may 13 2010

Tal como éramos: Nada cambia si los ojos son tristes

Chico con potencial y aptitudes literarias aunque inseguro y acomodaticio, pijo, y no guapo, sino guapísimo, conoce en el Campus de la Universidad a chica fea feísima, lista, contestataria, con inquietudes políticas y del pueblo. Chica se enamora de chico en el minuto tres, pero él está ocupado en muñecas de cutis de porcelana con apellidos de siete sílabas y casa en los Hamptons. Aún así, chica no le pasa inadvertida. Hay algo en ella de extraordinario, algo que llama su atención. Una noche le arregla los cordones de los zapatos que lleva desatados y en una fiesta de la Universidad la saca a bailar.
Pasa el tiempo, estalla la guerra, y en un garito, chica reencuentra a chico embutido en un uniforme de oficial de la marina y con una castaña del quince. Aprovechando la coyuntura, lo baja del taburete, se lo lleva a su casa y se lo merienda con patatas fritas. Al día siguiente, chico no puede ni calzarse la gorra del resacón que lleva y por supuesto no se acuerda de nada de la merienda. Ella le cuela un papelito en la guerrera con su número de teléfono “por si en otra ocasión vuelves por la ciudad y no tienes dónde dormir…”
Chico vuelve a la ciudad, se acuerda del papelito y llama por teléfono. Ella compra jamón, queso, cervezas, fresas con nata y flores frescas, pero cuando llega a casa, se encuentra con que chico, que se pensaba que estaba en una pensión, se dispone a salir de farra. Y qué hago yo ahora con la mantequilla de cacahuetes. A chico le parece tan auténtica que se queda.
Se enamoran. Pero chica no encaja en círculo de chico. Le parecen todos unos insustanciales que no paran de decir chorradas mientras ahí fuera el mundo está atravesando un infierno. Los amigos de Hubbell Gardner miran para otro lado, tosen… pobre chico, lo que se ha echado encima. Hubbell le pone las peras al cuarto a su chica y le dice que así no pueden seguir. Que se relaje, por Dios, que no es para tanto.
Katie está tan colada que accede. Haré lo que sea. Cambiaré. Soportaré a tus amigos. Se casan y se mudan a Hollywood donde Hubbell escribe guiones para películas. Por las tardes pasean abrazados por la playa. Los fines de semana juegan al tenis y preparan martinis. Poco a poco se van introduciendo en un grupo de Hollywood de izquierdas, y durante la caza de brujas de McCarthy corren peligro de ser acusados de ejercer actividades antiamericanas y de dar con sus huesos en la cárcel. Katie quiere salir a la calle y defender la libertad de expresión. Hubbell, quedarse en casa y defender su pescuezo. Aunque colada hasta las trancas, Katie no puede dejar a un lado sus principios. Está embarazada: “te quedarás hasta que nazca la niña?”. Sí, Hubbell es un caballero, pero los dos saben que todo ha terminado.

De nuevo han pasado los años. En Nueva York, Hubbell baja de un taxi con una rubia exquisita colgada del brazo. De pronto mira de reojo a la acera de enfrente, vuelve a mirar, y ahí está su chica, con el pelo frito, repartiendo panfletos contra la bomba atómica. Cruza la calle: no cambias nunca, verdad? Se abrazan. Sobre todo con los ojos. Con los ojos tristes. Por los viejos tiempos, pensarán. “Tienes una hija preciosa, Hubell”. Se apartan. Hubbell vuelve a cruzar la calle y Katie prosigue con su trabajo de repartir octavillas. Nunca más se volverán a encontrar.
Tal como éramos. Un gran título para una excelente película de los años 70, cuando aún faltaban 30 para que acabara el siglo. Cuando nuestra generación, y las de los que nos precedieron en los años 30, 40, 50, 60, pensábamos que podíamos cambiar el mundo. Cuando la política unía y desunía parejas porque era una parte importante de la vida y había que implicarse para sacar adelante lo que fuera. Las ideas, los ideales, el sentido de la justicia. Cuando el compromiso, un término que entonces manejábamos de forma muy habitual, nacía del interior y nos hacía sentir parte activa e indispensable del mundo que queríamos mejorar. Y cuando por cada gran colectivo de una sociedad indiferente y acomodaticia que tosía y miraba para otro lado, había una legión que luchaba con ahínco por defender y alcanzar sus sueños, cualesquiera que fueran. Dos mundos que existirán siempre y que deben estar equilibrados.
Quizá la pareja que formaron Robert Redford y Barbra Streissand dando vida a esos dos mundos diferentes en “Tal como éramos” se haya quedado muy anticuada ahora que los ipods, los iphones y los netbooks han invadido nuestras vidas y que hemos abandonado nuestras banderas en los altillos de los armarios. Ahora que parece que nadie ha tomado el relevo y que tampoco nos importa demasiado. Ahora que sólo queremos que nos dejen en paz.
Está claro que ya no somos los mismos.
© Del Texto: pyyk