Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas): La Inmortal y la estupefacción

Esto es la vida para las maltrechas heroínas del cine musical egipcio de los años cincuenta: Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas).
Esta película de Niazi Mustafa es uno de los grandes clásicos de la época dorada del cine egipcio. La Inmensa Samia Gamal (pronuncien ustedes ese nombre en un café de El Cairo y se darán cuenta de que todas las conversaciones se detienen y se establece un silencio religioso) interpreta a Hoda, una deslumbrante bailarina que abandona los escenarios tras su boda con un médico (Nabil El-Alfi). Inmediatamente se desencadena un infierno de celos que la arroja a la bebida. Porque Hoda sospecha que su marido se entiende con su enfermera italiana Yolanda, que no es ni más ni menos que la enigmática y mítica Dalida en la que es posiblemente una de sus primeras interpretaciones.

Lo de Dalida, gestos, miradas y caídas de ojos, se escapa del entendimiento de la razón humana y ayuda a entender que se haya convertido en una Inmortal.
Samia Gamal es probablemente la más destacada actriz-bailarina de la historia y sus números en la película, que por supuesto es un melodrama musical, son elegantes y de una exactitud que roza la perfección.
La película retrata El Cairo cosmopolita y europeo de la mitad del siglo, con sus night clubs, grandes edificios de apartamentos e inmensos automóviles americanos circulando por sus avenidas. Obvia los problemas cotidianos, el derrocamiento del rey y las consecuencias de la revolución de Nasser y nos lanza en el medio de un mundo de sentimientos desgarrados, amor, odio, celos y destrucción, con un final feliz de redención y reencuentro.
Los que conozcan el cine egipcio asentirán a lo que se escribe como si fuera un acto de fe. Los que lo desconozcan por completo se quedarán absolutamente perplejos, se lo puedo asegurar.
Yo me quedé estupefacto.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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