jul 19 2010

The other man: Benditas palomitas

No hay nada nuevo bajo el sol. Las temáticas en el cine están todas quemadas, todas usadas. Filmadas por activa y por pasiva. Lo novedoso radica, única y exclusivamente, en la manera en que, eso tan manido, se va a contar y en cómo finalmente se cuenta.
Crónica de un engaño no es más que una historia de cuernos. No busquen más, no lo hay. Esta película basada en el relato The other man de Bernhard Schlink (escritor, juez en la Corte Constitucional del Estado Federal de Renania del Norte-Westfalia, es el autor, entre otras de la novela espectacular El lector), se queda en película para pasar un ratito. Sin pena ni gloria. No busquen sumergirse en la psicología de los personajes, en el porqué de una infidelidad escondida durante años, en el porqué de la aparente felicidad. Nada nuevo ¿verdad? Pues eso, nada nuevo. La novela, como suele ocurrir, supera con creces a la película que nació con muchas pretensiones, pero se queda en poquita cosa. Y es que su director Richard Eyre generó muchas expectativas con sus anteriores trabajos (Diario de un escándalo, Iris y Belleza prohibida) pero, entiendo, no siempre se puede estar a la altura y eso es precisamente lo que ocurre con Crónica de una engaño.
En síntesis, el argumento de la película, la antesala de una castaña que prometía y no nos dio nada.
Peter (Liam Neeson), empresario de éxito casado con Lisa (Laura Linney), se entera de que su esposa, le ha sido infiel durante año. Tras perder a su esposa, que es cuando se entera del marrón, empieza a intentar destripar la verdad de la relación de ella con Ralph, un playboy español afincado en Milán (Antonio Banderas). Peter le buscará, lo encontrara y establecerá un poco o nada creíble relación de “amistad” con el amante, todo por conocer esa “verdad”.

La película pretendía estar a medio camino entre el un thriller psicológico y un drama y sinceramente no llega ni a uno ni a otro. Se hace lentísima, inconexa, grandilocuente hasta lo triste. Ni siquiera las escenas de bonitos paisajes (en el Lago Como) y ciudades que van a apareciendo, consiguen que olvidemos que estamos ante una nueva estafa cinematográfica. Los actores se muestran fríos y poco creíbles. Liam Nesson estático hasta el paroxismo. Antonio Banderas sobreactuado. Sólo podríamos salvar de la quema a la esposa (Laura Finney). Sin embargo, los diálogos son previsibles y sin ingenio, la música no viene a cuento de nada y todo parece tan mal hilvanado que da hasta grima. Y es, por todo el conjunto, que Eyre nos deja muy mal enfocados, ante el desolador paisaje, triste y fatalmente retratado, de un matrimonio afincado en la mentira.
En definitiva, una película soporífera. Lo mejor, las palomitas que me comí mientras la veía.

© Del Texto: Anita Noire


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jul 18 2010

Robin Hood: Más de lo mismo

Bien saben los que me conocen que si algo me parece terrible para un autor (da igual si es literario, del mundo del cine o musical) es que no pueda resistir el impulso de imitarse a sí mismo. Una cosa es tener un estilo propio bien marcado. Otra bien distinta es contar lo mismo, de la misma manera y con los mismos materiales narrativos. Esas cosas se intentan camuflar, generalmente, eligiendo temas muy grandes o mitos enormes que deberían tapar el autoplagio, pero, casi siempre, es peor el remedio que la enfermedad porque el autor se carga el tema, el mito, su película, su reputación, y a sí mismo.
Ridley Scott es Ridley Scott y nos ha hecho descubrir algo terrible. Ahora ya sabemos que Robin Hood es el mismo personaje que aparecía en Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe. Por cierto, Crowe es Crowe y ha colaborado para que nuestro descubrimiento se produjera echando muy pocas ganas al asunto.
Les garantizo que las películas son muy parecidas. Mucho. Las similitudes son tantas como perjudiciales. Brian Helgeland, el guionista, se ha lucido. Y Scott se ha lucido. Pero el problema de ser una película ya vista la convierte en previsible, aburrida y prescindible. Desde el principio sabemos qué va a pasar, quién morirá, quién se enamorará. No se le escapa un detalle al espectador.
El reparto defiende como puede la bazofia que les entregó un Scott pletórico al decir que esta versión de Robin Hood sería memorable. Eso sí, bazofia envuelta en dólares y más dólares. No es que estén especialmente mal los actores, no, pero eso de repetir las cosas parece aburrido. Crowe imita a Crowe. Oscar Isaac imita a Joaquin Phoenix. Y, así, sucesivamente.

