jul 18 2010

Robin Hood: Más de lo mismo

Bien saben los que me conocen que si algo me parece terrible para un autor (da igual si es literario, del mundo del cine o musical) es que no pueda resistir el impulso de imitarse a sí mismo. Una cosa es tener un estilo propio bien marcado. Otra bien distinta es contar lo mismo, de la misma manera y con los mismos materiales narrativos. Esas cosas se intentan camuflar, generalmente, eligiendo temas muy grandes o mitos enormes que deberían tapar el autoplagio, pero, casi siempre, es peor el remedio que la enfermedad porque el autor se carga el tema, el mito, su película, su reputación, y a sí mismo.
Ridley Scott es Ridley Scott y nos ha hecho descubrir algo terrible. Ahora ya sabemos que Robin Hood es el mismo personaje que aparecía en Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe. Por cierto, Crowe es Crowe y ha colaborado para que nuestro descubrimiento se produjera echando muy pocas ganas al asunto.
Les garantizo que las películas son muy parecidas. Mucho. Las similitudes son tantas como perjudiciales. Brian Helgeland, el guionista, se ha lucido. Y Scott se ha lucido. Pero el problema de ser una película ya vista la convierte en previsible, aburrida y prescindible. Desde el principio sabemos qué va a pasar, quién morirá, quién se enamorará. No se le escapa un detalle al espectador.
El reparto defiende como puede la bazofia que les entregó un Scott pletórico al decir que esta versión de Robin Hood sería memorable. Eso sí, bazofia envuelta en dólares y más dólares. No es que estén especialmente mal los actores, no, pero eso de repetir las cosas parece aburrido. Crowe imita a Crowe. Oscar Isaac imita a Joaquin Phoenix. Y, así, sucesivamente.

La gran novedad que presenta la película es que focaliza la acción en el periodo anterior al que nos tienen acostumbrados. Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Aún no es el ladrón que robaría a los ricos para repartirlo entre los pobres poco después. Está llamado a ser un gran héroe pero, el rey Juan (sucesor de Ricardo) le convierte en traidor y perseguido después de un ataque de celos reales. No diré más sobre la trama por respeto a los que tengan intención de ver la película aunque me dan ganas por si puedo evitarlo. En cualquier caso, si han visto Gladiator ya saben qué pasará.

Un último aviso. Las escenas bélicas son lamentables. Por aburridas, porque no dejan ver lo que pasa y porque nunca sabemos quién está dando matarile. Lo intuimos, pero sólo eso.
Y no voy a gastar un minuto más de mi tiempo en esta castaña pilonga. Queda dicho.


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jul 16 2010

Cosas que diría con solo mirarla: Al llegar a casa dejando el mundo fuera

Si en alguna ocasión he tenido la sensación de ser una voyeur (en el sentido de observar las intimidades de otros que nada tienen que ver con lo erótico festivo) fue viendo Cosas que diría con solo mirarla.
Debo reconocer que llevo varios días pensando en qué escribir sobre esta película y que me muevo por la ciudad, arriba y abajo, con una copia en mi bolso. A día de hoy, no sé por dónde empezar.
Tal vez me he transformado, sin apenas darme cuenta, en un personaje que podría aparecer en esa misma película. Una mujer que llega reventada a su casa y desconecta, de todo y de todos, viendo películas que nadie más quiere ver, que las madura mientras pone la lavadora o el lavaplatos y las escribe en una servilleta de papel de una cafetería cualquiera mientras piensa si debería someterse a un chequeo médico o deja que la naturaleza haga su faena, si visita a un abogado o a un psiquiatra, si lleva a sus hijos de colonias o los deja encerrados en su casa durante semanas, si asesinar a su jefe o  aumentar las filas del paro.  Cosas tan sencillas, como esas, que construyen la vida de la gente corriente.
Transformar lo cotidiano, lo normal o las cosas pequeñas en algo enorme, alejado de los grandes “conceptos”, es lo que ha conseguido Rodrigo García con su opera prima.
Cinco historias de mujeres, unidas por sentimientos de soledad y tristeza y por el barrio en el que discurre la acción. Cinco historias (que tienen un principio y un final) con momentos concretos de la vida de unas mujeres que las transformará, no sé si a mejor o a peor, pero que en todo caso las colocará en un universo que a partir de ese momento va a ser distinto.
No nos mostraran grandes acontecimientos, todo parece muy cotidiano pero es que, en realidad, nada lo es.

