Verdades universales


Llaman “Depresión” a la melancolía; “Ansiedad generalizada” a la urgencia de los impacientes; “Fóbicos” a los cobardes; “Obsesivos” a los insistentes; “Histriónicas” a las seductoras excitables y emotivas…
Toda emoción natural es patológica y anómala en psiquiatría. Todas están denominadas con algún apelativo más o menos morboso y crónico.
Yo, relativista, escéptica y morbosa-crónica psiquiátrica durante los últimos 35 años, me confieso víctima de la psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda. Fanática de Freud y Jung, por herencia paterna, y entusiasta del inconsciente y la interpretación onírica, me someto, optimista, cada primavera, a interminables y fatigosas sesiones psicoanalíticas con el inútil afán de descifrar cada sueño, temor e inquietud que me atormenta. Y, nunca, nunca llego al verano…
Me gusta observarme a mí misma, examinarme. Es cómodo desnudarse ante un desconocido, o desconocida, practique la terapia cognitivo-conductual, la idiota de Gestalt, de Beck o de Ellis. Eso da igual.
Nadie, realmente consciente, soporta más de 4 sesiones de esas cosas. A la 5ª, normalmente, desobedecemos, nos desconocemos, nos negamos al centrifugado cerebral, a la verdad absoluta. Nunca llegamos al verano. No existe moral universal de ninguna naturaleza. No existen verdades universalmente válidas. Existimos nosotros, con nuestras manías, catatonias y esquizofrenias. Una verdad es psicológicamente válida sólo cuando se puede cambiar. Y esas verdades psicológicas nuestras raramente “queremos” cambiarlas.
En cuanto a la terapia electro-convulsiva, esa que le aplicaron forzosamente a Randle, y a miles de “locos” entonces y ahora, sólo decir que tengo verdadero pavor a perder mi memoria. Que mi memoria es lo único que me queda. Los recuerdos, los sueños, los pensamientos… Es lo único que nos queda. Que todas las enfermeras Ratched se vayan al infierno. Yo no quiero desconocerme nunca a base de descargas eléctricas ni propiedades electrofísicas. De ninguna manera. Los electrodos, la amnesia y el estado confusional agudo que se lo prescriban al Dr.Hipócrates, con todos sus delirios y alucinaciones griegas.
Nosotros a lo nuestro.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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