The pillow book: Fiasco

¿Quieren ver una película pedante, grandilocuente, con un argumento excelente que se derrocha de mala manera? ¿Quieren ver como la historia se supedita a lo estético? Pues tengo lo que ustedes andan buscando: The Pillow Book.
Peter Greenaway mete en una coctelera lo asiático con lo que tiene de él, con su particular manera de concebir el cine, y nos entrega un bulto sospechoso, pero aparentemente delicioso que encierra nada.
Cuando nos sentamos frente a una pantalla cada uno buscamos una cosa distinta. Puede que unos sólo quieran disfrutar la estética de lo que allí se nos muestra; de la plástica, otros; además de lo bello y delicioso de la imagen, queremos algo más, una historia y que ésta nos llegue, que como espectador nos encontremos participando en ella. Esta fusión  no se consigue, solamente, con una fotografía espectacular, mezclas explosivas de planos extraños y buenas bandas sonoras sino que es necesaria una base, una historia que contar (y, como ya he dicho en muchas ocasiones, contarlo bien), con personajes bien perfilados, que hagan que lo que se cuenta tenga sentido y hacerlo para que el espectador pueda llegar a comprender y situarse en lo que está viendo. Si una película no contiene todos esos elementos, básicamente una historia bien contada y bien mostrada, estaremos frente a otra cosa pero no frente a una buena película. Y eso es de lo que adolece The pillow book, de la conjunción de todos estos elementos. Tenemos historia, tenemos escena, tenemos estética, pero todo tan mal tramado que uno no puede por menos que afirmar que estamos ante una película tendenciosa, engañosa, incongruente, con unas lagunas brutales que la convierten en pretenciosa y en una auténtica estafa.

No negaré que la puesta en escena es original, el director la divide en diez actos siguiendo la particularidad de los libros que van apareciendo a lo largo de la proyección. Los libros que va escribiendo, Nagiko (Vman Wu), su protagonista. Cada libro nos adentra un momento de las viviencias de esta mujer, pero lo hacen de una manera tan tediosa que se hace terriblemente pesada. La superposición de escenas, combinando las monocromáticas con las de color para intentar mostrarnos retrospecciones en la vida de la protagonista pueden parecer un buen recurso pero, sinceramente, creo que muy mal gestionado. Desde el punto de vista visual y del detalle estético, una auténtica maravilla; desde el punto de la construcción de los personajes, una fatalidad; desde el punto de vista de la historia, un argumento con muchas posibilidades pero, desde el punto de vista de su desarrollo, un fisco.
En los años setenta, en la ciudad de Kyoto, un anciano calígrafo escribe con delicadeza una felicitación de cumpleaños en el rostro de su hija, mientras su madre la canta una canción china que dice “Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano, le pintó los ojos, los labios y el sexo. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara. Cuando Dios aprobó su creación dio vida al modelo de arcilla pintando su nombre…”. Estas palabras serán recurrentes en la vida de Nagiko. Cuando se hace mayor, recuerda emocionada aquel recuerdo y busca con ahínco un amante-calígrafo ideal que utilice todo su cuerpo como una hoja en blanco. En Hong-Kong conoce a Jerôme (Ewan McGregor), un traductor inglés que la convence de que ella debe ser la pluma, la que escriba, y no la piel, el papel. Nagiko escribirá sobre el cuerpo de Jerôme, y él entregará a un editor la obra impresa sobre su propia piel. El método urdido por ambos funcionará y lo hará bien, pero ambos comienzan a sentir celos. Nagiko siente celos del editor y Jerôme porque ella escribe sobre el cuerpo de otros hombres. Jerôme intentará reconquistarla simulando su suicidio.
Greenaway utiliza inmensas y grandilocuentes parábolas para mostrarnos el profundo complejo de Electra que padece su protagonista, pero se queda a medio camino pese a los grandes ropajes con los que intenta envolver la historia.
Un fiasco ensalzado por la ola “new age” que corría a mediados de los años 90 que la encumbró en un frágil pedestal que hoy en día ya no se sostiene. En definitiva, totalmente prescindible.
© Del Texto: Anita Noire
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