abr 14 2010

Cita con Venus: Salvar a la vaca


brad mehldau – martha my dear

Siempre he pensado que el sentido del humor tiene mucho que ver con la inteligencia. Creo, también, que no podemos ser permanentemente sesudos y que hasta los temas más espinosos pueden ser, en realidad, deben ser tratados con sentido del humor. Lo cortés no quita lo valiente y hay tiempo para todo.
Rebusco en mi cajón de “desastres” algo que ver esta tarde. Quiero unas risas fáciles o una sonrisa fácil, tampoco me voy a poner exigente. La primera de todas las cintas las de la película “Cita con Venus” de Ralph Thomas y que protagonizan David Niven y Glynis Johns.

La sinopsis de la película, a mi me parece muy original, sobre todo si tenemos en cuenta que los hechos se sitúan durante la época de la Segunda Guerra mundial, en el año 1940, y la película se rodó en 1951. Apenas habían transcurrido seis años desde la finalización del conflicto armado más grande y sangriento de la historia del mundo. De ahí que no sólo sea original por la trama en sí misma sino por el momento en que fue rodada.

El 10 de Julio de 1940 los nazis invaden Amorel, una estratégica isla británica. La ocupación causa gran consternación al ministro de agricultura de Gran Bretaña, ya que en la pequeña isla se encuentra ”Venus”, una vaca de extraordinario pedigrí y de gran valor. El ministro presiona a la oficina de guerra para que intervenga en la recuperación del preciado animal.

Mezclar el tema de los nazis y el rescate de una vaca me parece una genialidad. La película, pese a su desarrollo que pretende ser bélico es una auténtica comedia. Debo tener un día tonto porque sé que no es el mejor film del mundo, pero me parece una genialidad, no cinematográficamente hablando, pero sí como un reflejo de la manera en que se actúa desde las altas esferas.

El dialogo sobre el linaje de la vaca y su descendencia, tratado como una cuestión de estado no tiene desperdicio. Pero es que seguro que cuestiones tan estúpidas se tratan así. Un auténtico despliegue de medios (submarinos, movilización de soldados, preparación de estrategias), todo para rescatar a una vaca preñada.

Una gran boutade pero es que así son muchas cosas que en los Estados se debate. Grandes chorradas que nos hacen perder el tiempo, el dinero, la paciencia y la confianza en las personas que dirigen nuestros designios.

Ya saben, si tienen una tarde tonta y creen que el mundo es lo más serio que alguien puede tener entre manos, busquen esta película y verán como pareciendo los más serios del mundo, manteniendo diálogos la mar de profesionales, se puede estar hablado de las bobadas más colosales que nadie puede llegar a imaginar.

Ah, y a ver si descubren cuantas manchas tiene Venus sobre su lomo.
© Del Texto: Anita Noire


abr 12 2010

La Lista de Schindler: Ya lo sabíamos, Steven



the manhattan transfer – chanson d amour

No me gustó, no me gusta y dudo mucho que llegue a gustarme esta película jamás.
Cuando alguien que quiere contar un mundo se compromete consigo mismo suele ocurrir que consigue cosas grandes (mastodónticas) a base de cheques millonarios (mastodónticos), de repartos extraordinarios (mastodónticos también) y de lágrimas arrancadas con cierta facilidad. Es decir, consigue cosas grandes y sin importancia. El compromiso ha de adquirirse con ese mundo por contar, con los otros. Y, si hablamos de arte, lo grande no tiene porqué ser excelente. Ni siquiera bueno.
Eso es lo que le pasa a Steven Spielberg en “La Lista de Schindler”. Con la excusa de homenajear a un pueblo entero lo que hace es darse un homenaje a sí mismo. Yo no voy a negar que esas atrocidades que cuenta en su película fueran reales. Es posible que fueran aún peores que las que muestra. Yo no voy a negar que muchos de los miembros de las SS fueran monstruos. Yo no voy a negar que el pueblo judío haya sido perseguido durante siglos. No, no lo haré porque creo que todo eso es verdad. Lo que me parece estéril (a estas alturas) es rodar una película que cuente lo que ya sabemos, que lo cuente con una clara tendencia a la exageración en las formas. Más que nada porque, cuando se trata de narrar y se llevan las cosas al extremo, se corre el riesgo de hacer desaparecer a los personajes, todo se desliza al terreno de fuego de artificio y la pomposidad.
Por ejemplo, no me creo a Liam Nesson haciendo de Schindler porque no me dejan ver al personaje. Ni me creo a ninguno de los actores que interpretan a los presos judíos porque me parecen todos iguales. Alguien puede decir que en esas circunstancias todos eran iguales. Y es verdad. Pero Spielberg no juega a eso, no. Lo que quiere hacer es justo lo contrario sin conseguirlo. Ni me creo a los que interpretan a los militares alemanes por lo mismo. Es el bien contra el mal cuando el director quiere enseñar que el bien es el conjunto de los bondadosos y el mal el conjunto de los asesinos.
El único intento serio de evolución en un personaje que se hace en esta película le toca a Schindler y resulta patético por increíble. Poco a poco va viendo cosas que le hacen modificar su postura (eso es lo que Spielberg quiere colarnos), pero, al mismo tiempo, un espectador atento a lo que ve no entiende casi nada. Demasiada ambigüedad para llegar a un destino tan rotundo. La secuencia en la que Schindler se despide de sus trabajadores (la guerra ha terminado) es una de las más inverosímiles que recuerde.