La gran novedad que presenta la película es que focaliza la acción en el periodo anterior al que nos tienen acostumbrados. Robin Longstride es un arquero al servicio del rey Ricardo Corazón de León. Aún no es el ladrón que robaría a los ricos para repartirlo entre los pobres poco después. Está llamado a ser un gran héroe pero, el rey Juan (sucesor de Ricardo) le convierte en traidor y perseguido después de un ataque de celos reales. No diré más sobre la trama por respeto a los que tengan intención de ver la película aunque me dan ganas por si puedo evitarlo. En cualquier caso, si han visto Gladiator ya saben qué pasará.

Un último aviso. Las escenas bélicas son lamentables. Por aburridas, porque no dejan ver lo que pasa y porque nunca sabemos quién está dando matarile. Lo intuimos, pero sólo eso.
Y no voy a gastar un minuto más de mi tiempo en esta castaña pilonga. Queda dicho.


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jul 17 2010

Cube: Corriendo hacia nosotros mismos

El ser humano es, además de un cuerpo, la suma de todas las características que le perfilan. Esto, dicho así, puede parecer una perogrullada que sobra en cualquier discurso serio. Es verdad. Pero, en realidad, ¿cuándo nos preguntamos sobre esto? ¿Quién hace balance de lo que es? ¿Hay alguien que sea honesto al enumerar cada característica propia? Creo yo que, en realidad, no sabemos lo que somos y no queremos saberlo. A nadie le gusta asumir un carro de defectos. Nos quedamos en que somos maravillosos. Y ya. Igual la condición de perogrullada no lo es tanto y, tan sólo, es una afirmación que nadie quiere hacer avanzar.
Cuando el año 1.997 premiaron en el Festival de Toronto la película Cube pocos tendrían claro que se convertiría en un fenómeno de gran importancia encuadrado en el cine de terror. Su director, Vincenzo Natali, había conseguido filmar una película impactante, opresiva, inquietante. Una obra excelente que rebosa, todo hay que decirlo, literatura de la buena, de la que firmó Philip K. Dick. El que ha leído Laberinto de Muerte sabe que eso es cierto. Lo que no sé es si el director de Cube lo ha reconocido alguna vez. No lo sé y no importa gran cosa porque la película es una bomba de relojería que se instala en el cerebro del espectador por sí misma, sin la ayuda del libro. Además, el presupuesto que manejó Natali era más bien modesto y consiguió una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. En taquilla se comportó bastante bien, no se vendieron millones de camisetas porque no se hicieron pero, aún hoy, las copias en formato doméstico se venden a buen ritmo. Todo un logro. No le faltaron premios. Aquí, en Sitges, se llevó los gordos.

La película puede verse de muchas formas. Ha de verse de muchas formas. Si el espectador lo que quiere es pasar hora y media frente a la pantalla sin hacer grandes análisis, se encontrará con un clima hostil (para mi gusto el peor de los escenarios posibles), momentos de horror extremo (horror que no terror), con una trama inteligente que desgrana con lentitud lo que pasa, con final inesperado. Pasará un rato espantoso e inolvidable. Pero esto, que no deja de ser una opción como otra cualquiera, impide que el que mira pueda paladear lo exquisito de Cube.

Otra forma de ver la película es intentando intervenir desde la butaca, tomando posiciones que (ya les advierto) no sirven de nada. He dicho un millón de veces que eso no le toca a nadie que no sea el director, el guionista o los actores (quizás, estos últimos con más limitaciones de lo que podemos pensar). Sobre todo, porque dejamos de ver lo que nos cuentan y nos creamos nuestra propia historia. El peor filtro en cine es el que nos imponemos comiendo palomitas. Es una fórmula infalible para conseguir no enterarse de nada.

Soy de los que trata de encontrar las claves sin ir más allá de la secuencia que veo. Sin inventar, ni especular. Un director elige mostrar eso que aparece en pantalla. Ni más ni menos. Hay que intentar comprender pegado a lo que se dice, a lo que se muestra, a los silencios o al foco de la acción. La película es un todo. En Cube, los personajes van apareciendo poco a poco. Cada uno presenta y representa una característica muy acusada. Salvo el primer personaje que vive su experiencia en solitario, todos lo hacen en compañía de otros.

