2046: Frente al folio en blanco


Algunos dicen que para ver “2046” hay que tomarse dos litros de whisky, siete kilos de barbitúricos y ponerse un par de pinzas para sujetar los ojos. Otros dicen que “2046”, es una genialidad que no pueden explicar. Sin embargo, soy de las que piensa que para ver “2046” sólo hay que sentarse, ver, escuchar, y no esperar nada, sólo así se puede encontrar mucho.
Una película puede ser una completa metáfora y eso es lo que Won Kar Wai, ha dirigido. Una metáfora sobre el amor, el desamor, sobre el pasado imposible de cambiar y el miedo al futuro. Sobre la escritura como catarsis para el que escribe, mediante la creación de mundos artificiales, inexistentes, creados a la medida del que los escribe, en los que le es más sencillo encontrarse, moverse; en los que no tiene que justificarse frente a nada, ni frente a nadie, ni tan siquiera frente a sí mismo.
Chow, un periodista mujeriego, decadente, instalado en la habitación de un hotel, la 2046, que mientras trabaja de reportero para un periódico de eventos, escribe una novela futurista que no es más que una recopilación de su propia vida del pasado, a través del cual busca su propia identidad. Para ello crea 2046 un lugar inexistente, del que la gente no vuelve y en el que nadie cambia. Un lugar creado a la sombra del ayer.
Me siento frente a un folio, ando buscando mi identidad. El porqué de lo que soy y de lo que seré, de lo que quiero vivir y de cómo quiero hacerlo. Pero yo no soy Chow, no voy a poder encontrarme a través de las notas que plasmo en un papel en blanco y que emborrono con mil chapuzas escritas.
Somos “pasado”, esa es una de las pocas seguridades que manejo. El amor marca, el desamor nos transforma por completo y para siempre, nada vuelve a ser lo mismo.
Dos hechos, el tiempo y el desamor, nos moldean, nos crea y no podemos huir de él. Nos dejan cicatrices tan profundas que dibujan los senderos precisos que recorreremos a partir de entonces.


Dibujos tristes, indelebles, condicionantes. Nada de lo que hagamos en el futuro, nada, va a conseguir borrar esas marcas que gravadas, para siempre, tienes en el corazón. Podremos disfrazarlas, pintarlas, intentar esconderlas, pero ahí están para recordarnos, cuando ellas quieran, lo que somos. Nunca se puede recuperar lo perdido. La melancolía impregna el futuro.
El pasado y el desamor jamás cambian, ahí están, formando parte de nuestro presente y condicionando el futuro. Podemos intentar disfrazarlos, escapar, incluso intentar olvidarlos, pero está tatuado en nuestro interior, inamovibles. Someterlos y ser capaz de vomitarlos convirtiéndolo en algo provechoso, una novela, una película, un cuadro, lo que sea, necesita de un ejercicio de interiorización y análisis que no siempre estamos dispuestos a realizar, el coste puede ser demasiado alto y dejarnos extenuados.
Sigo frente al folio en blanco. No sé crear mundos lejanos a partir de realidades propias y extrañas. La fusión de ambas en un lugar inexistente, que sólo existe en la mente, requieren talento, oficio y eso sólo lo tiene algunos privilegiados.
Yo no soy Chow pero sí que sé que “No sirve de nada encontrar a la persona indicada si el momento no es el adecuado. El amor es cuestión de tiempo”.
© Del Texto: Anita Noire


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