Avatar: Sigourney Weaver y su pelo rojo

Una historia contada un millón de veces. Disfrazada de película de vaqueros, disfrazada de película de conquistadores, disfrazada de película de piratas o disfrazada del tipo de película que pongamos. Eso es lo que nos presenta James Cameron en Avatar. No cuenta nada nuevo. Y cuando digo nada quiero decir nada.

Pocas personitas y mucha informática. Tampoco eso es nuevo. Eso sí, el espectáculo es grandioso. Creo que no exagero cuando afirmo que es lo más asombroso que se ha rodado hasta hoy.

Imaginación poca. Poquita, poquita. Mucho colorín para disimularlo.

Un dineral invertido. Un dineral (más mucho) recibido de vuelta. Tela, mucha. En eso no han escatimado. Ni los espectadores al pagar el precio de sus entradas, la compra de películas y todo tipo de objetos representando avatares.

Dicho así, usted estará pensando que la película me pareció una lástima al verla. Pues no. Me pareció fascinante. Y me lo pareció precisamente por todo lo que he dicho. El que firma (yo) es varón. Y, aunque parezca mentira, a los hombres los asuntos del amor nos interesan. Nos ponen (no sé cómo decirlo sin traicionar mi condición), tiernos. Sí, tiernos. Si a eso le añadimos una buena dosis de tiros, golpes, militares violentos e indecentes, batallas aéreas o terrestres, animales horribles y fieros y a Sigourney Weaver repartiendo candela, pues la cosa se pone de lo más atractiva. Es decir, eso de enamorarse con un revolver en la cartuchera nos pone.

Contar lo de Pocahontas no tiene mucho mérito. Y creo que es eso lo que cuenta con algún matiz y todo lo impresionante que aporta la técnica. Cameron puede contar en las revistas lo que quiera sobre biodiversidad, sobre imperialismo o sobre lo que quiera, pero en la película lo que se narra es una historia de amor rodeada de invasiones violentas. De ciencia ficción tiene (la película) los escenarios y el color de los personajes. Esto mismo contado en Badajoz con los paisanos de allí durante la invasión francesa sería lo mismo. Es decir, esto es un desastre de película y un despilfarro de dinero. Pero mola, porque las cositas del amor molan cuando se cuentan desde los lanzamientos masivos de misiles. Vamos, yo me he enamorado de la personaje na’vi, tan azulita y tan grandota.

Bueno, por dar alguna pista al que no haya tenido la oportunidad de ver la película, hago un resumen del argumento.

Pandora es una luna enorme de un planeta gigantesco. Todo allí es muy bonito. Pisas y se enciende lo que pisas, tocas y la reacción es una maravilla (las cosas se esconden, las cosas vuelan, las cosas hacen mil y una cabriolas). Los hombres han llegado allí para expoliar todo lo que pueden. Pero los habitantes de Pandora no terminar de ver claro aquello y pasan del asunto. Los hombres, superlistos, crean seres con aspecto na’vi que mezclan elementos genéticos de ambas razas. Lo hacen para camelarse a los paisanos de Pandora, pero nada, que ni así. El caso es que uno de esos híbridos (un avatar) termina enamorándose de la na’vi que mola más. La gracia es que tras cada avatar hay un humano que mueve a su personaje mientras duerme a distancia. Es decir, humano conoce extraterrestre y se enamora. Extraterrestre conoce humano y se enamora. Bien, el caso es que la cosa termina a guantazos, el humano pasando de serlo, la princesa azul colaba hasta las trancas del humano, el coronel violento muerto, las naves destruidas, todos felices o de vuelta a casa y esas cositas. ¿A que mola?

Pues me ha gustado. Puede parecer que estoy siendo irónico y que gasto mucha mala leche. Puede parecerlo. Pero no, me ha gustado mucho la película. Sobre todo Sigourney Weaver teñida de pelirroja.
A ver si saco un rato y les cuento lo que pensé cuando vi
Titanic de este mismo director. También me encantó. Pero ya se lo cuento otro día.

© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube


1 Respuesta en “Avatar: Sigourney Weaver y su pelo rojo”