepa de Mongolia. La historia gira alrededor de Nansal, una niña que vive con sus padres y hermanos. Un día, mientras recoge leña para llevar a la tienda en la que vive con su familia, encuentra un cachorrito de perro y quiere llevarlo a casa. Sin embargo, el padre cree que el animal es la reencarnación de un lobo y que la presencia en la casa sólo puede traerles desgracias por lo que obligará a Nansal a que se deshaga del perro.
¿Les parece un argumento absurdo? ¿Simple? Pues puede serlo y casi les diría que lo es, pero le sirvió a Byambasurem Dvaa (su directora), para filmar una bellísima historia que nos muestra la vida de los nómadas mongoles en el  siglo XXI.

La belleza de los paisajes, una ambientación rica en colorido y detalle, hacen de esta película un verdadero banquete para la vista. A lo largo de la película verán como la sencillez lo llena todo, donde los actores no lo son sino personas corrientes que se limitan a vivir con una cámara que les filma en sus cosas cotidianas, en su vida de nómadas. Verán como las bostas (excrementos) de los yaks y otros animales forman parte de los elementos habituales con los que se desarrolla la vida de la familia, igual servirán para que Nansal y sus hermanos jueguen, como para que sean utilizadas para mantener las hogueras con las que la familia cocina, se calienta, etc. La espiritualidad marca la vida de estas personas, una vida religiosa que lo impregna todo y que los niños aprenden a respetar. La hermana de Nansal pronunciará la famosa frase No se juega con Dios cuando descubre a su hermano pequeño jugando con una figura de Buda. Una frase que podría quedar en eso, en un simple dicho, pero que trasciende al ver la vida de los que rodean a quien la pronuncia. Y es que desde luego, con Dios no se juega. Veremos como la madre explica a sus hijos qué es lo que ocurre con la reencarnación porque Todos morimos pero nadie está muerto; como se exorcizará la mala suerte y pedirá la protección de Buda mediante el lanzamiento de cucharones de leche al aire mientras se despide al padre de la familia.
Y verán qué lejos está ese mundo del nuestro y lo sencilla que puede ser la vida aún en las situaciones más incómodas. Porque lo que de verdad importa es lo que uno siente y cómo lo siente, que lo material por lo general nos aleja de lo esencial. No les quepa ninguna duda que la que escribe irá a Mongolia y recorrerá sus estepas y mirará a todos y cada uno de los perros con los que se cruce pues, con toda seguridad, en otra vida, fueron alguien con una historia que sus ojos nos contarán.
Si me lo permiten, les diré que deberían verla dos veces, una para disfrutarla (porque la fotografía bien lo vale) y otra para perderse en los detalles. Mírenla detenidamente, obsérvenlo todo, absórbanla y vista desde ahí estoy segura que no les decepcionará.
© Del Texto: Anita Noire


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ago 13 2010

El cazador: Promesas por cumplir

En 1.978, yo tenía catorce años. Parecía algo mayor y pude entrar en el cine con uno de mis hermanos. En aquella época pedían el carnet de identidad para comprobar si habías cumplido los dieciocho años, pero hubo suerte. El hombre de la entrada miró con la ceja levantada al cortar nuestras entradas. Sólo eso.

Ese día descubrí a Robert De Niro, a Christopher Walken, a una jovencísima y bella  Meryl Streep, a John Savage con el que repetiría en Hair poco después. Descubrí el cine de un tal Michael Cimino y la música de un tal Stanley Myers. Descubrí la guerra de Vietnam, lo que supone entrar en combate, las consecuencias de hacerlo, cómo el mundo cambia para todos (los que van al frente y los que no). Pero no terminé de entender bien la película. Aquellas situaciones tan extraordinarias me cegaron lo suficiente como para que no me enterara bien de lo que me contaban. Las escenas en la selva mientras los tres amigos están detenidos y obligados a jugar a la ruleta rusa son demoledoras, la caída desde el helicóptero de Michael y Steven (esas piernas destrozadas de Steven) es espeluznante, la última parte de la película en una ciudad destrozada de la que todo el mundo quiere huir y a la que llega Michael para rescatar a su amigo es angustiosa y una de las más emotivas y tristes de la historia del cine. El horror. El verdadero horror. Salí del cine pensando que había visto una película bélica con una introducción muy larga, que lo importante eran los helicópteros, los vietnamitas acribillados a balazos, la amistad entre jóvenes, una historia de amor. Y no. Pero con catorce años creo que es normal ver así las cosas.

