Brillar con luz propia

Esta mañana me apetecía escribir sobre una película que no he visto nunca. No sé quién la dirige, por ejemplo. Ni cuál es su reparto de actores. No imagino su banda sonora, ni su fotografía. Tampoco conozco al osado que se atrevió un día a adaptar ese guión. Ni idea.
Yo quería referirme, quiero escribir esta mañana, sobre el significado de la química según Goethe. La química entre las personas, el feeling que todos sufrimos cada tres o cuatro siglos, unos más desenfrenados y ardientes que otros, pero siempre incontenible y huracanado. Inexcusable.
Una vez, hace ya unos años, después de superar varios episodios químicos con finales inútiles e infructuosos todos, y rendida ya ante mi desastrosa vida sentimental, yo me propuse escribir en serio sobre el asunto y no se me ocurrió otra cosa que escribir el guión de un corto-homenaje a Goethe con la intención de vomitar todas mis catástrofes amorosas. De gritarle a todo un planeta lo que yo, desde mi perspectiva cada vez más pesimista, pensaba sobre el amor, esa palabra tan rotunda que todos pronunciamos tan alegremente sin saber muy bien de dónde proviene, cuál es su significado exacto, las infinitas connotaciones que posee…
Para escribir mi osado guión, yo me basé en Las afinidades electivas de Goethe, novela basada en el tratado químico (De attractionibus electivis) de un tal Torbern Bergman, un químico sueco del XVIII que pretendía una explicación de ciertas reacciones químicas. El tal Bergman buscaba la razón por la que, por ejemplo, si se pone un trozo de una tierra calcárea unida a un ácido débil en una solución diluida de ácido sulfúrico, éste toma la cal y el ácido débil se desprende de forma gaseosa.
Goethe representa en su historia la atracción y la afinidad, el abandono y la unión, en forma de doble descomposición química. En una cruz dónde cuatro elementos químicos hasta entonces unidos dos a dos, entran en contacto, dejando su anterior unión para unirse de otro modo. Las afinidades empiezan a ser interesantes cuando producen separaciones…
La tierra calcárea, el ácido débil, el sulfúrico y las formas gaseosas son perfectamente sustituidos por personajes: Eduard, Charlotte, Ottilie y el Capitán.

Mi pretencioso y personalísimo homenaje a Goethe fue escrito con todo mi amor hacia él un invierno etílico y nublado bajo luz naranja, y rodado un verano de resacas y tempestades marcado por mi ausencia y un bonito tratado científico.
El fugaz rodaje de mis afinidades electivas, que observé de lejos y con unas enormes gafas de sol, el visionado posterior de esa cinta, y la incomprensión de ésta por parte de la audiencia, me llevó a la siguiente conclusión:
Es inútil pretender adaptarlo todo a imágenes. Es más conveniente dejar estas cosas por escrito. Los tratados químicos como los ensayos metafísicos. Las novelas brillantes deben permanecer intactas e inadaptables. Brillantes.
No existe casting posible para escoger a un Eduard o a una Ottilie. No existe secuencia que describa a un ácido débil desprendiéndose de forma gaseosa. Ni iluminación que ilumine soluciones diluidas de ácidos sulfúricos.
O, a lo mejor, sí, pero como decía la última frase de mi guión: No acostumbro a destrozar las novelas de las que hablo aquí.
Dejemos a los químicos poetas en paz.
Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia (Walter Benjamin).

© Del Texto: Sonia Hirsch


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