may 11 2010

Cartas desde Iwo Jima: Todos abominables, todos nobles

No acostumbro a ver películas de contenido bélico, al menos no las que únicamente se desarrollan a base de mostrarnos soldados librando feroces combates para conquistar territorios hostiles, matando a diestro y siniestro. No me interesan pues, en este caso, como en muchos otros, la realidad que acostumbra a superar la ficción y, por tanto, en estos menesteres, me basta con poner el telediario de las nueve y ver unas cuantas imágenes de Afganistán, Ingusetia, Liberia, la Franja de Gaza, Indonesia o cualquier rincón del mundo en el que las personas han dejado de importar para que lo hagan otros intereses bastante más estúpidos.
Sin embargo, como en todo, hay excepciones. Tenía mucho interés en ver “Cartas desde Iwo Jima”, quería ver como se cuenta la historia de los vencidos en un conflicto de la magnitud del que se trata y quería ver como Clint Eastwood (que, francamente, me parece mejor director que actor), resolvía este tema, teniendo en cuenta su origen estadounidense, es decir, el mismo de los que integraron el bando ganador.
Debo decir que el último empujón para que viera esta película es que conocía la estupendísima música de esta película. Música compuesta por Kyle Eastwood, uno de los mejores compositores de los últimos tiempos, y que, como puede observarse por la coincidencia del apellidos, es hijo del director del film. De hecho, muchas de las bandas sonoras de las películas de Clint Eastwood están compuestas por Kyle Eastwood.
Cartas desde Iwo Jima” se rodó totalmente en japonés y en ella se ofrece la versión nipona de la batalla más cruenta de la II Guerra Mundial en el Pacífico. Como dato histórico decir que en aquel enfrentamiento fallecieron más de 20.000 japoneses y 7.000 estadounidenses. La famosa fotografía de los seis soldados americanos alzando la bandera de los EEUU en la ladera de Suribachi, en la isla de Iwo Jima, ha dado cientos de veces la vuelta al mundo. En la película se nos muestra la férrea resistencia japonesa dirigida por el general Tadamichi Kuribayashi (Ken Watanabe).

Debo confesar sin pudor ninguno que esta película me fascinó, me parece una de las mejores películas que trata el tema de la guerra, en realidad de la anti guerra, de las que he visto.
Es terriblemente intensa, te sacude y sientes, a lo largo de su visionado, como el honor reside, en muchas ocasiones, en los perdedores, en aquellos que saben que su final está ahí y están dispuestos a asumirlo. En este sentido, es verdad que Eastwood demuestra una total inteligencia en la gestión del film, una fotografía espléndida, la música no podría ser mejor, la sobria interpretación de los actores espectacular. Esta película no puede dejar a nadie indiferente. Retrata, como pocas, la condición humana, la contraposición entre lo abominable y la nobleza de las personas en situaciones límite.
Conseguí estar sentada en el sofá durante todo su desarrollo, sin pestañear, sintiendo un tumulto de sensaciones. Todo lo que veía me parecía importante. Todo se tenía que contar y eso, no es sencillo. Me invadió la tristeza y la desolación, no pude evitarlo, la guerra no sirve para nada, absolutamente para nada o, tal vez, sólo para demostrarnos la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.
Si quieren ver el otro lado de la moneda pueden ver “Banderas de nuestros padres”, pero yo, que soy muy mía, me quedo con “Cartas desde Iwo Jima”, creo que es una muy buena película que, ni siquiera a los que no les gusta el cine bélico, deben perderse. Altamente recomendable, a mi entender.
© Del Texto: Anita Noire