En un barrio de Los Ángeles, el Valle de San Fernando, un grupo de mujeres está reordenando sus vidas. Una doctora (Glenn Close) una frialdad aparente como coraza ante una inseguridad afectiva vital. Una solitaria detective de policía busca pistas sobre una tragedia junto a su ególatra hermana ciega (Cameron Díaz). Una madre soltera se siente profundamente atraída por un nuevo vecino del barrio, un hombre nada común. Una directora de banco (Holly Hunter) descubre que está embarazada después de una historia con un hombre casado y tratará su aborto como si de una cuestión de negocios más, hasta que llega el derrumbe. Una pitonisa (Calista Flockahart) que cuida de su pareja que sufre una enfermedad irreversible y reviven a base de relatar su amor.
Creo que una buena película, además de los artificios técnicos, precisa tener algo que contar y que quien nos lo cuente sepa hacerlo. El elenco de actrices que protagonizan esta película no puede ser más variopinto: Glenn Close, Cameron Díaz, Calista Flockahart, Valeria Golino, Elpidia Carrillo, Amy Brenneman, Holly Hunter, pero,a pesar de ser muchas y distintas, desde luego lo bordan. Una fotografía calida, cercana. Una banda sonora (Ed Sheamur)  que acompaña a lo íntimo, estupenda.
Una serie de historias cruzadas, donde los personajes se encadenan unos a los otros a través de sus vivencias, consiguiendo con ello un todo global que da sentido, a su vez, a las historias de cada una de sus protagonistas. Donde las víctimas de unas vidas se convierten en verdugos de las que tienen a su lado.
Una película que consigue contarnos muchas cosas, todas a través de gestos menudos, pequeños sucesos.
No a todo el mundo le gustará, pero ahí radica precisamente su secreto, en las cosas corriente, las que nos pasan todos y en conseguir, a través de todo ello, tocarnos de lleno.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 14 2010

Funny games: Insultante

En el mundo del arte las cosas nuevas, las que rompen las normalidad, provocan posiciones encontradas y, muchas veces, extremas, entre los que apoyan ese cambio y los que son incapaces del más mínimo gesto de apoyo a eso mismo. Siempre pasó. Y siempre unos acusaron a otros de snobismo, de ir de guays o de incultos y cerrados ante cualquier cambio dependiendo de quien lo dijera. Entre medias, los genios y los que quieren parecerlo; los que rompen con lo establecido para que todo se deslice hacia lugares nunca explorados y los que inventan paridas que no hay quien entienda y que se quedan estancadas en el fango perpetuo de la falsa genialidad; los que crean modelos auténticos y los que copian apuntes para repetirlos en público. Siempre pasó.

Funny Games fue dirigida por Michael Haneke que para filmar lo que presentó olvidó la genialidad en algún lugar desconocido.