El Cazador narra una historia muy sencilla. Sólo puede cumplir una promesa el que conserva sus principios intactos, el que no renuncia a sí mismo ni por amor, ni por dinero, ni por su propia vida. El Cazador es la historia de una promesa por cumplir. Cuando Michael (ya de regreso a casa) comprueba que lo que dejó atrás al marchar a la guerra seguirá siendo absurdo si no viaja para hacer que vuelva su amigo, que sólo siendo ese cazador que siente ser puede librar de la muerte a Nick, cuando siente eso, no se lo piensa dos veces. Regresa a Vietnam para cumplir la promesa que le hizo a su amigo. Pero Nick, drogadicto y completamente tarado, se levanta la tapa de los sesos recordando a su amigo que morir bien es morir de un solo disparo en la cabeza. Y el mundo se queda sin esperanza. Michael pierde a su amigo, a la que podría haber sido su esposa, a sus amigos. Nada queda intacto. Ni siquiera él pensando en si está bien lo que hizo o no.

Ya sé que debería hablar de cine, pero de esta película ya han hablado (con más o menos suerte) cientos de personas. Se pueden encontrar en la red miles de páginas sobre ella. Así que prefiero hablar de mí. Ustedes me lo van a saber perdonar.

Cada vez que me acerco a la estantería y elijo esta película para ver, siento un escalofrío. Sé que voy a sufrir, que voy a ver en la pantalla muchas cosas que ya me han pasado a mí (sin guerra de por medio), que las escenas se me van a quedar dando vueltas por la cabeza los días siguientes. Novias que no pudieron ser, amigos que no pudieron ser, actos de valor que no podrán ser nunca, mil promesas sin cumplir por esto o por aquello (siempre excusas idiotas), la muerte y lo que arrastra con ella, la vida y lo que embalsa de bueno o de malo. El Cazador somos muchos, pero no podríamos hacer esa película porque nos quedaríamos a medio camino (hasta que llega lo malo, lo difícil). Llegado el momento, nos convertiríamos en lo que realmente hemos querido ser. En todo menos en protagonistas de bellas historias envueltas en terror.

Siempre me ha gustado verme reflejado en los héroes de las películas (como a todo hijo de vecino). Casi siempre lo he conseguido aunque fuera inventando una vida lejana. En este caso no he sido capaz nunca salvo cuando tuve catorce años. Cuando creía ver otra cosa que no estaba. Por eso debe ser que esta película es una de mis tres preferidas.

Si quieren saber algo sobre la película busquen en libros o en la red. Esta vez, aquí sólo me encontrarán a mí. Una pérdida de tiempo total.

© Del texto: Nirek Sabal
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ago 12 2010