may 10 2010

Ágora: Nada del otro mundo


Bill Perkins – All Of Me

Lo grandioso es poco amigo de lo importante. Cuando algo grande, descomunal, acompaña una historia (por importante que sea) suele pasar que se termina viendo eso, lo enorme, quedando oculto el resto. Si eso que no se ve es lo fundamental, el problema es más que grave.
Un ejemplo. Tenemos un personaje al que ponemos ante situaciones límite secuencia tras secuencia. Accidentes, incendios, una explosión, lo que quieran. ¿Qué tenemos finalmente? Pues de todo menos al personaje. La acción se lo come sin remedio. Y, como da la casualidad de que tanto el cine como la literatura son el personaje y lo demás, tenemos como resultado un conjunto de escenas tan deslumbrantes como huecas. Sólo eso. Un desastre.
Alejandro Amenábar debería saber esto. Es más, creo que lo tiene muy claro. Pero una buena cantidad de millones de euros, las presiones de la productora y no sé qué más cosas, le han llevado (al menos eso parece después de ver la película) a rodar una serie de escenas muy espectaculares, con un despliegue técnico notable, muchos extras yendo de aquí para allá, violencia a cada paso y cosas de este tipo. Todo muy taquillero. Todo muy vacío.
Ágora cuenta la historia de cómo los cristianos se fueron haciendo sitio sacudiendo leña a todo lo que se ponía por delante (menudo descubrimiento), cuenta la historia de cómo un tipejo violento y mostrenco se convirtió en santo de la noche a la mañana gracias al fanatismo de los obispos de la época (otro gran hallazgo), cuenta la historia de unos paganos que, también, se liaban a guantazos en cuanto podían en nombre de sus dioses (quizás lo que Amenabar quería contar es que todos somos iguales lo que sería una auténtica novedad para el ser humano), cuenta la historia de la liberación de los esclavos gracias a unos cristianos que necesitaban de ellos para que lo suyo prosperase (bueno, bueno, bueno, impresionante). Y de paso, cuenta la historia de una mujer que pensaba, que amaba la ciencia, que murió por ello. Y el desastre cultural que supuso la aparición de un cristianismo demoledor que arrasó con toda forma de pensamiento distinto al suyo. Sin ninguna emoción a pesar de contar con Rachel Weisz que interpreta su Hipatia como puede.
Cuenta todo esto de forma espectacular. Estatuas que caen haciéndose añicos, edificios incendiados, encerronas de unos a otros que acaban en masacre. Y, de paso, cuenta la historia de esa mujer. Hagan una prueba. Cronometren los minutos de guantazos. Lo restan al total y tendrán el tiempo dedicado a lo demás. Amenábar juega a contar una cosa cuando, en realidad, cuenta otra. Lo hace justo al revés. Y eso convierte la película en una cosa bastante normalucha. Muy taquillera, pero normalucha.


Sí hay una cosa que me ha gustado mucho de la película. El director hace un juego muy interesante con la cámara cuando simula que llega del espacio exterior. O se aleja dependiendo del momento. Dicho de otra forma, focaliza en un punto concreto del mundo y de la historia. Sólo importa eso, es lo decisivo, cada foco es vital para el resto. Aparece una pregunta ¿quién está detrás de la cámara? ¿Quién cuenta esto? ¿Es importante su presencia con respecto a lo que pasa? Si estas preguntas no tienen respuesta, si se trata de un regate para conseguir justificar una elipsis narrativa, es que el desastre es absoluto y el director debería pensar sobre lo que ha hecho. Imaginemos que detrás de esa cámara está Dios o los dioses paganos. Eso es lo de menos. La cosa cambia mucho. O cualquier otra cosa, pero algo. (esto último lo digo porque siento cierto aprecio por este hombre y trato de encontrar una justificación a lo que ha hecho aunque creo que no sabría contestar a esas preguntas).
Por otra parte, salvo el personaje femenino principal que renqueando es lo mejor de todo, los perfiles de cada uno de los que pasa por la pantalla están muy, muy, en el aire. No terminé de comprender lo que hacían porque no estaba justificado, ni era creíble, casi nada.
En fin, que ya está dicho. Nada del otro mundo. Un montón de dinero tirado a la basura. Y una pena que gente con talento se deje embaucar por el dinero teniendo de sobra para vivir. Y para triunfar sin tanta grandiosidad en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 9 2010

El imperio de los sentidos: Castaña Sexopilonga


 