Un matrimonio y su hijo de seis años son asaltados en su casa de descanso por dos jóvenes. El resto del argumento no lo pienso mencionar. Por respeto a los que aún no han podido ver la película y porque no hay mucho más que contar. Entre planos fijos interminables y aburridos, entre unos diálogos que juegan al sarcasmo con la violencia, entre un discurso completamente imbécil sobre lo que es realidad y ficción, entre personajes poco creíbles, entre reacciones de estos completamente absurdas, entre errores narrativos imperdonables (¿los personajes de Haneke nunca duermen? ¿los padres que ven morir a su hijo procuran llamar por teléfono en lugar de desesperarse ante el cadáver?), entre estas cositas, se desarrolla una trama disparatada y mal construida. Haneke, que es muy astuto (eso sí que hay que reconocérselo) juega a dejar cosas por el camino que justifique el desastre que filmó. Como el discurso sobre realidad y ficción es patético, hace que unos de los personajes pueda agarrar el mando a distancia de la televisión para volver atrás en la trama evitando que los buenos puedan con ellos (uno de los criminales es el que hace esta patochada). Con ello justifica que un par de personajes muy tarados, pero, a la vez, muy fáciles de reducir hagan lo que Haneke quiere que hagan sin problema alguno. Todo es así de lamentable o muy parecido. La justificación para Haneke no existe. Le han dicho que es un genio y él ha decidido hacer lo que hacen los genios. Lo que no sabe Haneke es que los genios no hacen lo que les da la gana, que eso lo hacen los que quieren parecerlo y no lo son. Pero astuto sí es este hombre. Tiene un par de personajes que son asesinos psicópatas. Muy educados. Y desde una ironía barata habla del pasado de uno de ellos (aparte de asesino y loco debe ser tonto de baba) para crear el personaje. Como lo que dice es una idiotez juega a que parezca que lo dice medio en broma medio en serio. Siembra la duda porque le han dicho que los genios lo hacen. Qué cosas. Haneke intenta crear un clima opresivo, del que nada puede escapar. Sería injusto si no dijera que los veinte primeros minutos son, francamente, brillantes. Pero la propuesta del director se queda en nada a partir de ese momento. Hace algo que, ni tiene nada de original, ni tiene el más mínimo sentido narrativo. El asesino que pinta como el jefe del asunto se dirige hasta en dos ocasiones al espectador. Le pregunta, le intenta involucrar. ¿Desde cuándo el espectador tiene que tomar partido, desde cuándo el espectador tiene que hacer el trabajo del director (dar respuestas o mostrar posibles rutas para llegar a ellas)? Haneke no termina de comprender que insultar al espectador (a su inteligencia) no es transgresor. Es una torpeza que a muchos (a los que creen que es un genio) les puede parecer una genialidad. Una lástima que esto ya esté hecho hace años tanto en cine como en literatura. No es nuevo. Y es una pena que nadie le diga a este hombre que la mala educación no tiene nada que ver con la genialidad.

No hace mucho comenté en este mismo blog La cinta Blanca (película firmada por este mismo director). Eso sí es más genial que otra cosa. Pero esto no, esto es un insulto a la inteligencia. Mucha violencia, mucho plano fijo, mucho diálogo con pinta de importante y poco de genialidad.

Una última cosa antes de acabar. En el salón uno de los malos mira el televisor. Escenas de violencia. Los canales sólo se diferencian en el tipo de violencia. Poco después, el mismo tipo, mete un tiro a un crío de seis años delante de sus padres. El compañero se prepara un bocadillo en la cocina como si nada. Intenta Haneke jugar con esa violencia televisiva y la respuesta que se puede encontrar en la sociedad. Quizás Haneke cree que todos somos como sus personajes, que somos igual de tarados. Quería decir esto antes de acabar porque me indigna que un tipo que podría ser grande de verdad haga estas cosas y que le aplaudan. Si se tirase un pedo lo harían igual. Y ahora sí que lo dejo porque empiezo a sentir unas ganas incontrolables de decir lo que pienso sin pensar en que alguien lo leerá.

Si no han visto la película no lo hagan. Si ya la vieron, mala suerte. Eso sí, cabe la posibilidad de encontrar un genio. Nunca se sabe.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal


jul 10 2010

Gordos: A medio gas

Cada vez acostumbro a hacer menos caso a las críticas de cine y muchísimo menos caso a las clasificaciones de género que de las películas se hacen. He llegado a pensar que los críticos se chutan algo antes de escribirlas o que la que se lo chuta soy yo cuando las leo. Me explico. Cuando creo que la película es un drama salgo del cine con agujetas de las risas que me he pegado, cuando leo que es una comedia salgo llorando y pensando que el mundo es una pena.
Pues eso mismo es lo que me ocurrió con Gordos. Había leído que se trataba de una comedia de Daniel Sánchez Arévalo graciosísima y yo, inocente de mí, volví a caer en la trampa entre otras cosas empujada por esas críticas que digo y por las ocho nominaciones a los premios Goya del año 2009. De hecho Raúl Arévalo gano el Goya al mejor actor de reparto.
Es una película inquietante. No negaré que tiene algunos golpes de humor, pero hay que tenerlo ciertamente negro para considerar que estamos frente a una comedia. Es un verdadero drama donde se barajan los conflictos típicos del amor, el sexo, la familia, etc, desde el punto de vista del que vive con la obsesión de su gordura y las limitaciones que de todo tipo le supone esa característica ¿física? No sé yo si ser gordo es sólo una cuestión física o tiene mucho de psíquico también.
Primer intento de golpe de efecto de la película: Hacernos comprender que no es lo mismo ser gordos que estar gordo. Segundo intento: clasificación de gordos: el gordo feliz, el gordo inducido, el gordo de circunstancias, el gordo reprimido, el gordo por necesidades del guión, el gordo traumatizado. Tercer y fallido intento: La terapia como medio para solventar carencias y dramas personales que, en este caso, se convierte en un lacónico peregrinar por la vida de distintos gordos. Un ladrillo insoportable, pesado como siete kilos de grasa metida en vena.
Tenía esperanzas en el trabajo de Daniel Sánchez Arévalo. Hacía algún tiempo vi la grandísima Azul oscuro casi negro, su ópera prima y pensé que tras tres años de espera, la película que nos iba a ofrecer iba a ser otra maravilla. Mala suerte, otra castaña al coleto. La película es larga, monótona, aburrida, a los personajes no se los cree ni el tato, las escenas pierden coherencia a medida que va avanzando el metraje , el mensaje y las historias: topicazo sobre topicazo y al final, el resultado es un tueste de impresión.
Contar las miserias humanas no garantiza el éxito de nadie, para eso hay que saber contarlas. Recrearse en ellas no es saber contarlas.

La trama pues está clara, un grupo de gorditos rellenos, que han llegado a gordos por distintos motivos y que se relacionan entre ellos a través de una terapia en la que coinciden todos ellos. Antonio de la Torre interpreta a un gay que es la imagen de una marca de pastillas para adelgazar. Píldoras que él mismo consume hasta quedarse como un figurín pero, vaya por Dios, el estilo le durará bien poquito, en un plis volverá ser gordito relleno. Roberto Enríquez, el terapeuta que conduce la terapia para que los gordos asuman su condición de gordos y aprenda a quererse tal cual y adelgazar, coge tirria a la compañera (Verónica Sánchez) que se ha puesto como una peonza al quedarse embarazada. Vamos que éste lo de predicar con el ejemplo no lo tenía nada claro. La contradicción personificada. Raúl Arévalo es un mojigato con una novia gordita que está más salida que las pistolas del coyote ante la inactividad sexual aparente del novio. Fernando Albizu y Teté Delgado interpretan a una pareja deliciosa, los dos la mar de gordos, la mar de estupendos.
En fin, una película coral que se queda a medio gas. Es verdad que el tema en sí mismo da para mucho, pero no se le ha sacado nada de partido con esta película. La descolocación del que no se acerca a los cánones de belleza imperantes en la sociedad, el desasosiego, desolación y frustración que todo ello genera, pueden ser afrontado desde distintos puntos de vista, la ironía, la comedia o el drama y que lleguen a decirnos algo. En este caso, la mezcla que pretende Sánchez Arévalo no funciona, no toca ni conmueve, la mayoría de las veces no te la crees y el resto está tan cargada de tópicos que dan ganas de salir corriendo. Si les he fastidiado la crítica se siente.
© Del Texto. Anita Noire