Ciento ochenta y siete minutos de película. Si eliminamos salvajadas y escenas violentas la cosa se quedaría reducida a la mitad (soy generoso en el cálculo). ¿Tiene esto un sentido narrativo distinto al de acongojar al espectador para que nunca olvide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? Eso ya lo sabemos de sobra. Mucho arroz para tan poco pollo.
Tal y como sucede en literatura lo explícito suele funcionar regular. Si Spielberg intentara dejar más sitio a sus espectadores lograría películas de mayor calidad expresiva. Contar todo es un tostón. Y contar siempre lo mismo durante más de tres horas un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 11 2010

Sueños de un seductor: La comedia en tiempos de Orfidal


McCOY TYNER TRIO – High Flight

Hoy voy a probar una cosa. Verán.
Decía Billy Wilder que en todas las épocas que estuvo deprimido hizo comedias. Y, cuando se sentía realmente feliz, rodó temas más bien trágicos. Quizás, probablemente, en un intento inconsciente de compensar sus estados de ánimo.
Pues bien, a mí ayer me diagnosticó un psiquiatra “recaída en cuadro depresivo ansioso”, ¿saben?, y, ante terrorífico dictamen, yo tenía tres opciones:
1ª: Un buen chute de Lorazepam y benzodiacepinas varias, que ya saben ustedes que es pan para hoy y hambre para mañana.
2ª: Hacerme de una botella de Bombay Shapire, una tonelada de Nordics y unos buenos chorros de agua del Carmen, que, como diría mi amiga Anita, es el mejor cocktail molotov para sucumbir mortalmente al sopor de TODO, pero que mis años y mis delicadas transaminasas ya no toleran un mililitro más.
O 3ª: Hacerle caso a Billy Wilder, y canalizar mis ansiedades escribiendo comedia. Cosa que se me da fatál…
Después de muchas intoxicaciones en vano de Bombay Shapire e infinitos, inútiles y comatosos letargos de Orfidal, esta noche no me queda más remedio que optar por la comedia, por Billy Wilder, por Woody Allen, por Bogart, que también me hace mucha gracia…
Entonces busco esa “absurda” cinta “Sueños de un seductor” (“Aspirinas para tres” en teatro), dónde un Allan Félix desastroso como yo, un fanático cinéfilo afectadísimo por su divorcio, busca desesperadamente a una sustituta con la ayuda del espectro de Humphrey Bogart, el perfecto consejero sentimental… (Sonrío).
El tal Allan, a pesar de perfumarse hasta la exageración, de exhibir sus impecables americanas, sus evocadores vinilos y atractivas tendencias artísticas, no consigue deslumbrar a nadie, excepto a Linda, la mujer de su mejor amigo. Una disyuntiva fatál, claro.
Bogart, su confesor, aparece constantemente envuelto en esa nebulosa secreta blanca y negra que evoca, sin remedio, a la inefable llsa Lund. El amor y la virtud. El dilema entre el deseo y el deber.