Jacques Loussier – Toccata and Fuge in C Minor Adagio

Son legión a los que les atrae todo lo que está relacionado con Asia. Yo, entre ellos, pero eso, en mi caso, no es significativo. Me atraen por igual los Fiordos Noruegos, la Pampa Argentina y Calatayud pero, lo que es cierto es que tenemos tendencia a creer que todo lo que viene de Asía es refinado, culto, exquisito y delicado, de lo cual tampoco escapan las historia de amor, sexo y pasión.
Como yo soy humana y mortal, no escapo a los estereotipos, así que me asomé a “El imperio de los Sentidos” en su original “Ai-no corrida” pensando que encontraría un película erótica, con argumento, donde el sexo, aunque pudiera ser explícito, fuera tratado con buen gusto y un elemento más de la historia que se contaba. Obviamente, si sólo hubiera querido ver sexo en estado puro habría ido a buscar una película calificada como porno.
Y ahí me tienen, viendo esta historia, de la que creo se podía haber extraído una película genial y que al final nos deja con una historieta contada de una forma totalmente ridícula. Una muchacha, Sada (Eiko Matsuda), entra a trabajar en una casa de prostitutas, donde el amo Kichi (Tatsuya Fuji), es el principal beneficiario de los servicios de las chicas que allí trabajan. Entre ellos se iniciará una relación basada en el sexo, donde los juegos sexuales lo dominan todo y eso es lo único importante. En ella una voluntad enfermiza por poseer al otro, más allá del sexo, que terminará con una situación verdaderamente dramática.
Me aburro soberanamente, una castaña pilonga de película. En el sexo, al menos el que pretende mostrarnos Oshima, está todo inventado por mucho que lo vista con kimono, paneles de papel de arroz y música de shamisen. Si la pasión la queremos transmitir mostrando continuas felaciones, revolcones con explosiones de placer tan fingidas que rozan lo ridículo, el resultado es que no se consigue transmitir absolutamente nada.
Puedo asegurar que el argumento era prometedor, que podía dar mucho de sí, pero es que de verdad que se queda en nada o eso es lo que a mí me parece.

Leí en algún panfleto hace ya algunos años (no puede recibir otro nombre, visto lo visto), que era una película muy espiritual, muy profunda, que fue aplaudidísima en el festival de Cannes, por allá finales de los años 70, pero de verdad a mi me parece un auténtico bodrio, que de profundo no tiene nada, absolutamente nada y que es tan lineal como monótono.
Leí, que en su día, que a su director, Nagisa Oshima, le costó muchísimo encontrar una actriz para encarnar el papel femenino de la historia, hasta el punto que su esposa se ofreció a realizarlo si bien, al final, fue Eiko Matsuda quien interpretó a Sada. Y ello, por lo visto fue así porque, en aquellos años, la censura japonesa prohibía le exhibición órganos sexuales en pantalla y las actrices japonesas temían perder sus carreras cinematográfica si intervenían en una película como la que pretendía Oshima.
Intento pensar un poco en el argumento, en Sada y Kichi, e intentándole sacar mucha punta puedo pensar que esta película contiene una metáfora sobre la lucha entre el amor y la muerte. La utilización del sexo como medio para retener a quien se cree que se puede perder. Debo decir que llegar a esta conclusión me ha costado un gran esfuerzo y dejarme las cejas pensando.
Como película erótica yo no le veo la gracia, al sadomasoquismo que nos intenta regalar, como gesto doloroso para remedirse de la culpabilidad por tener sexo con quien no se desea, tampoco me parece una opción. Sólo se me ocurre decir, tras ver esta castaña de nuevo, que el sexo entre dos personas no debería dar lugar al dolor o la muerte, sino el placer y la vida pero, parece ser, que algunos piensan distinto.
Por último, voy a guardar este bodrio en el último estante de la librería de mis películas, no vaya a ser que a alguien, alguna visita de las que pasan por aquí para ver cine, se le ocurra volver a ponerla en el DVD, pretextando un exotismo o vaya a saberse que, y tenga que soportar de nuevo semejante tabarra.
No pierdan el tiempo, seguro que tienen mejores cosas que hacer.
© Del Texto: Anita Noire