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jul 8 2010

The Good heart: Humanidad por los cuatro costados

A veces, la cartelera proporciona unas más que agradable sorpresa. Tengo la suerte de tener cerca de casa una sala de cine, de esas que aún hoy en día, ponen buenas películas. No suele fallar. Versiones originales, cine poco comercial y auténticas maravillas.
Eso es precisamente lo que me ha ocurrido con The good heart.
No conocía apenas nada de su joven director Dagur Kari, de manera que entraba un poco a la aventura de descubrir que es lo que iba a encontrarme una vez se apagaran las luces. Puedo decir que la sorpresa fue mayúscula. Un guión bueno, muy bueno. Unos actores superiores. Una película islandesa, aunque totalmente filmada en inglés y en la ciudad de Nueva York, con la interpretación de actores algunos de ellos ya consagrados como Brian Cox (The boxer, El caso Bourne, Match Point, etc) o Paul Dano (La pequeña Miss Sunshine, Pozos de ambición, etc.), pero ni un euro de productoras americanas, lo cual podía ser cierta garantía de no caer en lo de siempre. Todo estaba por ver, el desarrollo del guión y su interpretación, y ello porque las buenas películas tiene eso, un magnífico guión y unos actores que lo bordan; sin esta combinación una película puede quedarse a medio gas o incluso ser una bazofia.
En esta película Dagur Kari nos cuenta la historia de Lucas (Paul Dano), un chico de buen corazón, generoso, amable y dulce, que es incapaz de ver su mundo, aquel en el que vive, una caja de cartón debajo del puente de Brooklyn. Un joven sin ningún futuro que intenta suicidarse sin conseguirlo. Terminará ingresado en un hospital en el que compartirá habitación con Jacques (Brian Cox), el dueño de un bar. Un hombre permanentemente malhumorado, grosero, amargado y cínico que ha sufrido un infarto. El bar es su única vida, y está decidido a que el mismo continúe funcionando cuando él no esté. Jacques decide a acoger a Lucas e instruirle en las extrañas y estrictas reglas con las que él dirige su vida y la de su bar. El método no es demasiado afortunado, gritos, desplantes, y unas normas tan extrañas como sólo atender a los clientes de siempre, no admitir mujeres, etc. Un método y reglas incomprensibles para el joven Luca. Pese a ello, traban una relación de amistad y complicidad que, se verá puesta en peligro cuando al bar llega April (Isild Le Besco), con un sinfín de problemas e historias y Lucas cree que tienen que ayudarla.Puede criticársele que es previsible, que tiene pocas sorpresas, pero es una película dramática realmente exquisita. Una película que respira humanidad por todos los costados en la conjugación entre una persona en el ocaso de su vida y la esperanza que deposita en un joven que nada tenía que esperar de la vida. Los diálogos son deliciosos y exquisitos. Dagur Kari logra una atmosfera acogedora, con una magnifica fotografía que ayuda a crear el clima que conjuga a la perfección con los estados de ánimo de los personajes. Debo reconocer que flojea en su final, pero me gusto tanto mientras la iba viendo que eso (el final) sólo es una pega superable, si uno se recrea en el resto de la película. Ah! y pese a su dramatismo puntual, alguna que otra sonrisa también les arrancará.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 6 2010

Identity: Pestiño psicológico

Por más que lo intento no puedo con algunas cosas. Que me hagan perder el tiempo es algo que me irrita. ¿Por qué alguien que quiere contar que un tipo está como una regadera tiene que contar una historia disparatada, mentirosa y aburrida?
John Cusack, Ray Liotta y Amanda Peet, entre otros (da igual quienes sean porque demuestran muy poco talento al interpretar sus personajes) protagonizan Identidad. Una serie de personas coinciden en un motel de carretera. Alguien se los va cargando, poco a poco. De vez en cuando nos cuentan cómo se desarrolla una vista extraordinaria del juicio a un perturbado que será ejecutado al día siguiente. El sujeto se ha cargado a una serie de personas de forma brutal. Y la película, en realidad, nos cuenta esos crímenes. Pero sólo lo sabemos al final de la película. El asesino se carga a sus víctimas pensando que va acabando con las múltiples personalidades que él mismo ha desarrollado. Vale. Esto significa que el director, un tal James Mangold, nos quiere enviar un mensaje profundo y verdadero. Los asesinos son muy asesinos y tener múltiples personalidades es un horror. Impresionante. Para ello monta un lío enorme, deja algunas pistas para el espectador que no las encontraría ni el mismo, oculta lo fundamental y equivoca el suspense con escamotear información para acabar con una explosión de ingenio (ni pizca, se lo aseguro) que deja con la boca abierta a todo el que mira. Por supuesto, tenemos una noche tormentosa, un niño, mucha sangre y cantidad de indicios que hacen culpable a cada personaje. Un paquete de narices.

