may 8 2010

La insoportable levedad del ser: El peso del que dependemos

Todos aquellos que, como yo, sufren de vértigo, coincidirán conmigo en que nunca hay que mirar hacia abajo. Que un leve movimiento en la superficie que nos sostiene, una ligera vibración en el muro en que nos apoyamos, desembocan siempre en la temida caída.
Esa caída rara vez es física, aunque sintamos abrirse las carnes y quebrarse el esqueleto. Es el dolor del miedo.
La caída depende siempre del peso que llevemos encima.
Los seres nos dividimos en leves o pesados.
Para los leves la vida es un continuo caerse, levantarse y sacudirse, alegremente, el polvo de la ropa. A los pesados nos oprime el irrespirable polvo de los leves.
Los leves viven una vida que suponen un ensayo, un borrador de lo que sospechan será la vida. Los pesados contravivimos con toneladas de pluriemociones, incomodidades y quebraderos de cabeza la versión definitiva. La única vida.

Una milimétrica grieta en nuestro suelo, un minúsculo orificio en el ascensor que a penas llega a la primera planta, son capaces de abatirnos y producirnos esa irrefrenable necesidad de caer al vacío, de entregarnos al vértigo. Aceleramos el proceso, nos rendimos al miedo. Lo que queremos resulta ser, a la vez, lo que más tememos.
Sin embargo los leves, que tan levemente pasan por la vida, subsisten ajenos a grietas y orificios, y, en caso de situación extrema, siempre cuentan con esa levedad suya, tan insoportable y amortiguadora, que les protege perennemente contra fracturas y otras contusiones.
Quizá exista el vértigo horizontal. Quizá es que su miedo sean las perspectivas, las posibilidades, los confines, las salidas…
Y, ahora, disculpen ustedes mis rodeos. No he podido opinar de otra forma sobre una película dónde los protagonistas son la incertidumbre, la debilidad, la fragilidad y el miedo.
© Del Texto: Sonia Hirsch