jun 16 2010

El gran Lebowski: Mierda

Si es verdad que la vida es una mierda y si es verdad que estamos de paso en este mundo y nada más, el ministro de cultura debería considerar (seriamente) la posibilidad de hacer obligatoria una nueva asignatura. Los planes de estudio se deberían reducir a eso. Una asignatura única.

Propongo que se llame “Esto es una mierda, yo soy una mierda, y tú lo eres también” o “Vivo en un mundo de mierda, pero no pasa nada porque es lo que hay y no merece la pena quejarse” o “No disfraces este mundo de mierda con ropa de marca de mierda porque no te libras ni de coña”. Nada de libro de texto. Que va. La segunda propuesta es que el alumno se siente tranquilamente, vestido como le dé la gana y, si es su deseo, sin ducharse. Que parezca una auténtica mierda (él). Tercera y última propuesta: ver la película El gran Lebowski tantas veces como sea necesario hasta que entienda lo que le están contando.

Con todo esto garantizaríamos que el alumno aprendiera a tomarse las cosas con tranquilidad, con humor y con la perspectiva de lo efímero (lo estoy diciendo completamente en serio).

Jeff Bridges y John Goodman son los protagonistas de esta película. El primero está muy bien en su papel. Goodman, sencillamente, inolvidable. La trama es una delicia. Los hermanos Coen deberían ser canonizados. Ah, y la señora Julianne Moore una cosa fuera de lo normal. Nunca pensé que podría gustarme una pelirroja.

Quiero ser un tirado como Lebowski, quiero ver las cosas como las ve él, quiero que me importe todo una enorme y maravillosa mierda. Y quiero que mis hijos estudien una asignatura, una sola, que podría llamarse (también) “Bah, si la voy a palmar antes o después, paso de preocuparme, joder”. Y ya está. Si les parece poco lo que digo pidan a la señora Noire que escriba su propio artículo. Yo, ahora mismo, fumando droga y bebiendo, no doy para más. Y, la verdad, me importa un huevo lo que piensen de mí. Qué genial esto del gran Lebowski.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 15 2010

La semilla del diablo: El día que Cassavetes pareció un actor de verdad

La Semilla del Diablo es una maestra del cine de terror.
Ya está. Queda dicho.

Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero si quieren se las ahorran. Porque
La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y punto.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar “venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia”. Y lo hizo.

Mia Farrow: Espléndida.

Ruth Gordon: Excepcional.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski, que es el amo de esto, prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer y de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 13 2010

Sex, Lies and Videotapes: Lo más de lo más en estafas

A principio de los 90 se veneraba esta película como si fuera una obra prototipo de “lo más de lo más”, muy fashion.  El título combinaba elementos tan llamativos como las “Mentiras” (a todos los que tenemos un cotilla preparado para salir, nos atraía con fuerza), el “sexo” (todos ávidos de encontrar algo suculento, novedoso); y, por último, las “cintas de video” (por aquel entonces, era algo modernísimo  y podíamos vacilar de que disponíamos de los sistemas VHS, Betamax y 2000).

Todo muy moderno, todo muy espectacular, todo muy yuppie. Pero como acostumbra a pasar, la perspectiva del tiempo arrasa cualquier cosa y hace que aquello que era rompedor y novedoso, o al menos lo parecía, deje de serlo y que, lo que tanto nos gustaba, llegue a parecernos incluso un poco ridículo.

Eso es precisamente lo que le pasa a esta película. De hecho, es una pequeña estafa, pero no ahora que el tiempo ha transcurrido, sino incluso entonces, cuando se estrenó.

El argumento de la película: La historia de cuatro personajes, a través de los que se nos pretende explicar el quid del voyeurismo. Ann (Andie Mc Dowell) y John Millaney (Peter Gallagher), un joven matrimonio de guapos y triunfadores sociales que apenas mantienen una relación afectiva entre ellos y en la que la esposa recela del sexo con su esposo (él lo solventa con una amante Cynthia (Laura San Giacomo), su cuñada). Un buen día, se instala en casa del matrimonio, Graham (James Spader), amigo de la universidad de John que trabaja en un proyecto (que nunca termina de explicar) y para el que graba las experiencias sexuales de distintas mujeres. A este experimento se unirán Cinthy primero y Ann después, lo cual tendrá consecuencias en la relación que ambas mantienen con John. En este ámbito los protagonistas ser irán desprendiendo de sus inhibiciones y prejuicios, derrotando al único que de todos ellos miente.