De pronto veo a Allan ligando en una galería. Contempla un Jackson Pollock precioso fuera de cuadro que ratifica la absoluta negatividad del universo, el odioso vacío solitario de la existencia, la nada, el predicamento del hombre dedicado a vivir en una desierta eternidad sin Dios como una diminuta llamita que relampaguea en un inmenso vacío dónde sólo hay desperdicio, horror y degradación formando una inútil camisa de fuerza que aprisiona un cosmo absurdo. (Sonrío).
-¿Qué hace el sábado por la noche?- pregunta un dudoso Allan a una repipi anoréxica en la galería.
-Me voy a suicidar- replica la repipi anoréxica.
-Pués el viernes por la noche- insiste un desesperado Allan fatalmente aconsejado por un Bogart de humo.
(Sonrío).
¿Se acuerdan ustedes? Allan, finalmente, acaba locamente enamorado de Linda, la mujer de su mejor amigo. Sin embargo, la deja marchar en una húmeda pista de aterrizaje como el Bogart de humo deja marchar a llsa Lund, con la ayuda de un gendarme francés, iniciándose así el principio de una gran amistad…
Bien. Yo, en calidad de depresiva ansiosa, de rendida ya ante cualquier consejo de seducción y atisbo de grandes y húmedas amistades, me atrevo a aconsejarles a todos, incluyéndome a mí misma, que no hagan ningún caso de Allan Félix, de ningún espectro de Bogart, de ningún gendarme francés en la niebla.
No dejen ustedes nunca escapar nada ni a nadie en ningún aeropuerto. No se fíen ustedes de la niebla. Y ante una situación extrema, tomen ustedes Orfidales y Bombay Shapire, pero nunca, nunca se olviden de compensar sus estados de ánimo con la comedia. Nunca. (Sonrío).
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 10 2010

El último tango en París: Sin retroceso


Ron Carter – Can�ao do sal

Un ordenador, un envase de mantequilla y unos dedos juguetones. Podría empezar con estas tres cosas para intentar poner al personal en disposición de leer una reseña erótica de “Un tango en París”. Espero no defraudar a nadie, pero para mí “El último tango en París” tiene muchísimas connotaciones además de esa.
Una de ellas, me remite a mi infancia. Sí, mi niñez. No es que fuera una niña de sexualidad precoz, pero cuando se estrenó “El último tango en París”, yo andaba dando tumbos por el mundo. Soy preconstitucional. Mi infancia estuvo marcada por cosas tan peregrinas como ir los domingos a la Plaza Cataluña a dar de comer a las palomas o las listas que mi madre entregaba a una vecina que los fines de semana iba a Andorra y nos proveía de azúcar, chocolate, queso de bola, colonias de lux y galletas danesas; y, la que ahora aquí me ocupa, la de poder señalar en el mapa de Francia donde estaba Perpiñán.
Sí, sabíamos dónde estaba Perpiñán porque hasta allí era donde nuestros padres decían ir a pasar el fin de semana y descansar aunque, en realidad, dar la excursión en cuestión no tenía otra finalidad que ir a ver “El último tango en París”. Se fletaban autobuses con la única finalidad de ir hasta Francia y ver como Marlon Brando sodomizaba a María Schneider a base de mantequilla. Eso y no otra cosa es lo que de boca en boca corría por aquella época.
Siempre me intrigó esta película, así que, cuando pude, me hice con una copia de aquella película que había sido censurada en España y que había provocado autenticas caravanas en la frontera de la Jonquera.
El film nos sitúa en París, a principio de los años 70. Paul (Marlon Brando), un hombre de 45 años que acaba de enviudar y Jeanne, una muchacha de 20 años (María Schneider), actriz amateur, se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. Desde ese primer encuentro casual, la atracción entre ellos surge de una manera brutal, de manera que sin cruzar apenas unas palabras, terminan haciendo el amor de una manera casi animal, en un piso totalmente vacío. A partir de ese momento, los encuentros en ese piso, que alquila Paul, se irán prolongando en el tiempo. Entre ellos se establece una relación que traspasa lo carnal para adentrarse en las relaciones violentas y de sumisión de Jeanne a Paul.