Despiertan en un habitáculo con forma de cubo. En cada cara de ese cubo (en el centro geométrico) hay una puerta que comunica con otro cubo de dimensiones similares y distinto color. Aunque pasar de un cubo a otro puede resultar mortal. En algunos hay trampas terribles. En otros no. Se trata de descubrir el camino de salida (si es que lo hay) pasando de uno a otro.

La ignorancia de ese primer personaje que mencionaba, el que no ve a otros personajes, es lo que le lleva a la muerte. La ignorancia es la primera de las características que nos ponen delante. Un aviso claro. Veremos a un policía violento que trata de organizar el grupo para lograr la salvación, a un escapista conocido en el mundo entero para salir de cualquier lugar. Ingenioso e intuitivo. Una joven experta en cálculo que representará la técnica; podremos valorar la sensatez de una científica; la desidia y la mentira será otro de ellos; la bondad. Distintas características. La suma de ellas es la forma de lograr un objetivo. Pero ellos no lo ven. Un espectador distraído tampoco. La suma de todos ellos es igual a la perfección humana que contiene lo bueno y lo malo, que no puede prescindir de ninguna de sus características. Aunque la propuesta de Natali es tan luminosa como la secuencia final. Es la bondad lo que ordena todo, es la única salida.

Tendrán que pensar mientras la trama avance, tendrán que pensar en lo que son ustedes, sobre lo que suma y lo que resta, sobre eso que ocultan.

Excelente película, de las buenas de verdad. Reserven ochenta y seis minutos de tranquilidad. Tomen asiento, esperen unos minutos y estarán dentro del cubo que les ordenará algunas cositas. Buena suerte.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 16 2010

Cosas que diría con solo mirarla: Al llegar a casa dejando el mundo fuera

Si en alguna ocasión he tenido la sensación de ser una voyeur (en el sentido de observar las intimidades de otros que nada tienen que ver con lo erótico festivo) fue viendo Cosas que diría con solo mirarla.
Debo reconocer que llevo varios días pensando en qué escribir sobre esta película y que me muevo por la ciudad, arriba y abajo, con una copia en mi bolso. A día de hoy, no sé por dónde empezar.
Tal vez me he transformado, sin apenas darme cuenta, en un personaje que podría aparecer en esa misma película. Una mujer que llega reventada a su casa y desconecta, de todo y de todos, viendo películas que nadie más quiere ver, que las madura mientras pone la lavadora o el lavaplatos y las escribe en una servilleta de papel de una cafetería cualquiera mientras piensa si debería someterse a un chequeo médico o deja que la naturaleza haga su faena, si visita a un abogado o a un psiquiatra, si lleva a sus hijos de colonias o los deja encerrados en su casa durante semanas, si asesinar a su jefe o  aumentar las filas del paro.  Cosas tan sencillas, como esas, que construyen la vida de la gente corriente.
Transformar lo cotidiano, lo normal o las cosas pequeñas en algo enorme, alejado de los grandes “conceptos”, es lo que ha conseguido Rodrigo García con su opera prima.
Cinco historias de mujeres, unidas por sentimientos de soledad y tristeza y por el barrio en el que discurre la acción. Cinco historias (que tienen un principio y un final) con momentos concretos de la vida de unas mujeres que las transformará, no sé si a mejor o a peor, pero que en todo caso las colocará en un universo que a partir de ese momento va a ser distinto.
No nos mostraran grandes acontecimientos, todo parece muy cotidiano pero es que, en realidad, nada lo es.

En un barrio de Los Ángeles, el Valle de San Fernando, un grupo de mujeres está reordenando sus vidas. Una doctora (Glenn Close) una frialdad aparente como coraza ante una inseguridad afectiva vital. Una solitaria detective de policía busca pistas sobre una tragedia junto a su ególatra hermana ciega (Cameron Díaz). Una madre soltera se siente profundamente atraída por un nuevo vecino del barrio, un hombre nada común. Una directora de banco (Holly Hunter) descubre que está embarazada después de una historia con un hombre casado y tratará su aborto como si de una cuestión de negocios más, hasta que llega el derrumbe. Una pitonisa (Calista Flockahart) que cuida de su pareja que sufre una enfermedad irreversible y reviven a base de relatar su amor.
Creo que una buena película, además de los artificios técnicos, precisa tener algo que contar y que quien nos lo cuente sepa hacerlo. El elenco de actrices que protagonizan esta película no puede ser más variopinto: Glenn Close, Cameron Díaz, Calista Flockahart, Valeria Golino, Elpidia Carrillo, Amy Brenneman, Holly Hunter, pero,a pesar de ser muchas y distintas, desde luego lo bordan. Una fotografía calida, cercana. Una banda sonora (Ed Sheamur)  que acompaña a lo íntimo, estupenda.
Una serie de historias cruzadas, donde los personajes se encadenan unos a los otros a través de sus vivencias, consiguiendo con ello un todo global que da sentido, a su vez, a las historias de cada una de sus protagonistas. Donde las víctimas de unas vidas se convierten en verdugos de las que tienen a su lado.
Una película que consigue contarnos muchas cosas, todas a través de gestos menudos, pequeños sucesos.
No a todo el mundo le gustará, pero ahí radica precisamente su secreto, en las cosas corriente, las que nos pasan todos y en conseguir, a través de todo ello, tocarnos de lleno.
© Del Texto: Anita Noire