Steven Soderbergh, su director, pretende engañarnos con recursos facilones, como es una buena  fotografía (proviene del mundo de la publicidad, no debe olvidarse) y una sorprendente banda sonora, pero el espectador no es tonto y lo que pretende ser una historia deslumbrante, vendida por la prensa hasta la saciedad como “lo más de lo más” no pasa de ser una opereta con pinceladas del morbo que producen las relaciones adulteras y el sexo.

Como curiosidad contar que el guión de esta película fue escrito en ocho días y filmado en Baton Rouge (localidad de origen del director), en otros treinta, con un presupuesto muy bajo. Pese a ello, obtuvo diversos premios internacionales, entre ellos la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes.

Sin embargo y pese a ello, fue la opera prima del director y se nota. Muchas de sus escenas y diálogos no están demasiado bien resueltos. Por poner un ejemplo: la constante intención del director de no mostrar cuerpos desnudos en escena, pese a ser una película que pretende hablar de sexo, hace que termine mostrando planos totalmente forzados y extraños.

Sin embargo, a pesar de todo, no podemos negar que nos encontramos ante una película intimista que nos habla de los sentimientos, de los afectos y de las relaciones interpersonales, lo cual no siempre es fácil.

En conclusión: Una película, en su tiempo alzada a los altares, que hoy bien puede servir para una noche de sábado en casa si no tiene mejor plan.

© Del Texto: Anita Noire

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jun 12 2010

El escritor: Cine y literatura. Mano a mano.

Dice el propio Roman Polanski que “la novela es el guión”. Quizá por eso el novelista Robert Harris no dudó en enviarle su libro El poder de la sombra (The Gosth), después de que fracasara el intento del director de llevar al cine otra de sus novelas. Pompeya.

En alguna otra entrada de este mismo blog se habla sobre la dificultad de trasladar a lo visual, a la pantalla, todo lo que es posible encontrar en un texto escrito. Pues bien, Roman Polanski no sólo lo consigue sino que, en ocasiones, es capaz de transmitir muchísimo más que lo que la novela o guión de origen pueden trasmitir al lector.

Contaba Harris en una entrevista, que trabajar con Polanski en la preparación del guión de cada una de las escenas fue como volver a escribir la novela, pues se detenían en cada una de ellas, las analizaban, las reescribían, las pulían, intentando no perder la propia estructura del libro y desechaban, mejoraban, cada una de ellas, trabajando conjuntamente. Dice Harris que este trabajo tan concienzudo consiguió que la película saliera mucho más reforzada que la propia novela.

Cuenta el novelista, con motivo de la elaboración del guión de esta película, que descubrió que él y Polanski compartían una misma manera de entender la narrativa (en su caso) y la construcción de escenas (en el caso del director),  pues ambos coincidían en entender que frente a la exhibición personal del autor/director  que puede caer en la tentación de crear artificios espectaculares, debe hacerse primar la historia, los personajes y la coherencia entre todo ello.

Me gusta esta manera de pensar, de crear, tanto sea para escribir como para dirigir una película de cine.

Con El escritor nos enfrentamos a una película de tintes propios del cine de Hitchcock. Un escritor (Ewan McGregor) recibe el encargo de terminar las memorias  del antiguo Primer Ministro británico Adam Lang (Pierce Brosnan). En un inicio no le seduce nada la idea, pero acabará aceptando el encargo. Su antecesor fue un colaborador del Primer Ministro que muere en un accidente mientras realiza el trabajo. Él debe trasladarse a la mansión en la que vive Lang junto a su esposa, Ruth (Olivia Williams) y su ayudante personal, Amelia Bly (Kim Cattrall); una isla en la costa este de Estados Unidos, en pleno invierno, con un tiempo absolutamente turbulento. Nada más instalarse en la isla,  un antiguo Ministro del gabinete de Lang le acusará de autorizar la captura ilegal de sospechosos de terrorismo y su posterior entrega a la CIA para que los torture. Estos hechos son crímenes de guerra. La polémica que se genera a partir de la noticia, atraerá a periodistas y manifestantes hasta la isla. El escritor, no se mantendrá ajeno a esta noticia ni a las consecuencias de la misma.

Un interesante thriller político que, algunos han querido ver como un paralelismo con el propio ex -Primer Ministro Tony Blair, pero que el propio escritor de la novela se ha encargado de desmentir, explicando que esa idea bullía en su cabeza desde hacía más de quince años.