Desde muy pronto la película ha dejado de interesarme. Más o menos desde el segundo minuto. Y se preguntarán sobre el porqué no he dejado de ver este tostón. Pues porque me lo habían recomendado. Un aficionado a este tipo de películas. Afirma que el género tiene en sus genes este tipo de cosas, que no se podría hacer este cine sin eso a lo que llamo trampas. Y yo digo que no, que eso es un error y conformarse con muy poco. Esto es como intentar justificar una novela de Agatha Cristie al compararla con El Halcón Maltés de Dashiell Hammett. Cada cosa es lo que es. Puede gustar más o menos, pero eso no hace de las cosas mejores o peores. Identidad es un pestiño. Guste más o guste menos. Porque la tesis que maneja no da de sí más allá de enunciarla, porque los actores están extraordinariamente mal, porque el guión está escrito con el culo, porque la fotografía es esa gran desconocida, porque los decorados debieron comprarlos en un todo a cien y, sobre todo, porque para pasar un mal rato gratuito ya tenemos los telediarios. Un gran pestiño.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 5 2010

Avatar: Sigourney Weaver y su pelo rojo

Una historia contada un millón de veces. Disfrazada de película de vaqueros, disfrazada de película de conquistadores, disfrazada de película de piratas o disfrazada del tipo de película que pongamos. Eso es lo que nos presenta James Cameron en Avatar. No cuenta nada nuevo. Y cuando digo nada quiero decir nada.

Pocas personitas y mucha informática. Tampoco eso es nuevo. Eso sí, el espectáculo es grandioso. Creo que no exagero cuando afirmo que es lo más asombroso que se ha rodado hasta hoy.

Imaginación poca. Poquita, poquita. Mucho colorín para disimularlo.

Un dineral invertido. Un dineral (más mucho) recibido de vuelta. Tela, mucha. En eso no han escatimado. Ni los espectadores al pagar el precio de sus entradas, la compra de películas y todo tipo de objetos representando avatares.

Dicho así, usted estará pensando que la película me pareció una lástima al verla. Pues no. Me pareció fascinante. Y me lo pareció precisamente por todo lo que he dicho. El que firma (yo) es varón. Y, aunque parezca mentira, a los hombres los asuntos del amor nos interesan. Nos ponen (no sé cómo decirlo sin traicionar mi condición), tiernos. Sí, tiernos. Si a eso le añadimos una buena dosis de tiros, golpes, militares violentos e indecentes, batallas aéreas o terrestres, animales horribles y fieros y a Sigourney Weaver repartiendo candela, pues la cosa se pone de lo más atractiva. Es decir, eso de enamorarse con un revolver en la cartuchera nos pone.

Contar lo de Pocahontas no tiene mucho mérito. Y creo que es eso lo que cuenta con algún matiz y todo lo impresionante que aporta la técnica. Cameron puede contar en las revistas lo que quiera sobre biodiversidad, sobre imperialismo o sobre lo que quiera, pero en la película lo que se narra es una historia de amor rodeada de invasiones violentas. De ciencia ficción tiene (la película) los escenarios y el color de los personajes. Esto mismo contado en Badajoz con los paisanos de allí durante la invasión francesa sería lo mismo. Es decir, esto es un desastre de película y un despilfarro de dinero. Pero mola, porque las cositas del amor molan cuando se cuentan desde los lanzamientos masivos de misiles. Vamos, yo me he enamorado de la personaje na’vi, tan azulita y tan grandota.

Bueno, por dar alguna pista al que no haya tenido la oportunidad de ver la película, hago un resumen del argumento.

Pandora es una luna enorme de un planeta gigantesco. Todo allí es muy bonito. Pisas y se enciende lo que pisas, tocas y la reacción es una maravilla (las cosas se esconden, las cosas vuelan, las cosas hacen mil y una cabriolas). Los hombres han llegado allí para expoliar todo lo que pueden. Pero los habitantes de Pandora no terminar de ver claro aquello y pasan del asunto. Los hombres, superlistos, crean seres con aspecto na’vi que mezclan elementos genéticos de ambas razas. Lo hacen para camelarse a los paisanos de Pandora, pero nada, que ni así. El caso es que uno de esos híbridos (un avatar) termina enamorándose de la na’vi que mola más. La gracia es que tras cada avatar hay un humano que mueve a su personaje mientras duerme a distancia. Es decir, humano conoce extraterrestre y se enamora. Extraterrestre conoce humano y se enamora. Bien, el caso es que la cosa termina a guantazos, el humano pasando de serlo, la princesa azul colaba hasta las trancas del humano, el coronel violento muerto, las naves destruidas, todos felices o de vuelta a casa y esas cositas. ¿A que mola?