“El último tango en París” ha sido una película que además de lo sexual, trata de otras muchísimas otras cuestiones, bastante más sustanciosas, salvo que nos queramos quedar en lo meramente sexual, pero que han pasado totalmente desapercibidas. Retrata la crisis existencial de un hombre que siente la necesidad de romper con todo aquello que le ata al pasado e incluso al futuro. Vivir el sexo por el sexo, completamente desligado de emocionales, sin necesidad de conocer nada del otro, nada de nada. Sin vivir más allá del momento en el que están. Sin embargo, el sufrimiento no desaparece, sino todo lo contrario, pues el condicionante de no entrar en el mundo de uno y de otro, dejando de lado las historias personales de cada uno. Viven un “no hay futuro”, un “no hay esperanza”, sin que la entrega absoluta de uno a otro pueda abstraerse de lo que cada uno son. La válvula de escape de sus vidas, esos encuentros tan poco corriente, alejados de los convencionalismos sociales de la época, se convierte, poco a poco, en el yugo que terminará degradándolos totalmente hasta el punto de desear morir. El posterior intento de acercamiento personal fracasa totalmente.
La estética de la película, absolutamente desnuda de artificios, intentando centrarlo todo en los planos de sus dos protagonistas, en un lugar vacío, vestido a base de diálogos centrados en un presente limitado, colaboran en la creación de una atmosfera que, lejos de ser tranquilizadora, sirve para aumentar la angustia que ya de por si transmiten ambos personajes, sobre todo el de Marlon Brando.
El film de Bertolucci es una obra maestra pues consigue transmitir la imposibilidad de dar marcha atrás a las consecuencias de nuestras propias decisiones, consecuencias, que como en este caso, tienen un final trágico que es absolutamente inevitable.
A destacar una vez más, la banda sonora. El músico Gato Barbieri fue inmediatamente reconocido mundialmente a partir de su intervención en esta película.
Les recomiendo vean “El último tango en Paris” y que escudriñen en al metafísica de sus personajes, no se dejen engañar por la simple mantequilla.
© Del Texto: Anita Noire


abr 9 2010

El cielo protector: Voz en off



Bbo Stenson Quartet – Kukka

Esta no es una historia de viajes; ni de bonitos paisajes saharianos; ni de exploradores trotamundos en busca de aventura. Esta es la historia de Port, un compositor que no compone, y Kit, una escritora que no escribe, que con la excusa de buscar nuevos alicientes para sus actividades creativas, se adentran en un desierto con el único fin de encontrarse a sí mismos y darle algún sentido a sus vidas.
Esta no es ninguna historia de amor. Esta es una historia de soledades, de abandonos, de búsquedas inciertas. De tres personajes sumidos en una sigilosa desesperación en sus propios desiertos internos, tan remotos e infinitos.
No voy a hablar de la espectacular fotografía de Vittorio Storaro. Tampoco de la espectacular música de Ryuichi Sakamoto, una música preciosa, evocadora. Mucho menos del espectacular Bernardo Bertolucci, no lo conozco demasiado.
No me atraen las cosas muy espectaculares. Las prefiero pequeñas, inadvertidas, sigilosas…


Reviso ahora dos cameos pequeños y fugaces, al inicio y al finál de la película, de Paul Bowles, el autor de la novela. Totalmente opuesto, por cierto, a la realización de esta película, como casi todos los autores…
Rebobino, voy hacia adelante, hacia atrás… Montones de veces hago una pausa en la escena finál, dónde una Kit abandonada a su suerte, entra aturdida y desorientada en el café y sonríe aliviada al encontrarse con Bowles, el autor de su historia. Se acerca a él. Sus viejos rostros se reflejan en una vieja pared recubierta de viejos espejos. “¿Te has perdido?”, pregunta el autor. “Sí”, responde el personaje.
Al fondo del espejo se refleja el mundo merendando, ajeno a ellos dos. Un mundo indiferente, distante, maquillado con música francesa “no empática”, pastas y té.
Luego, suena la voz en Off del autor, que dice: “Como no sabemos cuando vamos a morir, llegamos a creer que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todos ustedes, sólo un cierto número de veces, y no demasiadas… En cuantas ocasiones te vendrá a la memoria aquella tarde de tu infancia, una tarde que ha marcado el resto de tu existencia, una tarde tan importante que ni siquiera puedes concebir tu vida sin ella. Quizás cuatro o cinco veces, quizás ni siquiera eso… Y cuantas veces más contemplarás la luna llena… Quizás veinte, y, sin embargo, todo parece ilimitado…”.
Ninguna panorámica de Storaro, ninguna evocadora nota de Sakamoto ni ningún espectacular Bertolucci me ha transmitido tanto como la voz en Off del propio autor confesando la premisa de su obra.
Yo vivo constantemente con esa premisa de Bowles. Ya la hice mi premisa. Ya sé que nada es ilimitado, que todo es efímero y fugaz, y que atravieso mi desierto guiada con esas líneas que una vez leí: “No sé muy bien lo que me espera, pero, de cualquier modo, iré hacie eso riendo”.
© Del Texto Sonia Hirsch


abr 8 2010

Habana Blues: Tomar los mandos. Otra vez.