Polanski consigue crear un escenario gris, lúgubre que acompaña como nada la sucia trama que nos cuenta. El mal es el centro de este film y el director consigue transmitírnoslo perfectamente. El escritor, ese que no tiene nombre, es un magnífico observador y esa caractarística llega perfectamente al espectador.

Una película técnicamente perfecta. Con un argumento político que, si bien inicialmente puede despistar, engancha desde un primer momento. Y, en el centro de todo, un montón de folios escritos, recogidos por un elástico que, sin quererlo, contiene la cara del mal.

Una buena película. No se les ocurra levantarse de la silla hasta llegar al final. Fíjense bien y ya me dirán quien gana ¿el bien o el mal?

©Del Texto: Anita Noire


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jun 10 2010

Soy leyenda: Adiós, esencia, adiós

Es muy común pensar que las versiones cinematográficas de una buena novela tienen forma y fondo de castaña pilonga. Dicho de otro modo, el libro suele ser mejor que la película.
En muchos casos, la trama de la película pierde profundidad al omitir detalles expresivos fundamentales. El metraje no puede ser infinito y hay que elegir. Otras veces, el director y los actores se encargan de destrozar las cosas intentando aportar toques personales que resultan ser golpes mortales en lugares intocables. Y, otras, el problema es que ni un solo miembro del equipo se logra enterar de nada al leer la novela para sacar de esa lectura una buena película fiel al original.
Soy Leyenda de Francis Lawrence es de estas últimas. Si el guión fuera original tendría un pase la cosa. Pero no. La película quiere ser fiel a la novela de Richard Matheson que es un clásico de la ciencia ficción. En ella se cuenta (resumo mucho aunque prometo hablar de ella en el blog “Escrito Para…” dentro de muy poco tiempo), en esencia, la forma que tiene de convertirse en monstruo cualquier ser vivo. Un individuo cualquiera que se queda solo ante un colectivo de otra naturaleza cualquiera se transforma ante ese grupo en un bicho extraño. Y, lo más importante, ante sí mismo. Esa es la esencia de Soy Leyenda.

Pero el director de la película dedicó sus esfuerzos a que viéramos todo lleno de monstruos horribles y a un hombre acorralado, atormentado y única esperanza para la humanidad. Es decir, se propuso hacer lo que le diera la gana consiguiendo excelentes resultados (al hacer un churro taquillero, claro).

La película es entretenida, trepidante. Ah y está vacía. Todo se sostiene sobre cuatro cositas que resultan chocantes por lo espectaculares que son. Pero la esencia desapareció por completo. Por esta razón he visto la película más de una vez buscando otra, la que el director de la película debería haber incorporado como parte fundamental del trabajo. Nada. Ni es una película que me emocione por algo, ni es una película que me enseñe un mundo diferente (vale, este tiene un aspecto algo raro, pero es el mismo que vivo yo y eso no me explica mi realidad, ni ninguna otra), ni es una película en la que los personajes ejerzan una mirada que me interese lo más mínimo. Se trata de una historieta entretenida. Poca cosa.

Will Smith está en su papel (diré esto haciendo un alarde de generosidad) correcto. Los efectos especiales notables (algo es algo). Y el maquillaje justito cuando debería haber sido espectacular.

En fin, que se puede ver para perder el tiempo. Eso si es que le sobra un minuto, cosa que me extraña. Así que ya sabe.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 9 2010

Atrapados: Lexatín, litros de cerveza y finales felices


¿Quién no ha oído hablar de la cenicienta, esa niña pobre, cuya aspiración en la vida era conocer a un príncipe forrado que la retirara del infortunio que le había tocado vivir, y (como los cuentos tiene final feliz) tras el flechazo indefectible, la muchacha en cuestión y el príncipe hermoso y forrado, vivieron felices y comieron perdices?

El argumento de este cuento se ha repetido hasta la saciedad. Cientos de novelas, de cuentos, de películas tratan sobre esta cuestión. Tanto se ha repetido la trama que nada parece novedoso, nada nos parece bueno, ni genial. La culpa es de lo manido del tema y que, en el fondo, todos hemos conocido el ardor mentiroso de la novedad. La muchacha (la nuestra) terminó engullendo kilos de lexatin para poder soportar al egocéntrico príncipe (el nuestro) y éste, a base de zampar las perdices sin control acompañándolas de litros de cerveza mientras miraba el futbol por la televisión, se convirtió en una caricatura de Nerón.