may 8 2010

La insoportable levedad del ser: El peso del que dependemos

Todos aquellos que, como yo, sufren de vértigo, coincidirán conmigo en que nunca hay que mirar hacia abajo. Que un leve movimiento en la superficie que nos sostiene, una ligera vibración en el muro en que nos apoyamos, desembocan siempre en la temida caída.
Esa caída rara vez es física, aunque sintamos abrirse las carnes y quebrarse el esqueleto. Es el dolor del miedo.
La caída depende siempre del peso que llevemos encima.
Los seres nos dividimos en leves o pesados.
Para los leves la vida es un continuo caerse, levantarse y sacudirse, alegremente, el polvo de la ropa. A los pesados nos oprime el irrespirable polvo de los leves.
Los leves viven una vida que suponen un ensayo, un borrador de lo que sospechan será la vida. Los pesados contravivimos con toneladas de pluriemociones, incomodidades y quebraderos de cabeza la versión definitiva. La única vida.

Una milimétrica grieta en nuestro suelo, un minúsculo orificio en el ascensor que a penas llega a la primera planta, son capaces de abatirnos y producirnos esa irrefrenable necesidad de caer al vacío, de entregarnos al vértigo. Aceleramos el proceso, nos rendimos al miedo. Lo que queremos resulta ser, a la vez, lo que más tememos.
Sin embargo los leves, que tan levemente pasan por la vida, subsisten ajenos a grietas y orificios, y, en caso de situación extrema, siempre cuentan con esa levedad suya, tan insoportable y amortiguadora, que les protege perennemente contra fracturas y otras contusiones.
Quizá exista el vértigo horizontal. Quizá es que su miedo sean las perspectivas, las posibilidades, los confines, las salidas…
Y, ahora, disculpen ustedes mis rodeos. No he podido opinar de otra forma sobre una película dónde los protagonistas son la incertidumbre, la debilidad, la fragilidad y el miedo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


may 5 2010

La buena vida: La historia de todos

La buena vida es una película de Andres Wood. Gano el Goya a la mejor película extranjera del año 2008 y eso, a mí, siempre me da cierta grima, pero cuando tengo momentos de debilidad cinematográfica, hago estas cosas, escojo una película que espero que me decepcione y, gran sorpresa, no sólo no me decepciona sino que me dejan pensando sobre ella y me encadena a ver todo lo dirigido por su director. Eso es precisamente lo que ocurrió con “La buena vida”.
Salí del cine con esta pregunta clavada en mi cabeza. Un interrogante que es recurrente en mí y que la película sólo sirvió para catapultarla de nuevo a la primera línea de fuego: ¿Somos lo que somos? O ¿Somos lo que los demás ven en nosotros? En realidad, somos las dos cosas, ni una, ni otra. Una constante dualidad que puede llegar a ser tan contrapuestas que al final, termine por confundirnos a nosotros mismos.
Santiago de Chile, año 2008. Cuatro personas, una psicóloga (Aline Kupenheim), madre de Paula que trabaja en el Ministerio de Salud asesorando a prostitutas y quiere recuperar algo que ha perdido, su familia. un peluquero (Roberto Farías), un músico (Eduardo Paxeco), que quiere entrar a la Filarmónica y tras superar las audiciones, queda en lista de espera y, mientras espera, entra a trabajar en el Orfeón de Carabineros y una superviviente (Paula Sotelo). Teresa, Edmundo, Mario y Patricia, con unas vidas e historias que inicialmente no tienen nada en común y que, en medio del ajetreo de la mundana Santiago de Chile, las cruzarán. Cada uno de ellos tiene sus propios sueños, cosas pequeñas, que parecen al alcance de la mano y que, sin embargo, nunca conseguirán.