Ego

Hoy hablaré sobre un capítulo, en especial, de esa gran serie de finales de los 80 y principios de los 90 llamada Historias de la Cripta. El capítulo en cuestión es Tenías razón, primer episodio de su segunda temporada en la que una joven Demi Moore hacía el papel de femme fatale gélida como el hielo venida a menos con aires de grandeza y, sobretodo, ambición por el dinero y los caprichos materiales.
Todo empieza con la visita a una vidente bastante excéntrica y aparentemente una persona normal que le pone en el sobreaviso de que en su trabajo la van a despedir, pero que muy rápidamente conseguiría otro (de camarera, valga la redundancia) y que pronto encontraría el amor de su vida, y que éste, sería un hombre rico. Todo sale como predice la adivina, para estupor de una pobre Demi que ve como su vida se va tornando en un pozo oscuro y sin fondo del que no saldrá viva. De oficinista a camarera depresiva en un garito de mala muerte donde se vende mucha carne, y ahí entra nuestro hombre. No entra un rico y guapo millonario de ojos azules, pelo rubio, de complexión fuerte y espartana, no, ni mucho menos. Es un tipo bastante grueso, de malos modales, que viste traje, y parece salido de un film cutre de gángsters, y por desgracia del destino, se enamora perdidamente de ella. Y el tío sin un duro. Ella, muy tonta, consulta a la adivina y le señala que ese es el hombre de su vida, heredará una gran fortuna.
La pobre Demi accede a la petición de casamiento de Fatman (si, así lo he bautizado). Y es en este momento cuando me siento realmente estúpido, o el mundo es estúpido, o el guionista nos ha dicho Sois estúpidos. Ciertamente, el mundo no ha cambiado mucho, ni ahora ni hace 500 años. Mujeres que van detrás de dinero, hombres que van detrás de sexo infinito…A veces hay excepciones, obviamente, y muchas veces llega a existir eso que se llama amor. No creo en el amor. Me parece una tontería hecha por dos. Otra cosa es ser romántico, eso funciona.
Así nuestra femme fatale tira por el retrete toda su vida, por una sola obsesión, trabajando en la casa y en el antro de turno mientras Fatman trabaja para ganar un sueldo que da bastante pena, esclavizada y expectante por la futura herencia de nuestro hombre. Pasan los meses sin ninguna novedad y, asqueada ya de aguantar al macho, acude a la vidente para ver qué es lo que pasa y cómo llegará el dinero. Y esta le responde que muy pronto. Acto seguido, nuestra Demi acude a la lavandería y, sorpresa, es la cliente un millón, y por lo tanto se lleva un millón de dólares. Alegre y dicharachera, llega a casa bien pija y cargada de compras para decirle a Fatman que lo abandona. Éste, roto el corazón, la mata a puñaladas con un cuchillo jamonero. Y para ironía, hereda la fortuna de Demi, pero en la silla eléctrica.
Este capítulo viene a ser el lado oscuro de Pretty Woman, película bastante infumable que marcó a una generación de mujeres que se anclaron en el cuento de Cenicienta. Y por eso lo adoro. Nos muestra algo más real, el egoísmo que llevamos dentro, las ganas de poseer cosas que no nos pertenecen, de querer más y más hasta ahogarnos. Es en este punto cuando me pregunto si muchas de las cosas que veo en la realidad tienen sentido, cuando ves que la ficción no lo es tanto y la realidad se mezcla con ello. Solo hay que coger un periódico, o ver un telediario para saber de lo que hablo.
Tan sólo me queda esperar que el capítulo de hoy os haya gustado chicos… y ya sabéis, la avaricia rompe el saco… moralina de la barata, nunca mejor dicho. Llega antes y se queda un largo tiempo.
© Del Texto: Gwynplaine Thor
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ago 11 2010

Solas: El día a día en la pantalla

Hay cosas que son buenas porque lo son, una de ellas es la película Solas. La primera vez que vi esta película el corazón me zozobró. Benito Zambrano con su ópera prima consiguió introducirme, desde el minuto uno de su filmación, en un mundo desolado, destruido, machacado en el que, pese a la cantidad de porquería que lo llenaba, existía un nexo de amor brutal y un grito desgarrado a la esperanza. Conjugar eso y llegar hasta allí es difícil. Arrastré la piel de gallina durante toda la proyección, a la que acudí por motivos profesionales y sin ninguna gana. Hoy, once años más tarde, cuando el tema de la violencia o la desestructuración familiar ha sido recreado en cientos de ocasiones, sigue poniéndome los pelos de punta. Reconozco que enmudecí. Sí, lo hice. Aún retumba en mi cabeza el “hueles a macho” de un cabrón que se muere.
El argumento del film es algo más habitual de lo que creemos.
María (Ana Fernández), vive en un barrio de la periferia de una gran ciudad, un lugar oscuro y problemático. Se gana la vida trabajando de limpiadora y ahora, próxima a cumplir los cuarenta años descubre estar embarazada de un hombre que no la quiere. Está sola. Por su parte su madre (María Galiana) ha pasado toda su vida junto a un animal, el padre de María, que la mejor caricia que le ha proporcionado ha sido una paliza. Su hija hace ya mucho tiempo que marchó de su lado y malvive cuidando a un marido enfermo que, ni tan siquiera en los últimos suspiros es capaz de dedicarle una palabra amable. Está sola. Su vecino (Carlos Álvarez), viudo, apura sus últimos años junto a Aquiles, su perro. Está solo. En un momento determinado, el destino aunará a estas tres personas, compartiendo lo que hasta ahora vivieron solas, lo que les permitirá poder seguir enfrentando sus vidas.
Soltar una soflama sobre la violencia familiar, que poco o casi nada tiene que ver con la de género (por mucho que en ocasiones se entremezclen), me sería muy sencillo. Hablarles del miedo en los ojos de quienes la sufren, de la desconfianza en cualquier cambio en sus rutinas, del sentimiento de culpabilidad del que sólo recibe palos, no me costaría nada, pero creo que estoy aquí para otra cosa y, esa cosa es decirles que si quieren un retrato real de lo que es la violencia familiar, se deben arrimar a esta película. Dejen la coraza en casa y entren a tumba abierta en la vida de cada uno de sus personajes, vivan la historia a su lado. No les dejará indiferentes, estoy segura.

