Io sono l´amore: La simbología de lo narrado

Todo estaba contado ya. Lo había hecho Pasolini en su Teorema, Pascal Ferran en Lady Chatterley y Visconti en La Caída de los Dioses. Lo hemos visto en cada película que habla del amor como fuerza imprevisible y devastadora.
Pero nunca había sido retratado de una manera tan contenida, apoyándose en los sonidos y las omisiones. Tan metafóricamente compuesto con símbolos.
Luca Guadagnino, sus directores artístico y de fotografía, sus vestuaristas, crean para esta película una atmósfera densa y cargada de presagios en una familia exactamente rica. No con el exceso que en Italia se asocia al mal gusto ni cayendo en el desclasamiento burgués. Whealthy le dicen los ingleses, como sólo se puede ser en un país que, a pesar de todo, paga la factura del petróleo con los beneficios de la alta costura. Y en ese ambiente suntuoso, mantenido en provocada intemporalidad, como un estuche de leves dorados y paneleados de madera, lo que le sucede a los ricos adquiere un tono épico. Aquí se retrata la familia en el arranque del filme y aquí se van a desencadenar las fuerzas que provocan la crisis. La soberbia recreación de este espacio subsumido en una Milán horrible, cubierta por la nieve, es uno de los grandes aciertos de la película y el otro una selección de músicas perturbadoras que nos ponen al borde de la desesperación, como la extraña partitura de la ópera Nixon in China de John Adams.
Todo lo que sucede de importante se encuentra en la periferia y se muestra sesgado o fuera de plano y eso, que habrá muchos que detesten, es otro acierto para evitar lo prosaico. Debemos escuchar el silencio para interpretar lo que ocurre.
Tilda Swinton está estupenda en su papel como no podría ser menos teniendo en cuenta que firma también como productora y todos sus excesos de interpretación están convenientemente enmascarados en una personalidad rusa, domesticada, diferente, que termina desafiando a las convenciones y desencadenando la tormenta literal y figuradamente. Marisa Berenson soberbia como Allegra Recchi, tremendamente Fendi. No se debe decir más, solamente un mito viviente puede llegar a esa altura sin pronunciar prácticamente una palabra en el filme. Flavio Parenti (Edoardo hijo) es guapo, interesante, magnético y actúa con gestualidad minuciosa y elegante. Y está impecable Maria Paiato como Ida, la criada entrañable, cuyo papel va creciendo con una tensión que termina apagando con sus lágrimas.
La película se acaba de estrenar, ha ido a las secciones oficiales de Venecia y Sundance y la preludia el mito de retratar de manera encubierta a los poderosos Agnelli, cosa que el director desmiente aunque todos sabemos que es verdad. (Y él sabe que nosotros lo sabemos).
Por momentos es desesperantemente lenta y quizás los amores de Emma (¿Les suena el nombre?) sean un poco faunescos como lo es su amante cocinero. Por cierto que los guiños a la nueva cocina son equilibrados y contra todo pronóstico funcionan.

No conviene esperar para verla en una pantalla pequeña porque el ritmo y la visualidad no soportan el formato. No deben ir los que detesten el exceso estético porque el oriente de unas perlas en la penumbra de un cuarto de postración les quemará los ojos.
Para los amantes de buscar claves ocultas, queda por inventar una inquietante relación triangular, posiblemente incestuosa y levemente homoerótica y un encadenamiento de homenajes al cine, la literatura y la música que culminan con la voz inigualable de La Divina.
Los curiosos deben conocer que la residencia Recchi es un decorado natural, la villa Necchi Campiglio, construida por el arquitecto Piero Portaluppi entre 1932 y 1935.
Me ha gustado.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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