Historias sencillas, reales, en una ciudad, Santiago de Chile, que existe y que el director de la película consigue sea un personaje más. Con su propia historia. Gente corriente, normal, que nos va a mostrar sus amores, sus miedos, sus angustias, alegrías, sueños y contradicciones.
No busquen más allá. Ustedes mismos podrían ser uno de los personajes de la película de Wood. Todos tenemos nuestras historias que en manos de un buen narrador podrían dar lugar a una buena película, pueden estar seguros de ello.
No se pierdan la banda sonora, yo descubrí a Chinoy, un excelente músico chileno, gracias a esta película, desde entonces forma parte de la banda sonora de mi vida. No se lo pierdan.
© Del Texto: Anita Noire


may 4 2010

The full Monty: El horno no está para bollos, pero…

El horno no está para bollos, es verdad, más de 4 millones de parados en este país es como para preocuparse, pero como en todo, o sacamos pecho e intentamos poner buena cara, intentándolo de verdad, o nos vamos al garete y terminamos todos con una úlcera. Es lo que hay.
Hoy es fiesta, 1 de mayo, festividad del trabajo. Me lío con “The full Monty”. La sinopsis: Inglaterra, condado de Yorshire. Una fábrica de acero cierra sus puertas y prácticamente toda la población masculina de la ciudad quedará en situación de desempleo. Historias personales, situaciones límite que obligan a buscar soluciones imaginativas a situaciones desesperadas. Una de ellas, a priori disparatada, organizar un strip-tease entre un grupo de amigos que, no son precisamente unos cuerpos Danone.
Una comedia estupenda, donde una colaboración estupenda entre un guión realmente fantástico de Simon Beaufoy y la buena dirección de Peter Cattaneo, en su opera prima, dieron un resultado genial. No es fácil hacer reír y menos cuando se toca material sensible.


A finales de los años 90, cuando aún no existía la moda de publicar calendarios de personajes anónimos desnudos (bomberos, amas de casa, futbolistas de tercera, etc.) con la finalidad de recoger fondos para las causas más variopintas, apareció en las pantallas de las salas de cine, una comedia, con un argumento la mar de original, donde sin ningún complejo y con grandes dosis de humor, la mayoría bastante negro, mete la cabeza en algo tan espinoso como es quedarse en el paro y, ante la falta de recursos, optar con la realización de un desnudo colectivo por parte de un grupo de amigos y conocidos todos en situación de desempleo como medio para la obtención de ingresos.
Hay momentos verdaderamente geniales en la película, entre ellos, el de la famosa cola en la oficina del paro donde, los que allí se encuentran, terminan bailando al ritmo de Donna Summer, cantantes de moda de años antes.
Una película tan bien montada que nos lleva de la risa desatada a la contención de la emoción que puede ponernos al borde de la lágrima. En definitiva una película muy humana, donde todos se comportan como pueden, donde todos intentan sobrevivir a una situación complicada a la que no ven salida.
Así que, sin olvidar que, como decía, el horno no está para bollos, más vale que aprendamos a reírnos un poco de todo y de todos. No tenemos más, o usamos la imaginación o terminaremos cazando moscas.
No se la pierdan, disfruten de una de las mejores comedias de los años 90.
© Del Texto: Anita Noire


may 2 2010

2046: Frente al folio en blanco


Algunos dicen que para ver “2046” hay que tomarse dos litros de whisky, siete kilos de barbitúricos y ponerse un par de pinzas para sujetar los ojos. Otros dicen que “2046”, es una genialidad que no pueden explicar. Sin embargo, soy de las que piensa que para ver “2046” sólo hay que sentarse, ver, escuchar, y no esperar nada, sólo así se puede encontrar mucho.
Una película puede ser una completa metáfora y eso es lo que Won Kar Wai, ha dirigido. Una metáfora sobre el amor, el desamor, sobre el pasado imposible de cambiar y el miedo al futuro. Sobre la escritura como catarsis para el que escribe, mediante la creación de mundos artificiales, inexistentes, creados a la medida del que los escribe, en los que le es más sencillo encontrarse, moverse; en los que no tiene que justificarse frente a nada, ni frente a nadie, ni tan siquiera frente a sí mismo.
Chow, un periodista mujeriego, decadente, instalado en la habitación de un hotel, la 2046, que mientras trabaja de reportero para un periódico de eventos, escribe una novela futurista que no es más que una recopilación de su propia vida del pasado, a través del cual busca su propia identidad. Para ello crea 2046 un lugar inexistente, del que la gente no vuelve y en el que nadie cambia. Un lugar creado a la sombra del ayer.
Me siento frente a un folio, ando buscando mi identidad. El porqué de lo que soy y de lo que seré, de lo que quiero vivir y de cómo quiero hacerlo. Pero yo no soy Chow, no voy a poder encontrarme a través de las notas que plasmo en un papel en blanco y que emborrono con mil chapuzas escritas.
Somos “pasado”, esa es una de las pocas seguridades que manejo. El amor marca, el desamor nos transforma por completo y para siempre, nada vuelve a ser lo mismo.
Dos hechos, el tiempo y el desamor, nos moldean, nos crea y no podemos huir de él. Nos dejan cicatrices tan profundas que dibujan los senderos precisos que recorreremos a partir de entonces.