Desde el punto de vista cinematográfico puedo decirles que con esta película no sólo se destacó Benito Zambrano, sino todos los actores que interpretaron los personajes de la película. Ana Fernández consigue transmitir toda la rabia del mundo y la impotencia ante la vida que le ha tocado vivir. María Galiana bordó su personaje de mujer doliente sometida a un animal porque eso es lo que toca. Hasta el momento, el trabajo de esta actriz en plena madurez no había sido reconocido más que localmente, sin embargo, a partir de esta película obtuvo la popularidad que la lanzó a participar posteriormente en un buen número de películas y series de televisión, entre ellas la famosa Cuéntame.
En esta película se conjugaron muy buenos elementos. Una estupenda dirección; una ambientación perfecta; dos personajes tan reales que, en algún momento a lo largo de la proyección dejan de ser tales y se transforman en dos mujeres de carne y hueso; y una historia que, quien más quien menos, puede conocer.
Para su realización Zambrano no contó que demasiados medios económicos, sino todo lo contrario, pero lo he dicho en muchas ocasiones, las mejores películas, las que más me tocan (hablo de mí), no suelen ser a las que se les han dedicado presupuestos brutales y artificios espectaculares, sino las que se han rodado con alma, con ganas, sin esperar mucho a cambio.
Explosión de realismo vital, una verdadera joya encapsulada en apenas 100 minutos de filmación. No dejen de verla, estoy segura que no les decepcionará.
© Del texto: Anita Noire


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ago 9 2010

Origen: Muchos flecos sueltos

Durante muchos años fui abonado en la plaza de toros de Las Ventas del espíritu Santo de Madrid. Estaba rodeado de aficionados con grandes conocimientos taurinos. De modo que aprendí mucho durante los primeros meses. Mucho. Poco a poco, entendí la liturgia de una corrida de toros, cómo y donde debía colocarse el matador frente al toro para lidiarle, la importancia de la mano izquierda o si una estocada estaba en su sitio o no. Lo aprendí todo. Y todo dejó de gustarme porque sabiendo cómo debían ser las cosas, reconociendo un animal bravo, bravucón o manso y las ocasiones perdidas, absolutamente todo era un error. No podía gustarme algo imperfecto. Nada tenía sentido si no se llegaba a ese punto en el que las cosas son exactas. Un buen día un hombre mayor se me acercó, me ofreció un cigarro y comenzó a charlar. Me preguntó por mis cosas, por mis novelas, por mi forma de ver los toros. Bueno, dijo, ya has aprendido todo lo necesario. Sólo falta que te sientes dispuesto a disfrutar de lo que ves, de olor, del sol en la cara. Después de aquella conversación fue cuando comencé a disfrutar del espectáculo. Los peros los discutía tomando una cerveza después de ir a la plaza. Todo tomó un nuevo rumbo.

