Solas: El día a día en la pantalla

Hay cosas que son buenas porque lo son, una de ellas es la película Solas. La primera vez que vi esta película el corazón me zozobró. Benito Zambrano con su ópera prima consiguió introducirme, desde el minuto uno de su filmación, en un mundo desolado, destruido, machacado en el que, pese a la cantidad de porquería que lo llenaba, existía un nexo de amor brutal y un grito desgarrado a la esperanza. Conjugar eso y llegar hasta allí es difícil. Arrastré la piel de gallina durante toda la proyección, a la que acudí por motivos profesionales y sin ninguna gana. Hoy, once años más tarde, cuando el tema de la violencia o la desestructuración familiar ha sido recreado en cientos de ocasiones, sigue poniéndome los pelos de punta. Reconozco que enmudecí. Sí, lo hice. Aún retumba en mi cabeza el “hueles a macho” de un cabrón que se muere.
El argumento del film es algo más habitual de lo que creemos.
María (Ana Fernández), vive en un barrio de la periferia de una gran ciudad, un lugar oscuro y problemático. Se gana la vida trabajando de limpiadora y ahora, próxima a cumplir los cuarenta años descubre estar embarazada de un hombre que no la quiere. Está sola. Por su parte su madre (María Galiana) ha pasado toda su vida junto a un animal, el padre de María, que la mejor caricia que le ha proporcionado ha sido una paliza. Su hija hace ya mucho tiempo que marchó de su lado y malvive cuidando a un marido enfermo que, ni tan siquiera en los últimos suspiros es capaz de dedicarle una palabra amable. Está sola. Su vecino (Carlos Álvarez), viudo, apura sus últimos años junto a Aquiles, su perro. Está solo. En un momento determinado, el destino aunará a estas tres personas, compartiendo lo que hasta ahora vivieron solas, lo que les permitirá poder seguir enfrentando sus vidas.
Soltar una soflama sobre la violencia familiar, que poco o casi nada tiene que ver con la de género (por mucho que en ocasiones se entremezclen), me sería muy sencillo. Hablarles del miedo en los ojos de quienes la sufren, de la desconfianza en cualquier cambio en sus rutinas, del sentimiento de culpabilidad del que sólo recibe palos, no me costaría nada, pero creo que estoy aquí para otra cosa y, esa cosa es decirles que si quieren un retrato real de lo que es la violencia familiar, se deben arrimar a esta película. Dejen la coraza en casa y entren a tumba abierta en la vida de cada uno de sus personajes, vivan la historia a su lado. No les dejará indiferentes, estoy segura.

Desde el punto de vista cinematográfico puedo decirles que con esta película no sólo se destacó Benito Zambrano, sino todos los actores que interpretaron los personajes de la película. Ana Fernández consigue transmitir toda la rabia del mundo y la impotencia ante la vida que le ha tocado vivir. María Galiana bordó su personaje de mujer doliente sometida a un animal porque eso es lo que toca. Hasta el momento, el trabajo de esta actriz en plena madurez no había sido reconocido más que localmente, sin embargo, a partir de esta película obtuvo la popularidad que la lanzó a participar posteriormente en un buen número de películas y series de televisión, entre ellas la famosa Cuéntame.
En esta película se conjugaron muy buenos elementos. Una estupenda dirección; una ambientación perfecta; dos personajes tan reales que, en algún momento a lo largo de la proyección dejan de ser tales y se transforman en dos mujeres de carne y hueso; y una historia que, quien más quien menos, puede conocer.
Para su realización Zambrano no contó que demasiados medios económicos, sino todo lo contrario, pero lo he dicho en muchas ocasiones, las mejores películas, las que más me tocan (hablo de mí), no suelen ser a las que se les han dedicado presupuestos brutales y artificios espectaculares, sino las que se han rodado con alma, con ganas, sin esperar mucho a cambio.
Explosión de realismo vital, una verdadera joya encapsulada en apenas 100 minutos de filmación. No dejen de verla, estoy segura que no les decepcionará.
© Del texto: Anita Noire


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