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jul 15 2010

Big Fish: Vidas extraordinarias

Cualquier manifestación artística debe conseguir que los sentidos funcionen al máximo para que las emociones hagan saltar por los aires lo cotidiano.
Hacer de la vida; de una vida cualquiera, una vida de esas que todos tenemos; algo inolvidable para el que la vive, es cuestión de mantener las emociones en constante movimiento. Sólo así nos podemos sentir únicos y exclusivos, sólo así nos recordarán como seres especiales los que se sintieron del mismo modo mientras compartieron con nosotros cada minuto apasionado y apasionante.
Que yo sepa, la única forma de conseguirlo es fabulando, creyendo que lo inventado es cosa normal y lo normal cosa de sueños. Que yo sepa, la única forma de conseguir una vida extraordinaria es convirtiéndola en obra de arte. Parece cosa de escritores lo de inventarse vidas. Y no, los inventores lo que hacen es contarse, una y otra vez, la suya propia sin el pudor añadido de hacerla pública. Es algo que cualquiera puede hacer sin intentar vender libros. Esto sirve para los directores de cine, los escultores, los pintores o los artistas callejeros.
Tim Burton siempre me ha parecido un director irregular. A una película más que notable le puede seguir un pestiño absoluto, y a un pestiño una obra genial. Big Fish está entre las maravillosas. Por lo bien que describe el proceso creativo y su importancia, por lo bien que muestra cómo cualquier vida corriente puede ser extraordinaria, por lo bien que están los actores en sus papeles (Ewan Mcgregor, Albert Finney y Jesicca Lange especialmente), por lo claro que deja el espacio que ocupan realidad y ficción y el espacio que comparten ambas, por lo emocionante que es.

La película está llena de lugares fantásticos muy propios del cine de Burton, lugares fronterizos con la realidad y que pueden ser modificados si alguien cree que eso es posible. La película está llena de historias de amor y de amistad que se colocan, también, en la frontera en la que todo es importante o nada. La película está llena de aventuras que vivimos cada día, pero que no nos parecen nada del otro mundo, que se ven como insulsas y descargadas de cualquier emoción posible.
Algunos dicen que la película es un pastel lacrimógeno. Esta vez, me temo que están en un error. Hay que mirar desde la emoción cuando nos hablan de eso mismo. Plantarse ante cualquier cosa con lo intelectual por delante se convierte en un filtro imposible de sobrepasar. Lo intelectual puede quedarse escondido y no pasa nada. Y es una virtud saber hacer que desaparezca cuando toca. Además, ¿quién dijo alguna vez que la razón y el pensamiento (por profundo que sea) están reñidos con la emoción? Es al contrario.
Sería una pena dar pistas sobre la trama, sobre lo que representa ser un pez impescable, sobre donde deja Burton colocados los límites de una cosa u otra. Sería una pena que alguien (después de ver la película) se negara a plantearse que la muerte está pegada a la vida, que la alegría se arrima a la nostalgia o que el mundo es distinto a como lo vemos si hacemos un pequeño esfuerzo.
Una mínima capacidad de fabulación o ver una película tan exquisita como Big Fish nos permite convertir nuestra vida en algo colosal, en una obra de arte. Da igual lo que vean otros. Una obra de arte. Qué cosa tan grande.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 14 2010

Funny games: Insultante

En el mundo del arte las cosas nuevas, las que rompen las normalidad, provocan posiciones encontradas y, muchas veces, extremas, entre los que apoyan ese cambio y los que son incapaces del más mínimo gesto de apoyo a eso mismo. Siempre pasó. Y siempre unos acusaron a otros de snobismo, de ir de guays o de incultos y cerrados ante cualquier cambio dependiendo de quien lo dijera. Entre medias, los genios y los que quieren parecerlo; los que rompen con lo establecido para que todo se deslice hacia lugares nunca explorados y los que inventan paridas que no hay quien entienda y que se quedan estancadas en el fango perpetuo de la falsa genialidad; los que crean modelos auténticos y los que copian apuntes para repetirlos en público. Siempre pasó.