Dejé de asistir a la plaza hace mucho tiempo. Ya no me interesa nada de todo aquello. Pero eso es harina de otro costal.

Ayer me senté en la butaca del cine preparado para ver un gran espectáculo. Y, al salir, supe que había asistido a eso, a un gran espectáculo, colosal. Esperaba Origen, la película de Christopher Nolan, con ansia y me dejé llevar. Una idea estupenda. Una trama trepidante que no deja respirar al espectador desde el principio hasta el final. Un grupo de actores, de buenos actores (Michael Caine, Cillian Murphy, Ellen Page, Ken Watanabe, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt, Tom Berenger), moviéndose entre decorados digitales grandiosos. Me dejé llevar y disfruté de la película sin parar a pensar sobre los defectos. Ni me fijé en ellos. Me tragué hasta la última escena sin pestañear, hasta la última nota musical de la partitura de Hans Zimmer. Es ahora cuando toca dar vueltas a lo que vi.

Debe ser que las ideas de Nolan son tan extraordinarias que no le permiten contar las cosas como intuyo que él quisiera. Demasiados flecos sueltos. Y, para resolver esa carencia, hace que la trama se deslice hacia la duda y hacia una realización fallida.

Una posible lectura de la película sería la de entender que todo lo visto forma parte de un sueño. La película sería algo así como muchos sueños incluidos en otro que no nos enseñan. Para eso, entre otras cosas, utiliza Nolan el personaje de Mal (Marion Cotillard, esposa del personaje principal, Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio). Una pena ese desperdicio al tratarse de una buena actriz que se queda apenas sin papel. El tótem girando en la última escena que no terminamos de ver, esa realidad en la que Cobb se mueve perseguido por medio mundo y una frontera sin delimitar entre lo real y lo onírico, podría llevarnos a esa lectura a la que me refiero. Y eso convierte la película en una propuesta casi insultante. Por otra parte, los diálogos son excesivamente explicativos. No llevan a ninguna parte distinta a la siguiente escena que, sin esa explicación, haría derrumbarse todo. Pero lo peor de todo es que, sin diálogos, nos quedamos sin personajes. Ni conocemos sus motivaciones, ni su pasado, ni podemos intuir su futuro. Son personajes que están para iluminar la grandiosidad de los efectos especiales. Cobb es el único que parece tener un porqué aunque no es suficiente lo que nos enseñan. Al tratarse de una película que se adentra en el subconsciente del individuo, el asunto es grave.
Nolan juega a los sueños sin tener claro lo que es el pensamiento y el inconsciente. O lo que es peor, da por hecho que el espectador no lo sabe o le importa un bledo. Otro pequeño insulto. Los personajes piensan o sueñan y el registro es idéntico. Quizás lo peor de la película. Y Nolan juega a los sueños de mentira. ¿Hay algo más intenso que un sueño, es posible que las emociones se puedan expresar con más rotundidad aunque queden difuminadas por el estado inconsciente? Pues jugar a los sueños, pero de mentira, hace que la emoción naufrague a costa del uso del ordenador y su grandeza visual.

Pero también hay cosas muy buenas. El uso de la cámara lenta para que los tiempos narrativos de cada sueño vayan cuadrando es más que notable. Nolan ha conseguido que DiCaprio parezca un actor con personalidad propia (sobre todo un actor que no parece una caricatura de uno de sus ídolos). La partitura de Zimmer es muy efectiva. Los efectos especiales son, verdaderamente, alucinantes. Y es muy difícil que alguien se aburra aún cuando la propuesta se derrumba sin remedio.

Ha mejorado este director con respecto al trabajo de los actores aunque como realizador no termina de cuajar. Ideas excesivas, inmensas, no son fáciles de hacer realidad.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿No se está produciendo un uso alocado de la técnica al hacer películas de cine? ¿No podría parecer que estamos en condiciones de contar lo que sea gracias a esa técnica cuando es incierto y las limitaciones son enormes aunque los ordenadores sean un disparate?

En fin. Vayan al cine y disfruten de la película. De verdad que merece la pena. Y dejen todo esto para después.