Si me siento a pensar en las cosas que he hecho porque convenía hacerlas, porque era lo que tocaba, porque era lo políticamente correcto, me entra vértigo. Y esa sensación de mareo la tengo, sobre todo, cuando pienso en que algunas de ellas las he hecho contraviniendo lo que realmente quería o en lo que creía. Hacerse mayor tiene esas cosas, uno mira su mochila y se da cuenta de la cantidad de cosas que se termina haciendo a contra corazón. Pero, como todo, somos cíclicos, y traspasada esa locura de querer comerse el mundo a enormes bocados, dejándote jirones de tu persona colgados donde no debías o no querías, vuelves a tomar los mandos de tu vida. Necesitamos volver a nuestra esencia. A no tener que hacer lo que no queremos, a no tener que seguir aquello en lo que no creemos. Cuando empecé a trabajar en la que actualmente es mi profesión, recuerdo que un compañero veterano me dijo algo así como “bonita, cuando entres por esa puerta los cojones los dejas en el colgador que hay detrás de la misma. Cuando salgas, los coges de nuevo”. Debo decir que llevé mal aquella máxima, pero tragué con ella lo que fue necesario. Hoy, tras más de una, de dos, y de tres bofetadas vitales, pienso que, ni en mi trabajo ni en mi vida voy a colgar nada detrás de ningún sitio. Lo llevaré conmigo, pese lo que pese, tarde lo que tarde, me cueste lo que me cueste, me duela lo que me duela, aunque después me deje mi salario en psicoanálisis, pero no la época de las complacencias terminó.
Eso es “Habana blues”. La película de Benito Zambrano fue escrita en La Habana sobre el año 2003; en ella se nos narra la historia de dos amigos, de dos músicos, Ruy Santos (Alberto Joel García) y Tito García (Roberto Álvarez). Ambos cuentan en aquel momento con 28 años, que sueñan con triunfar en el mundo de la música y viven para ella. Tienen vidas completamente distintas, el primero vive con Caridad (Yailene Sierra) y dos hijos. El segundo vive con la abuela, Luz María (Zenia Marabal). Toda su vida se desarrolla en La Habana y se centra en la decisión de organizar un gran concierto que les de a conocer en Cuba. Trabajan incansablemente para conseguir un teatro, absolutamente desvencijado, para lo cual cuentan con el total apoyo del director del mismo y de las personas de su barrio. Mientras se encuentran organizando la celebración del mismo, contactan con ellos una productora discográfica española que busca músicos cubanos desconocidos para grabar un disco completamente nuevo. La condición, para que las ventas sean realmente ventajosas, unos contratos absolutamente esclavos que les llevaran a vivir fuera de la isla, y la imposición de que se opongan y critiquen desde el exterior el régimen cubano. A partir de este punto la historia llevará a sus protagonistas, antes unidos hasta el confín de la amistad, a que su relación se tambalee y se replanteen su propia vida.

La obra de Benito Zambrano nos habla de las relaciones personales, de la amistad, el amor, la colaboración, el distanciamiento y ruptura. Este y no otro, es el eje a través del que se construye esta historia. No esperen ver una obra política, una crítica encubierta a nada, porque no lo es.
En este film, lo que se no describen son los sentimientos que a uno le despierta la ruptura de la pareja, la perdida de los hijos, la amistad, el apego a la vida de uno, la ambición, la perdida de objetivos, la esperanza. Y nos muestra cómo, pese a los problemas, a las injusticias con las que nos podemos encontrar aún cuando no lo queramos, es el coraje, la capacidad de resistencia, la generosidad, la alegría de vivir, la que nos puede salvar de convertirnos en cadáveres andantes.
Esta producción tiene también como uno de sus máximos protagonistas la música. La banda sonora recoge unas 30 canciones, entre las que destaca “Arenas de soledad”. Los instrumentos principales son saxo, metales, guitarras, batería y armónica. Música joven cubana del momento.
No hay que perderse la enorme belleza visual de algunas de la secuencias de esta película, especialmente cuando nos muestra la ciudad de noche, nos pasea por el malecón, por los cientos de tejados de La Habana. Elementos increíbles, el Chevrolet del 52 de Tito, al que los propios protagonistas llaman “la máquina del tiempo, la permanente bicicleta de Ruy con la que se traslada de un lugar a otro de la isla. Las escenas del teatro completamente abandonado y que permite ver el cielo desde el patio de butacas (los interiores del teatro corresponden al Teatro Terry en Cienfuegos)
Estamos ante una película, divertida, con continua ebullición del color, de la vibración del buen ambiente, donde lo que importa es la amistad y la música.
No dejen de verla y, sobre todo, de escucharla.