Funny Games fue dirigida por Michael Haneke que para filmar lo que presentó olvidó la genialidad en algún lugar desconocido.

Un matrimonio y su hijo de seis años son asaltados en su casa de descanso por dos jóvenes. El resto del argumento no lo pienso mencionar. Por respeto a los que aún no han podido ver la película y porque no hay mucho más que contar. Entre planos fijos interminables y aburridos, entre unos diálogos que juegan al sarcasmo con la violencia, entre un discurso completamente imbécil sobre lo que es realidad y ficción, entre personajes poco creíbles, entre reacciones de estos completamente absurdas, entre errores narrativos imperdonables (¿los personajes de Haneke nunca duermen? ¿los padres que ven morir a su hijo procuran llamar por teléfono en lugar de desesperarse ante el cadáver?), entre estas cositas, se desarrolla una trama disparatada y mal construida. Haneke, que es muy astuto (eso sí que hay que reconocérselo) juega a dejar cosas por el camino que justifique el desastre que filmó. Como el discurso sobre realidad y ficción es patético, hace que unos de los personajes pueda agarrar el mando a distancia de la televisión para volver atrás en la trama evitando que los buenos puedan con ellos (uno de los criminales es el que hace esta patochada). Con ello justifica que un par de personajes muy tarados, pero, a la vez, muy fáciles de reducir hagan lo que Haneke quiere que hagan sin problema alguno. Todo es así de lamentable o muy parecido. La justificación para Haneke no existe. Le han dicho que es un genio y él ha decidido hacer lo que hacen los genios. Lo que no sabe Haneke es que los genios no hacen lo que les da la gana, que eso lo hacen los que quieren parecerlo y no lo son. Pero astuto sí es este hombre. Tiene un par de personajes que son asesinos psicópatas. Muy educados. Y desde una ironía barata habla del pasado de uno de ellos (aparte de asesino y loco debe ser tonto de baba) para crear el personaje. Como lo que dice es una idiotez juega a que parezca que lo dice medio en broma medio en serio. Siembra la duda porque le han dicho que los genios lo hacen. Qué cosas. Haneke intenta crear un clima opresivo, del que nada puede escapar. Sería injusto si no dijera que los veinte primeros minutos son, francamente, brillantes. Pero la propuesta del director se queda en nada a partir de ese momento. Hace algo que, ni tiene nada de original, ni tiene el más mínimo sentido narrativo. El asesino que pinta como el jefe del asunto se dirige hasta en dos ocasiones al espectador. Le pregunta, le intenta involucrar. ¿Desde cuándo el espectador tiene que tomar partido, desde cuándo el espectador tiene que hacer el trabajo del director (dar respuestas o mostrar posibles rutas para llegar a ellas)? Haneke no termina de comprender que insultar al espectador (a su inteligencia) no es transgresor. Es una torpeza que a muchos (a los que creen que es un genio) les puede parecer una genialidad. Una lástima que esto ya esté hecho hace años tanto en cine como en literatura. No es nuevo. Y es una pena que nadie le diga a este hombre que la mala educación no tiene nada que ver con la genialidad.

No hace mucho comenté en este mismo blog La cinta Blanca (película firmada por este mismo director). Eso sí es más genial que otra cosa. Pero esto no, esto es un insulto a la inteligencia. Mucha violencia, mucho plano fijo, mucho diálogo con pinta de importante y poco de genialidad.

Una última cosa antes de acabar. En el salón uno de los malos mira el televisor. Escenas de violencia. Los canales sólo se diferencian en el tipo de violencia. Poco después, el mismo tipo, mete un tiro a un crío de seis años delante de sus padres. El compañero se prepara un bocadillo en la cocina como si nada. Intenta Haneke jugar con esa violencia televisiva y la respuesta que se puede encontrar en la sociedad. Quizás Haneke cree que todos somos como sus personajes, que somos igual de tarados. Quería decir esto antes de acabar porque me indigna que un tipo que podría ser grande de verdad haga estas cosas y que le aplaudan. Si se tirase un pedo lo harían igual. Y ahora sí que lo dejo porque empiezo a sentir unas ganas incontrolables de decir lo que pienso sin pensar en que alguien lo leerá.