Pues me ha gustado. Puede parecer que estoy siendo irónico y que gasto mucha mala leche. Puede parecerlo. Pero no, me ha gustado mucho la película. Sobre todo Sigourney Weaver teñida de pelirroja.
A ver si saco un rato y les cuento lo que pensé cuando vi
Titanic de este mismo director. También me encantó. Pero ya se lo cuento otro día.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jul 4 2010

Io sono l´amore: La simbología de lo narrado

Todo estaba contado ya. Lo había hecho Pasolini en su Teorema, Pascal Ferran en Lady Chatterley y Visconti en La Caída de los Dioses. Lo hemos visto en cada película que habla del amor como fuerza imprevisible y devastadora.
Pero nunca había sido retratado de una manera tan contenida, apoyándose en los sonidos y las omisiones. Tan metafóricamente compuesto con símbolos.
Luca Guadagnino, sus directores artístico y de fotografía, sus vestuaristas, crean para esta película una atmósfera densa y cargada de presagios en una familia exactamente rica. No con el exceso que en Italia se asocia al mal gusto ni cayendo en el desclasamiento burgués. Whealthy le dicen los ingleses, como sólo se puede ser en un país que, a pesar de todo, paga la factura del petróleo con los beneficios de la alta costura. Y en ese ambiente suntuoso, mantenido en provocada intemporalidad, como un estuche de leves dorados y paneleados de madera, lo que le sucede a los ricos adquiere un tono épico. Aquí se retrata la familia en el arranque del filme y aquí se van a desencadenar las fuerzas que provocan la crisis. La soberbia recreación de este espacio subsumido en una Milán horrible, cubierta por la nieve, es uno de los grandes aciertos de la película y el otro una selección de músicas perturbadoras que nos ponen al borde de la desesperación, como la extraña partitura de la ópera Nixon in China de John Adams.
Todo lo que sucede de importante se encuentra en la periferia y se muestra sesgado o fuera de plano y eso, que habrá muchos que detesten, es otro acierto para evitar lo prosaico. Debemos escuchar el silencio para interpretar lo que ocurre.
Tilda Swinton está estupenda en su papel como no podría ser menos teniendo en cuenta que firma también como productora y todos sus excesos de interpretación están convenientemente enmascarados en una personalidad rusa, domesticada, diferente, que termina desafiando a las convenciones y desencadenando la tormenta literal y figuradamente. Marisa Berenson soberbia como Allegra Recchi, tremendamente Fendi. No se debe decir más, solamente un mito viviente puede llegar a esa altura sin pronunciar prácticamente una palabra en el filme. Flavio Parenti (Edoardo hijo) es guapo, interesante, magnético y actúa con gestualidad minuciosa y elegante. Y está impecable Maria Paiato como Ida, la criada entrañable, cuyo papel va creciendo con una tensión que termina apagando con sus lágrimas.
La película se acaba de estrenar, ha ido a las secciones oficiales de Venecia y Sundance y la preludia el mito de retratar de manera encubierta a los poderosos Agnelli, cosa que el director desmiente aunque todos sabemos que es verdad. (Y él sabe que nosotros lo sabemos).
Por momentos es desesperantemente lenta y quizás los amores de Emma (¿Les suena el nombre?) sean un poco faunescos como lo es su amante cocinero. Por cierto que los guiños a la nueva cocina son equilibrados y contra todo pronóstico funcionan.

No conviene esperar para verla en una pantalla pequeña porque el ritmo y la visualidad no soportan el formato. No deben ir los que detesten el exceso estético porque el oriente de unas perlas en la penumbra de un cuarto de postración les quemará los ojos.
Para los amantes de buscar claves ocultas, queda por inventar una inquietante relación triangular, posiblemente incestuosa y levemente homoerótica y un encadenamiento de homenajes al cine, la literatura y la música que culminan con la voz inigualable de La Divina.
Los curiosos deben conocer que la residencia Recchi es un decorado natural, la villa Necchi Campiglio, construida por el arquitecto Piero Portaluppi entre 1932 y 1935.
Me ha gustado.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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jul 3 2010

