Origen: Muchos flecos sueltos

Durante muchos años fui abonado en la plaza de toros de Las Ventas del espíritu Santo de Madrid. Estaba rodeado de aficionados con grandes conocimientos taurinos. De modo que aprendí mucho durante los primeros meses. Mucho. Poco a poco, entendí la liturgia de una corrida de toros, cómo y donde debía colocarse el matador frente al toro para lidiarle, la importancia de la mano izquierda o si una estocada estaba en su sitio o no. Lo aprendí todo. Y todo dejó de gustarme porque sabiendo cómo debían ser las cosas, reconociendo un animal bravo, bravucón o manso y las ocasiones perdidas, absolutamente todo era un error. No podía gustarme algo imperfecto. Nada tenía sentido si no se llegaba a ese punto en el que las cosas son exactas. Un buen día un hombre mayor se me acercó, me ofreció un cigarro y comenzó a charlar. Me preguntó por mis cosas, por mis novelas, por mi forma de ver los toros. Bueno, dijo, ya has aprendido todo lo necesario. Sólo falta que te sientes dispuesto a disfrutar de lo que ves, de olor, del sol en la cara. Después de aquella conversación fue cuando comencé a disfrutar del espectáculo. Los peros los discutía tomando una cerveza después de ir a la plaza. Todo tomó un nuevo rumbo.

Dejé de asistir a la plaza hace mucho tiempo. Ya no me interesa nada de todo aquello. Pero eso es harina de otro costal.

Ayer me senté en la butaca del cine preparado para ver un gran espectáculo. Y, al salir, supe que había asistido a eso, a un gran espectáculo, colosal. Esperaba Origen, la película de Christopher Nolan, con ansia y me dejé llevar. Una idea estupenda. Una trama trepidante que no deja respirar al espectador desde el principio hasta el final. Un grupo de actores, de buenos actores (Michael Caine, Cillian Murphy, Ellen Page, Ken Watanabe, Marion Cotillard, Lukas Haas, Joseph Gordon-Levitt, Tom Berenger), moviéndose entre decorados digitales grandiosos. Me dejé llevar y disfruté de la película sin parar a pensar sobre los defectos. Ni me fijé en ellos. Me tragué hasta la última escena sin pestañear, hasta la última nota musical de la partitura de Hans Zimmer. Es ahora cuando toca dar vueltas a lo que vi.

Debe ser que las ideas de Nolan son tan extraordinarias que no le permiten contar las cosas como intuyo que él quisiera. Demasiados flecos sueltos. Y, para resolver esa carencia, hace que la trama se deslice hacia la duda y hacia una realización fallida.

Una posible lectura de la película sería la de entender que todo lo visto forma parte de un sueño. La película sería algo así como muchos sueños incluidos en otro que no nos enseñan. Para eso, entre otras cosas, utiliza Nolan el personaje de Mal (Marion Cotillard, esposa del personaje principal, Cobb, interpretado por Leonardo DiCaprio). Una pena ese desperdicio al tratarse de una buena actriz que se queda apenas sin papel. El tótem girando en la última escena que no terminamos de ver, esa realidad en la que Cobb se mueve perseguido por medio mundo y una frontera sin delimitar entre lo real y lo onírico, podría llevarnos a esa lectura a la que me refiero. Y eso convierte la película en una propuesta casi insultante. Por otra parte, los diálogos son excesivamente explicativos. No llevan a ninguna parte distinta a la siguiente escena que, sin esa explicación, haría derrumbarse todo. Pero lo peor de todo es que, sin diálogos, nos quedamos sin personajes. Ni conocemos sus motivaciones, ni su pasado, ni podemos intuir su futuro. Son personajes que están para iluminar la grandiosidad de los efectos especiales. Cobb es el único que parece tener un porqué aunque no es suficiente lo que nos enseñan. Al tratarse de una película que se adentra en el subconsciente del individuo, el asunto es grave.
Nolan juega a los sueños sin tener claro lo que es el pensamiento y el inconsciente. O lo que es peor, da por hecho que el espectador no lo sabe o le importa un bledo. Otro pequeño insulto. Los personajes piensan o sueñan y el registro es idéntico. Quizás lo peor de la película. Y Nolan juega a los sueños de mentira. ¿Hay algo más intenso que un sueño, es posible que las emociones se puedan expresar con más rotundidad aunque queden difuminadas por el estado inconsciente? Pues jugar a los sueños, pero de mentira, hace que la emoción naufrague a costa del uso del ordenador y su grandeza visual.

Pero también hay cosas muy buenas. El uso de la cámara lenta para que los tiempos narrativos de cada sueño vayan cuadrando es más que notable. Nolan ha conseguido que DiCaprio parezca un actor con personalidad propia (sobre todo un actor que no parece una caricatura de uno de sus ídolos). La partitura de Zimmer es muy efectiva. Los efectos especiales son, verdaderamente, alucinantes. Y es muy difícil que alguien se aburra aún cuando la propuesta se derrumba sin remedio.

Ha mejorado este director con respecto al trabajo de los actores aunque como realizador no termina de cuajar. Ideas excesivas, inmensas, no son fáciles de hacer realidad.

La pregunta que me hago es la siguiente: ¿No se está produciendo un uso alocado de la técnica al hacer películas de cine? ¿No podría parecer que estamos en condiciones de contar lo que sea gracias a esa técnica cuando es incierto y las limitaciones son enormes aunque los ordenadores sean un disparate?

En fin. Vayan al cine y disfruten de la película. De verdad que merece la pena. Y dejen todo esto para después.

© Del Texto: Nirek Sabal




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