Dibujos tristes, indelebles, condicionantes. Nada de lo que hagamos en el futuro, nada, va a conseguir borrar esas marcas que gravadas, para siempre, tienes en el corazón. Podremos disfrazarlas, pintarlas, intentar esconderlas, pero ahí están para recordarnos, cuando ellas quieran, lo que somos. Nunca se puede recuperar lo perdido. La melancolía impregna el futuro.
El pasado y el desamor jamás cambian, ahí están, formando parte de nuestro presente y condicionando el futuro. Podemos intentar disfrazarlos, escapar, incluso intentar olvidarlos, pero está tatuado en nuestro interior, inamovibles. Someterlos y ser capaz de vomitarlos convirtiéndolo en algo provechoso, una novela, una película, un cuadro, lo que sea, necesita de un ejercicio de interiorización y análisis que no siempre estamos dispuestos a realizar, el coste puede ser demasiado alto y dejarnos extenuados.
Sigo frente al folio en blanco. No sé crear mundos lejanos a partir de realidades propias y extrañas. La fusión de ambas en un lugar inexistente, que sólo existe en la mente, requieren talento, oficio y eso sólo lo tiene algunos privilegiados.
Yo no soy Chow pero sí que sé que “No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado. El amor es cuestión de tiempo”.
© Del Texto: Anita Noire


may 2 2010

2046: Mirando desde el submarino

2046 es una habitación de hotel en la que pasaron cosas. En la que siguen pasando. Un periodista intenta regresar a ella escribiendo un relato de ciencia ficción. Y lo intenta de ese modo porque dice que él no volverá por allí, que tendrá que inventar cómo sería esa vuelta. De la 2046 nadie ha regresado nunca. En la 2046 ya no hay secretos. Imagina un tren (el 2046) en el que las mujeres son androides incapaces de amar, programadas para hacer las cosas siempre igual, o programadas para amar a otro o hacer las cosas que uno no puede entender. Mientras, en el mundo real, todo está lleno de secretos, de mujeres que pueden amar (incluso a nuestro periodista), de personas carentes de imaginación. Un mundo decadente en el que el protagonista es su máximo exponente. Él es que no puede amar, al que le falta la capacidad de fabulación (el relato no es más que una repetición de lo que le pasa maquillada con mujeres biónicas).
No se trata de una mala película, pero deja demasiadas expectativas por cubrir. El director, con mucha habilidad, las enmascara con una estética notable, una música sorprendente por lo bien elegida, unos personajes muy atractivos y una trama que causa extrañeza. Pero la estética en cine no lo es todo, la música ya estaba, los personajes se quedan a medias con la excusa del ir y venir a la ciencia ficción y la trama camufla con giros extraños y tramposos la falta de recursos para solucionar lo que Wong Kar Wai plantea. Ni más ni menos que el gran problema con el que se enfrenta el hombre desde que lo es: el tiempo, su paso. Zanja el asunto con un mensaje parecido a “lo que ha pasado, pasado está, nada se puede cambiar salvo echando imaginación al asunto para modificar el presente”. Demasiado poco. Olvida Wong Kar Wai que el tiempo es, en realidad, una convención que el ser humano maneja para medir el tiempo que le queda de vida, que desde la ficción lo que se modifica es el pasado que arrastra toda esa fábula para que el presente sea más llevadero, para entenderlo. Parte de premisas demasiado superficiales para tratar un asunto muy serio.

