La batalla de Hadiza: Desde Hadiza con amor

Me senté a ver La Batalla de Hadiza después de sufrir un golpe en la cabeza. Nada serio, pero si lo suficiente como para que me doliera y condicionara el día convirtiéndolo en momento de reposo. Debió de ser producto de este porrazo por lo que abandone mi tendencia a ver películas pastelosas. Esta vez, bélica, Iraq.

Y ahí me pregunto yo ¿Quién me mandaría a mí meterme en semejante vergel? La película de Nick Brooomfield adopta la forma casi de un documental. El argumento de la misma es un hecho verídico sucedido en Hadiza (Haditha – Iraq), en concreto la matanza ocurrida el 19 de noviembre de 2005. Aquel día los insurgentes iraquíes colocaron una bomba en la cuneta de una carretera por la que tenía que transitar un convoy de marines estadounidenses. La colocación de la bomba, a los márgenes de una carretera que cruzaba el pueblo de Hadiza hizo que sus moradores observaran la colocación de aquel artefacto y que nadie, de aquella población civil, hiciera absolutamente nada por salvaguardar su integridad física. Temían denunciar este hecho a los propios insurgentes y ser acusados de colaboracionistas, con las consiguientes torturas por parte de los suyos, y temían avisar a los soldados americanos y ser acusados de insurgentes. Al final, el artefacto explotó provocando la muerte de un soldado americano y graves heridas al resto de ocupantes de uno de los vehículos del convoy. A partir de este momento, los Marines inician una acción de represión contra la población civil, que termina con la muerte de veinticuatro personas, casi todas mujeres y niños.

La película no me gusta por tendenciosa. Es cierto que escoge muy bien cada uno de los momentos en que se desarrolla las acciones, que separa muy bien, la intervención del bando americano del de los propios iraquíes. Que intenta retratar sus personajes. Pero no me gusta. Sé que la finalidad de la película era mostrarnos que, en el día a día, en el cuerpo a cuerpo, es difícil separar la línea de lo que es la defensa de los intereses de una nación, de lo que es salvar la propia vida o la de los que tienes a tu lado o a tu cargo. Que una cosa son las guerras vistas desde los despachos, a cientos de miles de kilómetros y otra muy distinta, vivirlas a pie de calle.

Pero como digo no me gusta por tendenciosa. Los americanos son malos, muy malos, tontos, imberbes, maleducados y los iraquíes son buenos, buenísimos, incluso cuando ponen una bomba que puede matar no sólo a los americanos, sino a los suyos que pasen en aquel momento por allí. Por eso no me gusta. Porque estoy segura de que el mensaje que Broomsfield quiere transmitir es el de  la existencia de una inmediatez brutal en la guerra que puede desatar, de una manera irracional, la fiereza del ser humano, con independencia de que lo que defienda sea muy o poco legítimo, pero lo transmite fatal. O eso me parece a mí.

El inicio de la película deja claro este mensaje cuando el cabo Ramírez (Elliot Ruiz) dice que su aspiración es llegar vivo cada noche a su barracón, que ignora en realidad cual es el motivo por el que está en Iraq.

Las guerras al final se convierten en algo individual. El insurgente iraquí, el que coloca la bomba, como un amante padre de familia, donde pone de manifiesto que tras estar más de un montón de años en el ejercito, no le quedaba otra que jubilarse con una pensión ridícula y se suma a la Guerra Santa. Un soldado americano, que tras sufrir unas gravísimas lesiones en una anterior estancia en Iraq se reengancha al servicio porque sólo le queda una paga de  300 dolares USA. La situación de Iraq, de sus habitantes, del país, es lo de menos. Lo que mueve a los que están sobre el terreno son cuestiones bastantes más domésticas.

No acostumbro nunca a recomendar nada. Hagan lo que quieren, si quieren ver una película donde a uno se los tacha de tontos muy tontos, y a otros de buenos, buenísimo pues aquí la tienen. Una película bélica, con un formato de documental que, por mí, pueden tirar al cubo de la basura por muchos premios que se le hayan concedido, entre ellos, (información para forofos de los premios) la Concha de Plata del festival de San Sebastian.
© Del Texto: Anita Noire


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