Toy Story 3: Chapeau

Entro a la sala de cine, sin ser consciente de que estoy ante uno de los acontecimientos de la década, tomo mi asiento cual niño inocente, y me preparo para pasar un par de horas al lado de mis amigos viendo una película de aparente entretenimiento simplón. Cuán equivocado estaba, ¿sólo entretenimiento?
Culmina una etapa. Terminan muchas cosas. Así es como me he sentido al ver el final de una de las sagas más exitosas de la historia, una trilogía en la que ningún capítulo sobra o es peor que el anterior. Hablo de Toy Story 3. Hablo de esa fábrica de sueños que es Pixar. Hablo de magia en estado puro.
Una trilogía que se ha demorado nada más y nada menos que unos 15 años en cerrarse. Prácticamente la vida del niño que da pie a la película, Andy. Y es que si en las dos entregas anteriores, a Andy se le veía como un crío que simplemente jugaba con sus juguetes y los necesitaba, en esta tercera parte acudimos a lo que a todos nos ha pasado, la llegada de la madurez, el olvido de nuestra infancia, de lo que fuimos, y de los buenos momentos que vivimos en compañía de estos seres inanimados que solo tenían vida dentro de nuestra imaginación, que aguantaron nuestras llantinas cuando nuestros padres nos castigaban, nuestros monólogos interiores y por qué no, también ayudaron a ser lo que somos ahora. Andy se marcha a la Universidad, y los juguetes están abandonados en un baúl, en espera de acabar en un vertedero, en un mercadillo, o en un sitio más seguro, el desván. ¿A quién no le ha pasado esto?
Así, la película comienza con una gran escena, aparentemente carente de sentido, que mezcla diversos géneros, y que no es más que la imaginación de Andy cuando juega con Woody, Buzz y compañía. Nuestra imaginación. Y en Pixar lo saben, saben adueñarse de la nostalgia del espectador entrado ya en cierta edad. Recuerdo cuando jugaba a los Gijoe en el salón de mi casa, montando escenarios bélicos con todo lujo de detalles dignos de Salvar al soldado Ryan , elegía mis planos, los diálogos, quién moría, quién se enamoraba, quién era el malo, quién era el bueno….o cuando recreaba cualquier film de piratas en la bañera con mis Playmobils heredados de mi hermano mayor. Y es que el film también habla de herencia, no debemos olvidar quiénes fuimos ni lo que tuvimos, ¿De qué sirve tirar las cosas a la basura y hacer borrón y cuenta nueva? ¿Conseguimos algo con ello salvo tener más espacio para nuestro nuevo mueble de apariencia gélida del Ikea más cutre que no nos cuenta nada? La respuesta es no. Nos engañamos todos y cada uno de nosotros. Todo se puede aprovechar (esta vez con la metáfora de los juguetes), debemos transmitir lo mejor de nosotros mismos a las próximas generaciones, sin dilación, y no sólo hablo de objetos materiales como puedo dar a entender por mis preguntas, no. Y es una costumbre que se está perdiendo. No damos sin recibir, y si no recibimos…seguiremos siendo los mismos egoístas de siempre. Nos estamos perdiendo en el camino, y hacemos que los que vienen después de nosotros sufran por ello sin saberlo.
Entrando más en la película, Woody y sus chicos se enfrentarán al olvido más absoluto, tal y como predecía El Capataz en Toy Story 2, y por desatino del destino (lo sé, qué chiste más malo) , se verán como carne de cañón en una guardería para niños de la que prácticamente es imposible escapar y en la que los otros juguetes harán de las suyas para que no escapen, y es que, como si de seres humanos hablásemos, no todos son lo que aparentan y la maldad surge de la inseguridad y del rechazo, vaya, como en la misma vida real. Es imposible omitir que las mayores referencias están en El Padrino o cualquier peli de gángsters, mezclado con La gran evasión o La fuga de Alcatraz y cualquier film del estilo, dando lugar a escenas en las que lo grotesco se mezcla con el humor de una forma bastante peculiar. Muchos guiños aquí y allá, en los que cabe destacar el Buzz romanticón con charlatanería flamenca incluida; el cameo del oso de peluche con la forma de Totoro, mascota del estudio japonés de animación Ghibli, y de la que los componentes de Pixar son absolutos admiradores, incluido un servidor, un estudio que ha dado maravillas de arte; o la canción final de los Gypsy Kings, entre otras cosas. Pero son los valores de la amistad, la lealtad, la honestidad los que se imponen para lograr que Woody, Buzz y sus chicos salgan del apuro para volver con su dueño, Andy. Valores puros, esas cosas que pocas veces veo en la realidad, eso es lo que hay que transmitir. Si no, todo está perdido.  Y todo culmina con un clímax final digno de ponérsele los huevos de corbata a cualquiera, no me caían los sudores en una película desde…vaya usted a saber. Así, sin más. Chapeau para Pixar.
En definitiva, lo mejor que tiene Pixar y sus películas, es que al contrario que sus rivales (Dreamworks o la Fox) no caen en la repetición de gag tras gag hasta que la historia deja de tener sentido. No. La historia lo es todo, los protagonistas se desarrollan, cambian, viven, caen, ríen. Eso es lo que hace grande cada película que estrena Pixar.
Podría pasarme horas escribiendo sobre Toy Story, podría empezar a desvariar en un optimismo inusitado en mí y nunca terminaría de escribir. Pero lo resumiré en dos frases.
¿Qué es Toy Story?
Es la historia de nuestras vidas.
¿Qué quién es Andy?
Todos hemos sido Andy.

© Del Texto: Gwynplaine Thor

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