© Del Texto: Anita Noire


abr 7 2010

The dark hours: De lo mal que funciona la mente humana


La mente humana funciona de una forma muy extraña. De hecho, no sabemos nada o muy poco de cómo el cerebro hace o deja de hacer. Un buen día, alguien se queda completamente higo. Y ya está, eso es todo lo que podemos saber. Es verdad que la psiquiatría y la psicología van avanzando, pero cuando un tío se queda colgado por completo la cosa se pone difícil. No hay quien le saque de donde esté. Sólo puede pasar que, otro buen día, se recupere sin saber porqué.
El cine moderno, igual que la literatura, buscan (más que contar historias) explicar como una mente cualquiera llega a funcionar, cómo se reconstruye o cómo termina de construirse. Es lo que llamamos personajes.
Algunos directores lo hacen de forma amable, otros grosera, los de más allá sin profundidad y los de más acá desde el terror, por ejemplo. Es, esta última, una forma muy espectacular de hacerlo. Y muy llamativa. Lo desconocido provoca el miedo. Si eso desconocido es uno mismo se convierte en terror. Como todos tenemos (a priori) una mente, la cosa suele funcionar.


The Dark Hours es una película de terror. De terror psicológico.
La protagonista de la película descubre que un tumor (localizado en el cerebro, en el de ella) crece rápidamente. Es algo que, como médico, ha tenido que estudiar y tratar en pacientes con tendencias asesinas, con individuos tremendamente violentos. Durante dos años, se había mantenido estable, pero ahora el diagnóstico es muy diferente. En este punto arranca la narración. El problema es que todo, a partir de la primera secuencia, es previsible. Si no lo fuera nadie podría continuar viendo algo así. Si no fuesen sucediéndose escenas que ya sabes que deben estar, la sensación de estafa sería tremenda, mayor que ver la película (algo de muchomérito, por cierto). Las películas que dedican todo el metraje a preparar una gran traca final y tramposa deberían estar prohibidas. Lo verdaderamente impactante de la película es una escena, (muy cerca del final y que alguien colocó allí para tratar de arreglar un poco la cosa), una escena, decía, tan brutal como innecesaria.
La tesis que se maneja es que, ante una lesión determinada, todos somos candidatos a ser asesinos malísimos, que la mente es lo que mueve a las personas y lo que manda en nuestras vidas. Qué original, oye.
Las interpretaciones de la media docena de actores y actrices es normalita, el guión quiere ser original cuando, en realidad, es una castaña sin pies ni cabeza, y el resto hace juego con él. Lo único bueno de verdad, lo realmente maravilloso, es que la película es muy, muy corta. Alguien del equipo de rodaje se apiadó de la humanidad. O se acabaron las idioteces por decir. Ese es el gran misterio. Y es que la mente humana funciona de forma muy extraña. Es capaz, incluso, de diseñar cosas como esta película.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 6 2010