Rebelde sin causa: Guapitos y malotes

Ponga usted un joven guapo con pinta de chico atormentado y abandonado por el mundo en un recipiente, mas un puñadito de películas en el cine, mátenle de alguna manera inesperada y trágica. Ya han creado un mito. El de hoy: James Dean.
Debo decir que no es santo de mi devoción. Esa cara de guapo rematado no me gusta nada, la pinta de “soso-man” menos todavía y sus interpretaciones me convencen muy pocas veces. Pero lo cierto es que, el chico en cuestión, tuvo un éxito enorme en su día y aún hoy, sin que tengamos que buscar demasiado, encontramos todo tipo de objetos con fotografías del fallecido Dean. Un verdadero mito.
Una de las películas que lo elevaron a los altares fue precisamente Rebelde sin causa, su segunda película. Un film dirigido por Nicolas Ray a partir de un guión de Stewart Stern.

Como para gustos hay colores, no me voy a privar de decir que esta película me parece un culebrón en toda la regla, que está muy bien para pasar un domingo de sobremesa, pero poquita cosa más. Puede que en su día tuviera su aquel pero yo, que quieren que les diga, como que no lo pillo.
El argumento de la película: En la comisaría coinciden tres chavales: Jim Stark (James Dean), Judy (Natalie Wood) y John “Platón” (Sal Mineo). El primero porque llevaba una cogorza importante, la segunda porque se ha escapado de casa y vaga por las calles y el tercero porque se ha liado a tiros con unos cachorrillos. Todos tiene problemas de relación con sus familias, todos se sienten solos e incomprendidos por sus padres. Allí, en la comisaría, Jim, ya le echa el ojo a la guapa Judy. Sus padres, los del guapito y la guapita, los recogen en la comisaría y, todos contentos (bueno no tanto) se van a casa. Al día siguiente los guapitos se dan cuenta que viven uno al lado del otro (bonita casualidad) y coinciden en el instituto. Allí se lía parda por aquello de la posesión del trofeo (la guapa) por parte de otro macarrita, el noviete de la niña (porque son todos muy guapos, pero de un macarra que tira de espaldas). Por si no fuera poco, como todos son muy valientes, quedan para tirarse barranco abajo (los macarras, digo), pero como los chavales no son de goma, va uno de ellos, el noviete de la guapiuta, y muere (¡Oh! Qué fatalidad). Jim lo lleva fatal (no es para menos), discute con sus padres y se va de casa, seguido por la enamorada guapita que, supongo cosas de juventud y del amor, no ve que el sujeto es medio tonto. Van todos a una casa abandonada (lo de abandonada debe ser un chiste porque parece la plaza del pueblo de la cantidad de gente que llega a concentrar) se lían a tiros y a partir de aquí, ya no cuento más, que los finales de las películas no se cuentan sino que se sufren o se gozan por uno mismo.

En fin, una película exageradamente encumbrada. Y digo e exceso porque los diálogos, en algunas escenas, no tienen ningún sentido, los personajes cambian de opinión a cada segundo que avanzan y todo parece que pende de frágiles hilos que se van a quebrar en la siguiente escena. Se intentó decir de ella que era un estudio sociológico dramatizado de la juventud de la época, pero no sé yo si da para tanto. Pese a ello, lo cierto es que tanto Dean (su segunda película), Wood (con 16 años) como Mineo (primera película) con su juventud e inexperiencia por delante, supieron estar a la altura. Gracias a esta película, Dean pasó a ser la viva representación de la rebeldía y el amor secreto de miles de jovencitas. La vestimenta que en esta película lucía (vaquero, camiseta blanca, cazadora roja) se convirtió en un uniforme intemporal . Hasta no hace mucho tiempo, hemos podido ver a jóvenes “disfrazados” de James Dean.

Por último y por aquello de no echar toda la tierra del mundo encima de este film, porque tampoco sería justo, podemos decir que, en alguna forma sí que retrata a esas familias que, sin saber porqué motivo, se descomponen a cada paso que dan (padres por un lado, hijos por otro y nada que les una, al menos en ese momento). Nos muestra el desencanto, la cabeza y vida vacía de unos chavales que no tienen preocupación alguna porque disfrutan de toda una vida solucionada y lo único que les queda es intentar ir contracorriente, ser rebeldes.
Una película, como ya les he dicho francamente exagerada, en mi opinión. Que, además, ha envejecido fatal pero que, pese a ello, no debe dejar de verse.
© Del Texto: Anita Noire


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