Ahora bien, si dejamos a un lado lo profundo de la película, lo verdaderamente importante aunque sea la zona que muchos espectadores no transitan solos sino de la mano del director (ven lo que les enseñan y es suficiente), la película da el pego. Y lo digo sin ironía. Creo que es verdad. Wong Kar Wai hace buen cine, los actores suelen estar a la altura de los personajes que interpretan, la música suele ser deliciosa, algunas secuencias son tratadas con un mimo original, sugerente y sutil. De este autor, y de esta película en concreto, se dijeron maravillas en Europa y se le galardonó con el premio a la mejor película internacional.
Prueben suerte. Quizás no vean las cosas como yo.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 1 2010

La guerra de los mundos: Marcianos que no dan miedo


Jeff Waynes – La guerra de los mundos (Musical) – Parte 1 de 4

Y antes de que los juzguemos demasiado duramente, debemos recordar que la crueldad y la destrucción absoluta de nuestras propias especies ha caído no sólo sobre los animales, como los desaparecidos bisontes y el pájaro dodo, sino también sobre nuestras propias razas inferiores. Los tasmanios, pese a su apariencia humana, fueron enteramente barridos de la existencia en una guerra de exterminio llevada a cabo por los emigrantes europeos en el espacio de cincuenta años. ¿Somos unos apóstoles de la piedad tan grandes como para poder quejarnos de que los marcianos lucharan con este mismo espíritu?
Esto es lo que dice el narrador de la novela de H. G. Wells La Guerra de los Mundos que fue editada como libro, por primera vez, el año 1898. La primera versión cinematográfica apareció en 1952. Es la que más me gusta y de la que hablaré aquí.
¿De qué trata, realmente, esa película? ¿De marcianos? No, ese es el vehículo que se usa para hablar de otra cosa mucho más cercana. Del ser humano. De su maldad, de cómo su instinto de supervivencia es capaz de sobresalir para arrasar la vida ajena, de la ignorancia en la que vive, de lo poco que pinta en el universo a pesar de creerse único y poderoso en un espacio tan pequeño e insignificante como es el planeta Tierra. Y de cómo podríamos ser aniquilados, de cómo estamos destruyendo nuestro planeta. Es la misma cosa para quien quiera verlo.
Byron Haskin, el director de la película, nos muestra al hombre confiado. Nada le puede suceder. Y tan ajeno a lo que pasa que da miedo pensar en ello. En ese momento, la interpretación que se buscaba era muy parecida a la que se producía sobre los escenarios. No había grandes diferencias entre cine y teatro. Recuerdo un momento, al principio, cuando el primer meteoro cae en la tierra (qué forma tan antigua de llamar a las cosas !meteoro¡) los vigilantes del parque en el que se establece contacto, avisan a las autoridades. Lo hace uno de los dos que aparecen en pantalla utilizando la radio. El otro, mientras, aprovecha la oportunidad para ver las cartas que hay sobre la mesa haciendo trampas. El actor exagera mucho los gestos intentando desviar la mirada del espectador hacia él tal y como hacen los actores de teatro. Importan las cartas porque el hombre confía en sí mismo.

Byron Haskin, el director de la película, nos muestra al hombre salvaje. Cuando hay que huir todo sirve, todo vale, la naturaleza animal aflora y nada se respeta. El gran enemigo del hombre en su huída es el propio hombre. Las naves marcianas no han llegado a la ciudad y los hombres ya se están matando para librar su propio pellejo.
Byron Haskin, el director de la película, nos muestra al hombre diminuto. Abandonados en un pedrusco enorme que llamamos Tierra, estamos expuestos a toda clase de peligros desconocidos. Ni siquiera el armamento nuclear podría solventar la papeleta.
Y H. G. Wells lo deja bien claro en su novela. Somos una raza salvaje y destructora. Les pido, por favor, que lean con atención esa frase con la que comenzaba. En un desliz del narrador, mientras intenta criticar una actitud terrible del hombre, habla de razas inferiores. Y es que esto es lo que hay. Somos comos somos. Sin remedio.
Si tienen una copia a mano, echen un vistazo con atención. La puede ver los niños. Y les gustará mucho. Marcianos que no dan miedo ya no quedan apenas.
© Del Texto: Nirek Sabal