© Del Texto: Nirek Sabal




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ago 9 2010

Arcadia: La siesta del borrego

Acabo de pegarme un sueño de campeonato, lo que en esta casa se llama pegarse la siesta del borrego. Debo decir que la culpa de tal desatino la tiene Costa-Gavras.
Ayer, compre un periódico de esos que te regalan una película y la que tocaba era Arcadia.
Debo decir que no la conocía y que cuando leía la sinopsis que aparece en el estuche del DVD pensé que me encontraría frente a una película de cine negro. Pero negra se me ha quedado la vista, oscura noche se me ha hecho el atardecer de este último día del mes de julio a los diez minutos de empezar la película. No sé si la culpa de la somnolencia es de Gavras o del desfuelle del que acaba de iniciar sus vacaciones, pero debo decir que me ha hecho conciliar un sueñecito reparador y que, como quería comentarla para este blog, pues como que la he tenido que volver a poner en el inicio y sostenerme los parpados que, por segunda vez consecutiva, amenazaban con hacer una caidita. Gracias a mi fuerza interior he conseguido llegar hasta el final.
El argumento: Bruno Davert (José García) es un alto ejecutivo de una fábrica de papel que lleva quince años dedicado a satisfacer las necesidades de los patronos y accionistas de la compañía. Debido a un proceso de reestructuración económica de la empresa, de la noche a la mañana, es despedido junto con cientos de sus compañeros. En principio la medida no le preocupa; es joven (tiene cerca de cuarenta años), cuenta con una preparación excelente y cree que no tardará demasiado en encontrar otro puesto de un nivel similar. Tres años después, aún sin trabajo, sólo tiene en mente sobrevivir y preservar su propio bienestar material, y salvaguardar el futuro de su esposa e hijos. Con la ayuda de un arma decidirá pasar a la acción y comenzar a aniquilar a su competencia de una forma ordenada y lógica. Al mismo tiempo prepara el asalto a la Corporación Arcadia, el último obstáculo entre él y el puesto laboral que ansía.
Entre bostezo y bostezo, reconozco que la película se me ha hecho un tanto pesada, pero quizá es cosa mía y esté realmente mejor que lo que a mí me parece. El tema es que esperaba una película de cine negro y he terminado frente a algo que no sé demasiado bien qué es. ¿Un drama? ¿Humor negro? ¿Cine negro? No lo sé, de verdad que no lo sé. Prefiero pensar que no le he cogido el punto y emplazarme para verla dentro de algún tiempo a ver si atino mejor.

Pese a ello, creo que puedo decir que Arcadia es la historia de una obsesión, la de un tipo que, en realidad, lo está consigo mismo, con lo bueno y genial que es, y que alucina con que la vida se le haya puesto de culo. Un tipo acostumbrado a manejar y de pronto no maneja nada. Y como las obsesiones son terribles pues da rienda suelta a ideas locas por intentar llegar donde quiere. Podría liarme a hablar de obsesiones, que de esas últimamente conozco muchas, y sufro las consecuencias de algunas, pero creo que mejor lo dejo para otro día no vaya a ser que me desvie del objetivo de este blog.
No se que más decir. Quizá, que volveré a verla de nuevo dentro de algún tiempo, porque posiblemente, por el amodorramiento que gasto, no me he enterado de la misa la mitad.
En conclusión: Que malo es ver cine cuando se tiene sueño. Y un último ruego, perdonen este bodrio que hoy les dejo, prometo ser más aplicada la próxima vez.
© Del Texto: Anita Noire

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ago 8 2010

Inception: Recuerdos encerrados

Por fin tenemos en nuestras salas una de las películas más prometedoras del año, Inception (Origen), prometedora por la expectación que ha creado debido a su director Christopher Nolan, autor de obras como Memento, Insomnia, el renacimiento de Batman o en mi opinión, su obra cumbre, El caballero oscuro; y prometedora porque en ella se han volcado una ingente cantidad de medios técnicos sofisticados a la orden de una historia más que interesante.

