La caza del Octubre Rojo: Pisos y adosados

Con el cine me pasa lo mismo que con la literatura. Después de ir buscando entre lo nuevo cosas que me puedan interesar y fracasar con estrépito, la fatiga hace que regrese a los clásicos para no perder el poco criterio que me queda. Eso o mirar las películas que, por alguna extraña razón, me hacen pasar un rato divertido y, ya puestos, logran que piense sobre un asunto determinado.
Me ocurre con La Caza del Octubre Rojo de John McTiernan. No es una obra maestra. Ni mucho menos, pero es ejemplar en algunos aspectos.
La trama (traída de un best seller que firmó Tom Clancy, tan brillante elaborando historias como mal escritor) es, francamente, entretenida. Carente de lágrimas, enamoramientos edulcorados o trampas narrativas imperdonables, nos cuenta cómo un submarino soviético cargado de misiles nucleares y muy silencioso, navega rumbo a la costa este de los Estados Unidos de América sin que nadie conozca sus verdaderas intenciones. Cuando todos, rusos y americanos, saben que se trata de una deserción de los oficiales de a bordo, comienza una persecución frenética para alcanzar la nave. De eso va, poco más o menos, la película. Ya sé que esto parece un resumen elaborado por algún personaje de Salinger porque, dicho así, podría parecer un auténtico tostón. Pero no lo es. La película podría parecer sosa, aburrida, aunque lo cierto es que presenta un buen montón de cosas que le libra de esa aparente mediocridad.
En primer lugar, Sean Connery. Más que correcto en su interpretación, muy creíble. Le acompaña Alec Baldwin que da de sí lo máximo (esto quiere decir que interpreta más mal que bien). Pero se produce el milagro y todo funciona a la perfección. Se carga el peso narrativo sobre el personaje de Connery y todo parece perfecto. El resto de actores (apenas aparecen mujeres) van y vienen iluminando en la misma dirección: Sean Connery. La película es él y el personaje Marko Ramius. Incluso el submarino, majestuoso, enorme, está al servicio del lobo de mar. Además, el guionista, con suma habilidad, hace que las motivaciones de todos los personajes principales sean la misma. Los rusos una, los americanos otra. Los buenos una, los malos otra. Motivaciones compartidas. Esto parece muy fácil y un recurso muy atractivo, pero, en realidad, es un arma de doble filo y puede convertir la narración en un nido de trampas que no se trague nadie. Sólo siendo esa motivación poderosa (muy, muy poderosa) o una interpretación por parte de los actores que sea creíble, sin fisuras, se puede sacar algo en claro del uso de algo así porque las motivaciones suelen ser distintas y son las que configuran al personaje. En esta película se unen ambas cosas, interpretación y poderío. Esto ya me gusta mucho. Aunque me gusta más lo eficaz y eficiente de la narración que disfrutamos en la película de McTiernan. Puede tenderse más a la lírica o deslizar lo contado al feísmo, eso lo elige cada uno. Pero la efectividad, la rapidez al contar son imprescindibles. Narrar y dar el coñazo no son compatibles. Nunca funcionó algo así.
Los diálogos no son brillantes. Sin embargo, el uso de elipsis (otra vez con inteligencia) rebaja mucho el problema. Si a eso le sumamos la potencia visual de la película se nos olvida en parte el problema (al menos somos capaces de perdonarlo). No obstante, alguna conversación del militar ruso con sus oficiales o con el agente de la CIA que interpreta Baldwin no está nada mal. El resto se limita a jerga militar y poco más.
La caza del Octubre Rojo obtuvo el óscar a los mejores efectos de sonido el año 1990. Después de veinte años, siguen siendo magníficos. Los efectos especiales sí han quedado algo viejos aunque dan el pego. Los de sonido espléndidos, sin peros posibles.
¿Por qué regreso a esta película siempre que puedo? Por todo lo que he ido diciendo y, sobre todo, por el clima. Es esto una de las claves que olvidan a menudo los autores. Si queremos un personaje vivo hay que construirle una casa, si queremos que el espectador o el lector se integren hay que construirle el adosado. Tengo la sensación de navegar en esa nave, de sentir lo mismo que la tripulación. Tengo la sensación de hacerlo desde siempre. A McTiernan no se le escapa un solo detalle. Desde el principio hasta la última secuencia todo parece poderse tocar. Y eso es producto de encerrar a los personajes en un submarino, pero, sobre todo, de encerrar al que mira. Unos decorados muy escasos a la vez que muy cuidados, el uso de la iluminación, un lenguaje austero, el movimiento (fuera una locura intensa y dentro la calma más absoluta). Todo colabora. Y un último detalle. La acción comienza justo un año después de morir la esposa del militar protagonista. Nada tiene sentido para él y, menos aun, manejar un arma de destrucción total. Sólo regresar a la calma de la pesca. Como cuando era niño. Me gustan los personajes que se dejan ver aunque sea renunciando a lo que son.
© Del Texto: Nirek Sabal.
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