Si no han visto la película no lo hagan. Si ya la vieron, mala suerte. Eso sí, cabe la posibilidad de encontrar un genio. Nunca se sabe.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 13 2010

Antes que el diablo sepa que has muerto: Que pena de presupuestos

Sidney Lumet escribió el guión de la película Antes que el diablo sepa que has muerto. También la dirigió, claro.

Un título magnífico. La película, aunque con zonas de exposición muy interesantes, no tan magnífica como ese título.

Lumet cuenta algo que ya han contado otros. Un millón de veces, más o menos. Dos hermanos se encuentran en apuros económicos. Finalmente deciden atracar una joyería de Wetchester (Nueva York). Es el establecimiento de sus padres. Un golpe fácil y limpio que se convierte, por supuesto, en un infierno. Todo se va desarrollando dibujándose el peor de los escenarios posibles para los personajes.

El mayor de los hermanos, papel interpretado por Philip Seymour Hoffman, es un ejecutivo de éxito, adicto a la heroína y desastroso en su relación matrimonial. Un personaje que todo lo tiene y todo lo pierde. Es el que trama el plan, es el que se lo propone a su hermano y deja que sea él quien lo lleve a cabo. Se dibuja (como el resto de personajes) a base de retales que terminan siendo un traje mal cortado. Pero traje al fin y al cabo.

El hermano pequeño (Ethan Hawke) es pusilánime, fracasado, desastroso como padre y marido. Este es adicto al sexo. Sobre todo con la mujer de su hermano. Un personaje que nada tiene y nada puede perder aunque tampoco quiere o puede tener. Mete la pata de cabo a rabo destrozando un plan que debería haber sido perfecto.

Albert Finney es el padre de las criaturas. Siente cierto desprecio por su hijo mayor. Y cierta predilección por el pequeño. Se convierte en una fiera a medida que la trama avanza. Un personaje que lo tuvo todo y que le importa un bledo perder hasta los calzoncillos. Su vida deja de tener sentido.

La esposa del hermano mayor y amante del pequeño es Marisa Tomei. Este es un personaje que pudiera parecer que sobra. Nada más lejos de la realidad. Tampoco aparece para iluminar alguna motivación de los principales. No. Es autónomo y bien interpretado por Tomei. Es el personaje que tiene todo prestado, que no es nada por esa razón.

Pues bien, con estos personajes y estos actores, Lumet monta una película que se queda a medio camino. Intenta, avanzando y retrocediendo en el tiempo, ser original. No lo consigue, claro. Y no lo consigue porque eso también está hecho hace un siglo por muchos, pero, sobre todo, porque fragmentar la trama de ese modo no aporta nada a la narración. Hace trocitos la película y los ordena de modo que el espectador va encajando las piezas del puzle para saber lo que pasa. Repite escenas incompletas para lograr cierta coherencia narrativa y facilitar la labor de reconstrucción al espectador. Pero no consigue nada más que eso. No modifica el punto de vista en ningún momento (eso hubiera sido ideal para que los personajes mostraran su forma de ver y crecer tomando forma) sino que modifica la focalización en la narración. Por eso alguien que se pregunte sobre lo que ve no terminará de entender ni de justificar la acción. Dicho de otro modo, quedan muchos cabos por atar, no en desarrollo y final de la trama, sino en su justificación y en la motivación personal de cada uno de los personajes.

Parece mentira que con el presupuesto que manejan algunos y con la experiencia que arrastran cometan errores de esta envergadura. En cualquier caso, la película se deja ver. Incluso el espectador poco exigente puede disfrutar de lo lindo. A mí no me importaría volverla a ver. Si tengo un par de horas libres lo haré.

© Del Texto: Nirek Sabal


jul 12 2010

Alrededor de la medianoche: Alrededor de la buena música

¿Le gusta el jazz? ¿Le gusta el cine? Si ha contestado sí a todo, eche un vistazo a la película Alrededor de la medianoche. Si duda al contestar, mejor ni lo intente.

El director Bertrand Tavernier intenta (sin exceptuar una sola escena de la película) que la música de Herbie Hancock evoque la secuencia que acompaña. Lo simbólico de la imagen, su significado más íntimo. Y que cada imagen dibuje el sonido trazando contornos de lo que se ve, o no, desde la música. En esta película, la música se funde con la imagen sin enseñar fisuras.

