La ola: Cosa de uno mismo


Una muchacha es tímida. Su aspecto físico no es el arquetipo de perfección (ni se acerca), su inseguridad es abrumadora. Un chico es capaz de regalar lo que tiene a cambio de ser visto por otros como uno más aunque le desprecian una y otra vez. Se siente desplazado, ridículo. En su casa nadie le tiene en cuenta y está aislado. Otro no sabe lo que significa vivir en grupo o en familia. Soledad absoluta. Uno más, adinerado y popular, no quiere perder su status por nada del mundo. Y un adulto que sabe muy bien lo qué tiene que decir, cómo hacerlo y cuándo. Es su profesor.
Estos son algunos ejemplos de personajes que aparecen en la película dirigida por Dennis Gansel. La ola.
Nos cuentan los problemas que puede causar la ignorancia ante la aparición de una ideología, de un líder manipulador, de una disciplina que iguala a todos los componentes de un grupo. Nos cuentan cómo un individuo recibe una idea, la hace suya y recurre al grupo para anclarla en sí mismo y en otros. Aunque sea de forma violenta. Y nos cuentan cómo, a través del grupo, cada cual intenta conseguir sus propios objetivos teniendo mayor importancia dentro del colectivo.
Tratan de plantear, en esta película, el problema que aparece cuando una ideología parece colectiva siendo, en realidad, cosa de cada individuo. Las ideologías son cosa de las personas. Esto no es un descubrimiento fenomenal, pero tiene su cosa el plantearlo. La ignorancia o un ego descomunal y descontrolado son armas muy peligrosas si se unen diversas circunstancias en un momento concreto. Tampoco esto supone nada nuevo.
La muchacha rubia intentará desplazar a la novia del muchacho solitario para ser, así, su pareja. De paso demostrará a la chica más guapa de su clase que es muy poca cosa cuando se le hace guardar silencio. El chico humillado encontrará un refugio en el grupo y obtendrá notoriedad agarrando la violencia como seña de identidad. El profesor interpretará el papel de líder hasta más allá de los límites, alimentando un ego que termina arrasándole. Y todo acabará como el rosario de la aurora. Claro.
Aunque no se descubre nada nuevo con esta película, conviene echarle un vistazo. Si puede ser con nuestros hijos adolescentes al lado, mucho mejor. El director es hábil y monta un discurso muy atractivo y fácil de comprender. Juega con las costumbres de los jóvenes para mostrar y demostrar que lo cotidiano puede convertirse en una máquina demoledora si una idea absurda, recibida por ignorantes, arraiga en un colectivo. Pero en un grupo compuesto por personas, personas con intereses particulares y que asimilan las ideas si es eso lo que les permite conseguir lo deseado.

Los actores bien. Son muy jóvenes y, tampoco, se puede pedir mucho más. El adulto protagonista, Jürgen Vogel, está correcto en su interpretación. El resto es bastante normalito. La gracia de la película está en otra parte. La encontramos en que nos llaman ignorantes y nos advierten del peligro que corremos siéndolo o dejando que los jóvenes lo sean más que nosotros. La encontramos en el personaje del profesor, un tipo normal, que piensa, pero lanza ese pensamiento contra los que puede deslumbrar para dirigir sus vidas. Es decir, la gracia está en recordarnos que ante la falta de reflexión y conocimientos actuales (siempre fue igual, que nadie se lleve las manos a la cabeza) si aparece un tipo con cierto carisma en un momento en que no vemos salida a nuestra situación, le seguiremos hasta donde haga falta. Más que nada porque el ser humano desea conseguir cosas que, a solas, se hacen casi imposibles. Por resumir, nos cuentan la historia universal. A mayor disciplina en el grupo, a mayor falta de personalidad, a mayor violencia, mayor poder. Pues eso. A ver la peli y a intentar convencernos de que tanta ignorancia disfrazada de bienestar es el germen de la decadencia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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