Atrapados: Lexatín, litros de cerveza y finales felices


¿Quién no ha oído hablar de la cenicienta, esa niña pobre, cuya aspiración en la vida era conocer a un príncipe forrado que la retirara del infortunio que le había tocado vivir, y (como los cuentos tiene final feliz) tras el flechazo indefectible, la muchacha en cuestión y el príncipe hermoso y forrado, vivieron felices y comieron perdices?

El argumento de este cuento se ha repetido hasta la saciedad. Cientos de novelas, de cuentos, de películas tratan sobre esta cuestión. Tanto se ha repetido la trama que nada parece novedoso, nada nos parece bueno, ni genial. La culpa es de lo manido del tema y que, en el fondo, todos hemos conocido el ardor mentiroso de la novedad. La muchacha (la nuestra) terminó engullendo kilos de lexatin para poder soportar al egocéntrico príncipe (el nuestro) y éste, a base de zampar las perdices sin control acompañándolas de litros de cerveza mientras miraba el futbol por la televisión, se convirtió en una caricatura de Nerón.

Sin embargo, hay una joya del cine, cuya historia no deja de ser la de una Cenicienta cualquiera. Me refiero a Atrapados de Max Ophüls. Transformar una historia corriente, un folletín de segundas y vulgar, en una obra de arte, sólo puede hacerlo un director de cine realmente bueno y eso es lo que es Ophüls, un director brillante, que crea unos espectaculares ambientes en los que recrea historias que, en ocasiones, rozan lo excelente y en otras, que sin serlo, se convierten en espectaculares gracias a su dirección.

En Atrapados, Ophüls, nos explica la historia de Leonora Eames (Barbara Bel Geddes), una joven sin apenas recursos económicos, cuya ambición es ingresar en una academia de modelos para aprender modales y a partir de los contactos que allí realice, conocer a un hombre acaudalado que la retire y le permita llevar la vida que siempre ha deseado. No dudará en privarse de todo para conseguir acceder a la academia, cambiando incluso su nombre para parecer más chic. Su sueño se verá realizado cuando desde la escuela la envían como señorita de compañía a la fiesta de Smith Ohlrig (Robert Ryan), un multimillonario con el que rápidamente contraerá matrimonio. Sin embargo, el sueño se convierte en pesadilla cuando, Leonora, intenta reconducir la relación, que se inició como una mera transacción comercial de intereses, a una relación basada en el amor. Descubre que se ha casado con un desequilibrado, un neurótico totalmente tiránico con ella. El matrimonio fracasa, decidiendo Leonora ponerle fin, para lo cual, volverá a no tener absolutamente nada, lo que la obliga a buscar trabajo. Allí conocerá a un médico, el Dr. Quinada (James Mason), sin ningún pretensión económica y completamente entregado a su trabajo. Sin embargo, Ohlrig no se lo va a poner fácil e intentará seguir controlando a Leanora.

Como podemos ver, una historia habitual, incluso actual. Cientos de jovencitas, con cabeza pájaros y la influencia de historias nunca contadas del todo, sueñan con dedicarse al mundo de la moda, como salto a una vida mejor, de fama, de dinero, de posición social. Lo cual, como en la propia película, acaba en un melodrama vital.

Lo genial de la película de Ophüls, es la capacidad de crear esa atmosfera densa, oscura, con un estética absolutamente elegante, como el que sólo se puede ver en el cine de antes, convirtiendo una historia corriente en algo que nos mantienen en suspense y con la incertidumbre de lo que ocurrirá al final de este cuento de la cenicienta con final incierto.

Una muy buena película arrancada a una trama floja.

© Del texto: Anita Noire

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