Otra cosa es que guste más o menos. Es lenta y los actores (en su mayoría) son músicos. Por ejemplo, el gran Dexter Gordon interpreta el papel de un músico en horas bajas (Dale Turner, protagonistas de la trama) y, desde el principio, el espectador sabe que se interpreta a sí mismo. La música como única posibilidad de entender el mundo; Turner como única posibilidad de entenderse a sí mismo. Esto hace de la película una cosa rarita. Extraña. Pero, al mismo tiempo, deliciosa, entrañable y muy acogedora.

Por la pantalla desfilan contrabajistas (el gran Ron Carter), guitarristas (el no menos grande John McLauughlin) o el mismísimo Martin Scorsese en un papel menor. Y una niña (Gabrielle Haker) que luce una sonrisa de la que entre fusas puedes quedarte prendado por siempre jamás.

Dale llega a París y entabla una extraña amistad con un dibujante (François Cluzet). Este cree estar en deuda con el saxofonista porque ha sobrevivido a un desastre personal gracias a su música. Cuida de él para compartir un nuevo rumbo en su vida. Turner, bebedor y perdedor incansable, terminará ocupando el lugar que él cree tener reservado para poder seguir siendo.

Aunque sólo fuera por cerrar los ojos y escuchar, volvería a sentarme delante de una pantalla de cine en la que pudiera verse Alrededor de la medianoche.

© Del Texto: Nirek Sabal


jul 10 2010

Gordos: A medio gas

Cada vez acostumbro a hacer menos caso a las críticas de cine y muchísimo menos caso a las clasificaciones de género que de las películas se hacen. He llegado a pensar que los críticos se chutan algo antes de escribirlas o que la que se lo chuta soy yo cuando las leo. Me explico. Cuando creo que la película es un drama salgo del cine con agujetas de las risas que me he pegado, cuando leo que es una comedia salgo llorando y pensando que el mundo es una pena.
Pues eso mismo es lo que me ocurrió con Gordos. Había leído que se trataba de una comedia de Daniel Sánchez Arévalo graciosísima y yo, inocente de mí, volví a caer en la trampa entre otras cosas empujada por esas críticas que digo y por las ocho nominaciones a los premios Goya del año 2009. De hecho Raúl Arévalo gano el Goya al mejor actor de reparto.
Es una película inquietante. No negaré que tiene algunos golpes de humor, pero hay que tenerlo ciertamente negro para considerar que estamos frente a una comedia. Es un verdadero drama donde se barajan los conflictos típicos del amor, el sexo, la familia, etc, desde el punto de vista del que vive con la obsesión de su gordura y las limitaciones que de todo tipo le supone esa característica ¿física? No sé yo si ser gordo es sólo una cuestión física o tiene mucho de psíquico también.
Primer intento de golpe de efecto de la película: Hacernos comprender que no es lo mismo ser gordos que estar gordo. Segundo intento: clasificación de gordos: el gordo feliz, el gordo inducido, el gordo de circunstancias, el gordo reprimido, el gordo por necesidades del guión, el gordo traumatizado. Tercer y fallido intento: La terapia como medio para solventar carencias y dramas personales que, en este caso, se convierte en un lacónico peregrinar por la vida de distintos gordos. Un ladrillo insoportable, pesado como siete kilos de grasa metida en vena.
Tenía esperanzas en el trabajo de Daniel Sánchez Arévalo. Hacía algún tiempo vi la grandísima Azul oscuro casi negro, su ópera prima y pensé que tras tres años de espera, la película que nos iba a ofrecer iba a ser otra maravilla. Mala suerte, otra castaña al coleto. La película es larga, monótona, aburrida, a los personajes no se los cree ni el tato, las escenas pierden coherencia a medida que va avanzando el metraje , el mensaje y las historias: topicazo sobre topicazo y al final, el resultado es un tueste de impresión.
Contar las miserias humanas no garantiza el éxito de nadie, para eso hay que saber contarlas. Recrearse en ellas no es saber contarlas.

