Mujeres en El Cairo: Un grito más

Bueno. No sé cómo se quedarán ustedes después de ver esta película que se presenta en España como Mujeres de El Cairo –porque deben ir a verla- pero yo he salido de la sala impactado. Porque el director ha sabido hacer de la necesidad, virtud, convirtiendo los fallos y las irregularidades narrativas, que las tiene, para componer una película en la que consigue hacer su trabajo con eficacia. Nos trae y nos lleva, nos engaña un poco, cambia de registro cuando menos lo esperamos y cuando empezamos a pensar que es difícil de resolver el filme, nos da dos ostias y nos pone el rodillo final. (Perdonen ustedes la grosería).
Ahora viene cuando les cuento el tema y alguien piensa: “No me interesa mucho”. Esa persona se equivoca porque es una de esas películas -y no quiero hacer comparaciones con alguna otra que tienen ustedes en la memoria- de las que se suele comentar después: “No, no es lo que te imaginas”.
Yousry Nasrallah se desenvuelve con astucia arañando un tema difícil: la violencia sobre la mujer, la que ejercen algunos hombres, sobre todo, pero también la sociedad, y para tratar el tema se vale de una serie de historias entrelazadas que van de wisteria lane a mujeres al borde del ataque de nervios, alcanzan la mayor altura en un juego bocacciesco y pasoliniano y rematan en algo definitivamente asfixiante y oscuro. Después viene el final.
Comienza la película con unos títulos de crédito que son hermosos –demasiado- y también, excesivamente metafóricos, quizás para usar con el espectador la mano de hierro en guante de seda que hizo popular a una mujer que usó –ella- la violencia sobre todos, permitan que divague un poco. El hecho de que los créditos estén transcritos exclusivamente en árabe les presta una plasticidad extraña y especial y nos informa de que no es un producto para la exportación ni busca de la aquiescencia de nadie. Tampoco ha necesitado las limosnas de otros. Esto es reconfortante. Porque cuando se grita contra la violencia (cualquiera, en cualquier parte) es que el mundo avanza (aunque avanzaría más si no hubiera necesidad de hablar de ella).
Sigue la tradición literaria de las Mil y Una Noches y esto está escrito antes de ver su título original que encuentro ahora: Ehky ya Scheherazade (Cuéntame una historia Sherezade). Si esperan ustedes un localismo, están también equivocados, porque todo, salvo ciertos matices culturales, es universal y reconocible. El Cairo podría ser Madrid.
La actriz protagonista, Mona Zakki (Hebba) es muy popular en Egipto, me parece una muñeca con pocos registros que pese a todo, una vez que nos hemos hartado de verla, funciona. Su partenaire, Hassan el Raddad (Karim) es un auténtico chulazo, en todos los sentidos y -por eso mismo- borda el personaje sin hacer el mínimo esfuerzo. No me gustaría equivocarme pues la información sobre el filme es algo confusa y mis documentalistas están de vacaciones, pero creo que Nahed El Sebaï, es Hanaa, que es la mayor de las tres hermanas (ustedes ya verán); una actriz y una interpretación soberbias, sin duda, y -ayudada por un personaje épico- lo mejor de la película. Sobre el chico que interpreta a Said, el actor Mohamed Ramadan, en la misma historia, por favor me lo capturan y me lo mandan por SEUR 10, que estoy aburrido.
Esos dos hombres dan una de las claves de la película, la de la dominación masculina, el poder que emana del deseo y de la frustración de ellas. Se da la vuelta al tópico de la eterna seductora y aquí son ellos los que seducen y provocan. Mucho. Se insiste en la pesada carga de la virginidad y en lo que puede conseguir, si se lo propone, un mono con un palito. Si se lo permiten.
El hecho de que la película esté filmada en árabe nos permite desear, esperanzados, que impacte con violencia sobre la atrasada sociedad saudita y las hipócritas de algunos emiratos, que necesitan –y mucho- ser agitadas; porque la historia principal con la que finaliza, está basada en un caso real que sucedió en esa zona del golfo y que causó gran conmoción mediática.
Ha ido, por méritos propios, a las secciones oficiales de Venecia y Toronto. El guionista es el mismo que el de El Edificio Yacobian, (espléndidas película y libro) se llama Waheed Hamed.
Falla la composición del personaje de Hebba, que en algunos momentos roza la caricatura, la dirección artística en lo que atañe al apartamento que comparte con su marido, excesiva, y un arranque provocadamente extraño durante el que nos tememos lo peor: ser carne de cañón en algún experimento de arte y ensayo.
Se crece en los guiños al neorrealismo y al cine clásico egipcio.
La película tiene un par de secuencias en las que el director se excusa de ahorrarnos visiones bastante brutales que sé que son pertinentes, pero que me desagradaron profundamente.
Lo que les dije: Me impactó.
© Del Texto: Ivor Quelch
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