Vidas Cruzadas: Altman, Carver y las alucinaciones perfectísimas

Bueno, verán, yo tengo muchas alucinaciones, como todos ustedes, claro. Más o menos raras, como las suyas.
Una de ellas, mi preferida, se me repite incesantemente, sin parar. Verán:

“Yo escribo una película perfecta. De guión perfecto, personajes perfectos y perfectamente narrada. Mi película se proyecta en un cine. Cualquier cine, da igual. Éste no tiene que ser necesariamente perfecto. Eso no tiene importancia en mi perfectísima alucinación.
Yo estoy sentada en la última fila de butacas, de forma totalmente anónima, de incógnita, como yo voy por todas las filas y todas las butacas.
Entonces, yo me dedico a fisgonear las secuelas que mi película perfecta produce en cada espectador. Todos ellos son muy distintos entre sí. Todos.
Observo con rencor a un tipo de barriga y calva considerable que se desternilla de risa con la secuencia en que un completo imbécil de sierra eléctrica y flequillo macarra le destroza el apartamento a su ex mujer, macarra también. Eso me contraria, no era mi intención. Oh, no, no.

Luego, un padre recién divorciado, supongo, y perfectamente afeitado, se retira al baño justo en la secuencia en que decido matar a un infeliz de parada cardiorrespiratoria en su noveno cumpleaños. Lástima.
Luego, se guarda un estruendoso silencio general, sobrecogedor, cuando mi pastelero-acosador se rinde y, suplicante, confiesa que había tirado ese pastel de cumpleaños. Ese era exactamente el silencio que deseaba.

Un tipo se toca a escondidas en primera fila a costa del cadáver de una chica aparecido en un río olvidado. Eso me inquieta.
Otra, descubre su lesbianismo desconocido con mi personaje preferido: una mujer que practica pornografía telefónica mientras le cambia los pañales a su bebé. Delicioso. Naturalmente delicioso.
Y, mientras todos los adúlteros, estafadores y ambiguos de la sala se recrean en mis secuencias retorcidas y cada vez más mórbidas, yo observo siempre a la única chica que aguanta hasta mis créditos finales. Mis alucinantes créditos finales…
La chica se levanta, confundida, de su butaca en primera fila y emite una sigilosa exhalación que mueve el aire de mi sala desolada, derrumba todas mis secuencias perfectas y me despierta siempre de esta alucinación mía tan alucinante, tan… tan… tan absurda y desafinada siempre”.

Y, es que, será verdad eso de que el mundo es cada día más pequeño porque el tiempo ha dejado de pasar con lentitud. Que el cosmos se hace más infinito que nunca mientras nosotros nos vamos volviendo cada vez más enanos. Que ansiamos salir como sea ahí afuera, pero no existe ningún “afuera”. No existe.
Felicidades, Robert Altman, por haberme afectado tanto. Mucho más que Raymond Carver, dónde va a parar…
Y disculpen ustedes mis subterfugios. Escribo sentimentalmente y sin freno.

© Del Texto: Sonia Hirsch


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