Sin embargo, hay una joya del cine, cuya historia no deja de ser la de una Cenicienta cualquiera. Me refiero a Atrapados de Max Ophüls. Transformar una historia corriente, un folletín de segundas y vulgar, en una obra de arte, sólo puede hacerlo un director de cine realmente bueno y eso es lo que es Ophüls, un director brillante, que crea unos espectaculares ambientes en los que recrea historias que, en ocasiones, rozan lo excelente y en otras, que sin serlo, se convierten en espectaculares gracias a su dirección.

En Atrapados, Ophüls, nos explica la historia de Leonora Eames (Barbara Bel Geddes), una joven sin apenas recursos económicos, cuya ambición es ingresar en una academia de modelos para aprender modales y a partir de los contactos que allí realice, conocer a un hombre acaudalado que la retire y le permita llevar la vida que siempre ha deseado. No dudará en privarse de todo para conseguir acceder a la academia, cambiando incluso su nombre para parecer más chic. Su sueño se verá realizado cuando desde la escuela la envían como señorita de compañía a la fiesta de Smith Ohlrig (Robert Ryan), un multimillonario con el que rápidamente contraerá matrimonio. Sin embargo, el sueño se convierte en pesadilla cuando, Leonora, intenta reconducir la relación, que se inició como una mera transacción comercial de intereses, a una relación basada en el amor. Descubre que se ha casado con un desequilibrado, un neurótico totalmente tiránico con ella. El matrimonio fracasa, decidiendo Leonora ponerle fin, para lo cual, volverá a no tener absolutamente nada, lo que la obliga a buscar trabajo. Allí conocerá a un médico, el Dr. Quinada (James Mason), sin ningún pretensión económica y completamente entregado a su trabajo. Sin embargo, Ohlrig no se lo va a poner fácil e intentará seguir controlando a Leanora.

Como podemos ver, una historia habitual, incluso actual. Cientos de jovencitas, con cabeza pájaros y la influencia de historias nunca contadas del todo, sueñan con dedicarse al mundo de la moda, como salto a una vida mejor, de fama, de dinero, de posición social. Lo cual, como en la propia película, acaba en un melodrama vital.

Lo genial de la película de Ophüls, es la capacidad de crear esa atmosfera densa, oscura, con un estética absolutamente elegante, como el que sólo se puede ver en el cine de antes, convirtiendo una historia corriente en algo que nos mantienen en suspense y con la incertidumbre de lo que ocurrirá al final de este cuento de la cenicienta con final incierto.

Una muy buena película arrancada a una trama floja.

© Del texto: Anita Noire

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jun 8 2010

El pianista: Alerta, que es de Polanski

Me gusta el cine Roman Polanski porque su cine nunca deja indiferente. Me gusta el cine de Roman Polanski porque lo que ya han contado otros un millón de veces lo convierte en la gran novedad. Me gusta el cine de Roman Polanski porque en sus películas casi nunca ganan los buenos. Al contrario. Pierden y resulta que no son tan majetes como creíamos.
El Pianista (la que dirigió Polanski, claro) cuenta la historia del houcausto judío. Centra la acción en la Varsovia ocupada por el ejército alemán, en los judíos polacos. Pero cuenta el holocausto entero. En fin, nada nuevo y, de tan repetido, nada conmovedor. Pero, como siempre ocurre en cualquier manifestación artística que pretenda serlo, lo narra desde un punto de vista original que hace novedoso lo antiguo.
Estarán pensando en la música. Pues no. Eso no deja de ser un adorno con el que el personaje principal crece mucho desde el principio y que da sentido a parte de la acción. Quizás estén pensando en la crueldad del ejército alemán. Pues tampoco. Polanski, director astuto, logra un mayor impacto enla imagen, pero no más profundidad expresiva. Poca cosa y muy vista. ¿El sufrimiento del pueblo judío? Nada, nada. Que eso ya está más que sobado en cine y literatura.
Me gusta el cine de Roman Polanski porque hace cosas imperdonables y pasan desapercibidas. Me encanta cómo camufla lo prohibido. Porque El Pianista se cuenta desde la estupidez. Y no precisamente desde la alemana. Que va. Desde la judía. Un pueblo se deja masacrar, se deja todo lo que es entre sus miedos y miserias, entre sus negocios cuando está a punto de ser exterminado, entre sus miserias. Un pueblo, el judío, fue incapaz de reaccionar ante un final trágico, cruel, despiadado, horrible. Nadie supo o pudo hacer nada excepto negocios entre cadáveres y condenados a muerte. Es eso lo que hace extraña la película de Polanski, es eso lo que duele, lo que hace reflexionar. Pero Polanski lo suelta como si con él no fuera la cosa, como diciendo “les voy a contar una de alemanes malos y pobres judíos”.

