Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire


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