La trama pues está clara, un grupo de gorditos rellenos, que han llegado a gordos por distintos motivos y que se relacionan entre ellos a través de una terapia en la que coinciden todos ellos. Antonio de la Torre interpreta a un gay que es la imagen de una marca de pastillas para adelgazar. Píldoras que él mismo consume hasta quedarse como un figurín pero, vaya por Dios, el estilo le durará bien poquito, en un plis volverá ser gordito relleno. Roberto Enríquez, el terapeuta que conduce la terapia para que los gordos asuman su condición de gordos y aprenda a quererse tal cual y adelgazar, coge tirria a la compañera (Verónica Sánchez) que se ha puesto como una peonza al quedarse embarazada. Vamos que éste lo de predicar con el ejemplo no lo tenía nada claro. La contradicción personificada. Raúl Arévalo es un mojigato con una novia gordita que está más salida que las pistolas del coyote ante la inactividad sexual aparente del novio. Fernando Albizu y Teté Delgado interpretan a una pareja deliciosa, los dos la mar de gordos, la mar de estupendos.
En fin, una película coral que se queda a medio gas. Es verdad que el tema en sí mismo da para mucho, pero no se le ha sacado nada de partido con esta película. La descolocación del que no se acerca a los cánones de belleza imperantes en la sociedad, el desasosiego, desolación y frustración que todo ello genera, pueden ser afrontado desde distintos puntos de vista, la ironía, la comedia o el drama y que lleguen a decirnos algo. En este caso, la mezcla que pretende Sánchez Arévalo no funciona, no toca ni conmueve, la mayoría de las veces no te la crees y el resto está tan cargada de tópicos que dan ganas de salir corriendo. Si les he fastidiado la crítica se siente.
© Del Texto. Anita Noire


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jul 8 2010

The Good heart: Humanidad por los cuatro costados

A veces, la cartelera proporciona unas más que agradable sorpresa. Tengo la suerte de tener cerca de casa una sala de cine, de esas que aún hoy en día, ponen buenas películas. No suele fallar. Versiones originales, cine poco comercial y auténticas maravillas.
Eso es precisamente lo que me ha ocurrido con The good heart.
No conocía apenas nada de su joven director Dagur Kari, de manera que entraba un poco a la aventura de descubrir que es lo que iba a encontrarme una vez se apagaran las luces. Puedo decir que la sorpresa fue mayúscula. Un guión bueno, muy bueno. Unos actores superiores. Una película islandesa, aunque totalmente filmada en inglés y en la ciudad de Nueva York, con la interpretación de actores algunos de ellos ya consagrados como Brian Cox (The boxer, El caso Bourne, Match Point, etc) o Paul Dano (La pequeña Miss Sunshine, Pozos de ambición, etc.), pero ni un euro de productoras americanas, lo cual podía ser cierta garantía de no caer en lo de siempre. Todo estaba por ver, el desarrollo del guión y su interpretación, y ello porque las buenas películas tiene eso, un magnífico guión y unos actores que lo bordan; sin esta combinación una película puede quedarse a medio gas o incluso ser una bazofia.
En esta película Dagur Kari nos cuenta la historia de Lucas (Paul Dano), un chico de buen corazón, generoso, amable y dulce, que es incapaz de ver su mundo, aquel en el que vive, una caja de cartón debajo del puente de Brooklyn. Un joven sin ningún futuro que intenta suicidarse sin conseguirlo. Terminará ingresado en un hospital en el que compartirá habitación con Jacques (Brian Cox), el dueño de un bar. Un hombre permanentemente malhumorado, grosero, amargado y cínico que ha sufrido un infarto. El bar es su única vida, y está decidido a que el mismo continúe funcionando cuando él no esté. Jacques decide a acoger a Lucas e instruirle en las extrañas y estrictas reglas con las que él dirige su vida y la de su bar. El método no es demasiado afortunado, gritos, desplantes, y unas normas tan extrañas como sólo atender a los clientes de siempre, no admitir mujeres, etc. Un método y reglas incomprensibles para el joven Luca. Pese a ello, traban una relación de amistad y complicidad que, se verá puesta en peligro cuando al bar llega April (Isild Le Besco), con un sinfín de problemas e historias y Lucas cree que tienen que ayudarla.Puede criticársele que es previsible, que tiene pocas sorpresas, pero es una película dramática realmente exquisita. Una película que respira humanidad por todos los costados en la conjugación entre una persona en el ocaso de su vida y la esperanza que deposita en un joven que nada tenía que esperar de la vida. Los diálogos son deliciosos y exquisitos. Dagur Kari logra una atmosfera acogedora, con una magnifica fotografía que ayuda a crear el clima que conjuga a la perfección con los estados de ánimo de los personajes. Debo reconocer que flojea en su final, pero me gusto tanto mientras la iba viendo que eso (el final) sólo es una pega superable, si uno se recrea en el resto de la película. Ah! y pese a su dramatismo puntual, alguna que otra sonrisa también les arrancará.
© Del Texto: Anita Noire


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