Me gusta el cine de Roman Polanski porque siempre que veo alguna de sus películas sé que algo se puede quedar sin ver siendo importante. Hay que ver estando alerta. ¿Qué era esta vez? Más estupidez. La de la población civil, la que vivía en la Varsovia ocupada haciéndose la muerta con respecto a lo que ocurría detrás de un muro. Cómo intentó salir ganando cuando, en realidad, perdía su condición, su humanidad.
Adrien Brody está fantástico en su papel. El maquillaje y el vestuario más que bien. La trama es tremenda. Y es que Polanski nos tiene acostumbrados al buen cine. Y a metérnosla doblada en cuanto puede.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 7 2010

Tomates verdes fritos: Poder compartir

El tema del racismo no es nada novedoso. El tema de la amistad más allá de lo convencional tampoco lo es. Hay cientos de películas que tratan sobre ello. Tomates verdes fritos, por tanto, pertenecería a esa serie de films nada novedosos en cuanto a su trama. Sin embargo, lo cierto es que algo tiene que la hace distinta. Quizás, la forma en que las protagonistas de esta película se alían, cada una a su manera, para no cejar contra las injustitas y prejuicios que el tema racial imponía en el sur de los EEUU, y cómo unas junto a las otras se convierten en refugios para sus propias vidas.

La película nos sitúa en un pequeño pueblo de Alabama, donde vive Evelyn Couch (Kathy Bates) una mujer tímida, acomplejada por su gordura, que, ante la insatisfacción vital que siente se refugia en la comida. Evelyn, conocerá a Ninny Threadgoode (Jessica Tandy), una anciana que vive en un asilo. Gracias a la relación que se establece entre las dos mujeres, Evelyn evolucionará hasta convertirse en una mujer completamente distinta. Paralelamente a la historia de estas mujeres, correrá, como un flashbacks, la vida de otras dos mujeres, Idgie y Ruth, que mantienen una relación de amistad desde que eran dos niñas y a lo largo de toda su vida. Para aderezar esta historia de amistad y compromiso, una trama de intriga que, entiendo, es lo de menos.

Y es que lo que importa en esta película es el tema de la amistad, de esas relaciones que establecemos con otras personas con las que somos capaces de compartir las amarguras y las alegrías que la vida nos depara a la vuelta de cada esquina. Porque no hay nada como compartir los disgustos y las penas para sobrellevarlos mejor y, tampoco no hay nada mejor que compartir esos momentos que tanto nos alegran. La complicidad  no tiene precio. Y ese es, precisamente, el nudo gordiano de la película.

“¿El secreto de la vida? El secreto está en la salsa”. Eso es lo que son los amigos,  los buenos amigos (los de verdad), son la salsa de nuestras vidas. De eso estoy completamente segura.

Tomates verdes fritos, es una historia entrañable, cálida, dirigida por Jon Avnet (productor de auténticos bodrios cinematográficos), que aprovechó una muy buena historia escrita por la novelista Fannie Flagg (Fried Green Tomatoes at the Whistle Stop Café); una fantástica ambientación sureña y un reparto de actrices de verdadera impresión, empezando por la grandísima Jessica Tandy, la inigualable Kathy Bates, y las encantadoras Mary Stuart Materson y Mary Louise Parker.

Este film tuvo dos nominaciones a los Oscar, a la mejor actriz de reparto para Jessica Tandy y a mejor guión adaptado. No obtuvo ninguno de los dos, pero merecía ambos, sin lugar a dudas. Obtuvo también diversas nominaciones a los premiso Bafta y a los Globos de Oro, sin obtener ninguno de ellos.

Como ven, les traigo otra película de relaciones humanas, de amistad, de amor y esperanza en el cambio, pero es que es lo que me apetece. No puedo decirles más que lo que aquí les dejo. Ahora tengo que reunirme con las que forman mi salsa, las que me alegran la vida, vamos a darnos unas risas y unos cuantos llantos si hace falta.

Disfrútenla.