Dominic Cobb (Leonardo Di Caprio) es un ladrón de secretos. Para ello utiliza una máquina llamada Origen, la cual transporta a los sujetos que la utilizan al mismo subconsciente de la persona. Cobb actúa para grandes corporaciones en la lucha por el poder, y es un fugitivo en muchos países. Su objetivo es ganarse el derecho a volver a casa, de la que fue exiliado por un grave incidente que le dejó con un fuerte sentimiento de culpabilidad y que marca todos sus trabajos: su mujer fallecida y el abandono de sus hijos. Para ello le ofrecerán un último trabajo, el más difícil de todos, en vez de robar una idea de una mente, introducirla, y en su periplo se rodeará de un equipo de personas a cada cual más variopinto. Cobb y sus chicos crearán un plan para introducir una idea en el hijo de un magnate fallecido, el cual está siguiendo los pasos ambiciosos y arrogantes de su padre, para que cambie su percepción de la realidad y sus sentimientos.

Al contrario de otras películas como Matrix o Nivel 13, donde los personajes iban subiendo poco a poco a la auténtica realidad con la base del mito de la caverna de Platón, aquí nos encontramos con un auténtico descenso al ‘’Infierno de Dante’’ (La Divina Comedia, léanlo si tienen lo que hay que tener), pues los sueños se dividen en capas o niveles y el objetivo será crear un sueño dentro de un sueño de otro sueño, y cuanto más profundidad hay, si se muere, queda el sujeto en un estado de coma o durmiendo literalmente durante décadas hasta encontrar la salida, a dicho nivel se le llama Limbo (‘’Purgatorio’’ para la obra literaria de la que hablo). El ‘’Paraíso’’ vendría a ser la catarsis y redención de Cobb. Porque de eso trata toda la película, es la redención de un personaje atormentado por sus recuerdos, es un film sobre lo que no podemos dejar escapar de nuestra mente, de esa persona que quisimos una vez y se fue pero se quedó atrapada en nuestro pensamiento, y de esta manera se distorsiona en nuestro subconsciente viciándonos, y en este caso, aportándonos simplemente un sentimiento de culpabilidad. Decir que Marion Cotillard está espléndida como ‘’Mal’’, la mujer de Cobb, o Ellen Paige como ‘’Ariadne’’, la persona que hará que Cobb esté lo más posible con la cabeza en la tierra y no sucumba ante sus propios recuerdos. También cabe destacar Gordon Levitt como ‘’Arthur’’, mano derecha de Cobb y una de las revelaciones de la cinta que nos ocupa. Y como ya viene siendo habitual en las últimas producciones, Christopher Nolan se rodea de un actor de lujo como es Michael Caine, y que aunque aquí es un simple secundario, su carisma y su sonrisa llenan la pantalla en los pocos minutos que sale.

Ritmo y acción trepidante que no decae ni un minuto de los 150 que dura el film, con grandes escenas que a más de dos y de tres se le quedará grabada en la retina por la espectacularidad visual y sonora que compone el conjunto, mención especial a la música de Hans Zimmer, que auto-plagiándose ya por inercia, logra que nos metamos en la película de lleno, haciendo una banda sonora bastante notable. También destacar la fotografía y el vestuario, bastante sobrio, con esos tonos grises y fríos, propios de un auténtico descenso a la oscuridad de la mente. La idea en sí de la película es bastante compleja, aunque su guión dialogado no es para echar cohetes, uno de los miedos que tenía un servidor era que fuese una paja mental véase el arquitecto de Matrix Reloaded, y películas del estilo donde no hay quien entienda lo que dicen los personajes. Pero no es así, y aprueba con nota.

En definitiva, estamos ante un film sobresaliente en todos sus apartados, que cumple con su cometido que no es más que entretener y que viene a dar una bocanada de aire a una cartelera que de solo mirarla da grima; con una propuesta inteligente, una película que utiliza el pretexto del subconsciente para hablarnos de los recuerdos reprimidos de cualquiera de nosotros, del pasado que no dejamos escapar, de la herencia de una propia personalidad, de la redención que a veces uno necesita para poder ver con claridad… Nolan construye una de sus películas más redondas. Y no hay más.

5, 2, 8, 4, 9, 1…

© Del Texto: Gwynplaine Thor


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