© Del Texto: Anita Noire

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jun 6 2010

La noche de los muertos vivientes: Qué miedo me da la vida

La noche de los muertos vivientes es un clásico del cine de terror. Podrá gustar más o menos eso de ver como una banda de cadáveres devueltos al mundo se dedican a devorar a los vivos, podrá gustar más o menos la acidez en el humor con el que nos muestra la vida el director George A. Romero, y podrá gustar más o menos el retrato del ser humano que nos muestran en la película (todas las miserias humanas posibles aparecen secuencia a secuencia), pero que esta película es una enorme y monumental obra de arte es tan verdad como que las películas de Alejandro Amenábar son un paquete.
Ver a unos actores con el vestuario destrozado, los dientes negros y un maquillaje bastante asqueroso nos puede dar cierto repelús. Que agarren una plasta de blandiblú y finjan zamparse las tripas de una bella señorita nos puede hacer retirar la mirada de la pantalla. Incluso nos puede dar algo de miedo pensar que eso de los muertos corriendo detrás nuestra nos pudiera ocurrir. Pero lo verdaderamente horrible de esta película no son ni los muertos, ni los dientes guarros ni una muerte violenta a manos de una banda de desarrapados. Que va. Lo que da miedo son los vivos, cómo reaccionan frente a una situación concreta, la maldad que podemos llegar a desarrollar al sentir pánico y, sobre todo, lo idiotas que podemos llegar a ser. De cobardía, de traición, de bloqueo mental, de idiotez sensiblera. De eso nos habla la película de Romero. Hasta que no aparece el sheriff del condado con sus hombres armados hasta las cachas la cosa es medio normal, es decir, los muertos vivientes devoran personas. Pero aparece el tipo y los muertos vivientes mueren más todavía y los vivos también. Porque ¿qué es lo miedoso de está película? ¿Los muertos que van haciendo eses con cara de panolis o los humanos que destruyen lo que haga falta con muertos o sin muertos alrededor? No lo piensen mucho. Tememos lo que conocemos, pero nos causa horror lo que conocemos y las consecuencias de que ocurra algo en concreto.

Desde que Romero rodó esta película el cine de terror cambió por completo. Y evolucionó hacia el gore, por ejemplo. Desde que Romero rodó la película son muchos los que han intentado hacer cine de terror consiguiendo películas lamentables que trataban de imitar a La noche de los muertos vivientes. Han filmado pensando en asustar, en contar cosas horribles y sanguinarias (alguna excepción hay, ya lo sé) sin entender que los géneros en cine o literatura son vehículos que permiten entender el mundo real.
Impresionante forma de reírse del mundo entero la de Romero. Sí, de reírse he dicho. También de la muerte se pueden reír los seres humanos.
Miren, vamos a hacer una cosa. Consigan una copia de la película. Hagan palomitas sin temer que les de mucho asco la cosa(está rodada en blanco y negro y la sangre parece más una mancha de tinta que otra cosa). Miren la pantalla confiando en que tengo razón. Y luego me lo cuentan. Van a pasar un rato de lo más entretenido. En serio.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 3 2010

El concierto: Cada cosa en su sitio

Mediocre, inverosímil y lacrimógena. Toda una decepción. Me habían hablado muy bien de El Concierto de Radu Mihaileanu. Ya sé de quién no puedo fiarme.

El concierto es la historia de una venganza. Aquí no hay veneno, ni navajas degollando pezcuezos, ni horribles padecimientos de nadie. Al contrario, la música y la amistad son armas suficientes para que un grupo disparatado consiga lo que se propona.

Como en todos los viajes colectivos (aquí se viaja de Moscú a París), los individuos presentan sus propias motivaciones. Comerciar, conseguir trabajo, salir de un país en ruinas, dirigir una orquesta, conocer el pasado, hacer que el partido comunista se eleve hasta el mismo cielo o volver a beber. Con estos mimbres y un concierto en el Teatro de Châtelet se arma la trama de la película.

Un grupo de músicos acabados terminan triunfando, ella (la protagonista) llora, él está a punto (el protagonista), el público se enternece (el del cine, digo, porque el del Teatro de Châtelet está emocionado, en pleno éxtasis) y, oh, la felicidad se hace presente.

El concierto está salpicada de un humor muy elemental y unos diálogos bastante simplones. Lo mejor, por supuesto, la música. Aunque si se trata de escuchar un concierto de Piotr Ilich Tchaikovski prefiero ir al Teatro Real de Madrid y dejar lo del cine para mejor ocasión. No se me ocurre decir nada más. Es tan poca cosa esta película…

© Del Texto: Nirek Sabal

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