El bibelot sin suelo



Keith Jarrett – In Love in Vain

Ingmar Bergman. Un hombre muerto del que me enamoré sin remedio un mes de octubre en una montaña de piedras volcánicas, loros tropicales, lagartos exóticos y un mar siempre agitado, sin sosiego.
Una curiosidad ilimitada, casi enfermiza, me llevó una vez a recluirme en una montaña sobre el mar al norte de Tenerife dónde me dediqué, exclusivamente, a beber Doradas y conocer y descifrar a Ingmar Bergman con la ayuda de sus diarios y apuntes de trabajo.
Con este emocionante recorrido por su biografía y creación artística yo pretendía, ansiaba de verdad, entender su cine. Ser consciente de él. Y es que su cine me ha afectado siempre especialmente, desde pequeña, en que de forma totalmente instintiva, yo me sobrecogía con “Fanny y Alexander” o “Gritos y susurros”.
“Persona” es una película que ya vi de adulta. Que me dejó horas petrificada en mi sofá, mirando al techo, sin saber muy bien qué pensar de ella.
Tiempo más tarde, volví a verla y volví a caer en el mismo estado de shock del primer visionado. Y así una media docena de veces. Todos, absolutamente todos, mis compañeros de sofá en cada proyección de “Persona” a lo largo de todos estos años quedaron profundamente dormidos en los primeros 30 minutos de película. Aunque hubo alguno que se anticipó y cerró los ojos en el minuto 0, justo al aparecer Svenk Filmindustri en los créditos iniciales. Y es que el sueco debe ser un idioma sedante, narcótico, analgésico de verdad, y yo una insomne crónica, desvelada de por vida…
Al norte de una isla llena de locos, con lagartos horripilantes en mi baño, olas gigantes inundando mi terraza y un chiflado disparando con su escopeta a todo pájaro que se posaba en mi tejado, yo leía a Bergman en busca del significado exacto de “Persona”.
“Persona” trata de dos mujeres. Elisabeth Vogler, una actriz que no habla, y Alma, su enfermera, que habla de más.
Sé que “Persona” fue escrita en un hospital bajo los efectos de la penicilina debido a una pulmonía mal curada que sufrió Bergman y que lo obligó a internar por un tiempo en el hospital de Sophia. Sé que empezó a escribir “Persona” para “entrenar su mano”. Sé que “Persona” está basada en una obra de August Strindberg (“La más fuerte”). Sé que Bergman desayunaba a las 7:30 con los demás pacientes del hospital; que luego daba su paseo matinal; que no permitió, durante este tiempo, prensa, cartas, telegramas ni llamadas telefónicas. Pero que sí admitía algunas visitas por la tarde. Sé que, entonces, estaba fuera de combate; que su trabajo como director del Teatro Dramático obstaculizaba su creatividad. Sé que fue necesario escribir “Persona” para disipar esa sensación de futilidad y estancamiento provocada por esa actividad suya en el teatro. Sé que la crisis era profunda; que “Persona” surge de una extraña fiebre y un montón de reflexiones solitarias. Sé que “Persona” le salvó la vida, que llegó al límite de sus posibilidades. Y que rozó esos secretos sin palabras que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz. No sé nada más.

Los que me conocen saben que enmudecí hace un tiempo. Que llevo meses en silencio, ausente aún presente. No ha habido diario ni apunte de trabajo de Ingmar Bergman que me haya esclarecido más “Persona” que este estado mío actual. En ninguna isla, con ningún loro ni ninguna Dorada yo hubiese entendido mejor a Elisabeth Vogler que ahora en este bibelot mío, tan clausurado e impermeable.
Ansío la verdad. La busco por todas partes. A veces he creído encontrar algo sólido, algo duradero, pero de pronto el suelo ha cedido. La verdad se ha diluido y desaparecido o en el peor de los casos se ha convertido en un espejismo. Es cierto que estoy muerta de miedo. Que mi perfíl más cobarde se ha fundido, de repente, con el perfíl más desconocido de una “Alma” extraña e incierta, aún por calificar. Me parece que este autismo y esta sordera mía, como la de la señora Vogler, se traduce como una fuga de la mentira, del vacío, el hastío, la frivolidad… Y nada mejor que el silencio para salvarme de la desesperación y el colapso. Nada mejor.
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 5 2010

Indochina: El rito de ver cine


CHARLES AZNAVOUR – Une vie d`amour

¿Tienen tiempo? ¿Les gusta la fotografía? ¿Adoran Asia? Mi respuesta es sí a cada una de las anteriores preguntas. Por eso, porque esta tarde dispongo de todo el tiempo del mundo y la lluvia invita a quedarse en casa, mi película para hoy es “Indochina” de Régis Wargnier.
Busco en el armario un “Ao Dais” originario de Hanoi. Me miro en el espejo mientras me peino con un recogido que acompaña a la perfección la estilizada casaca que sólo tiene sentido sobre los pantalones amplios y flojos que visten las mujeres vietnamitas. Preparo una enorme tetera y dispongo un pequeño vaso que me acompañará durante las más de dos horas de duración de esta película. Me siento en el suelo, cruzo las piernas para sumergirme en la inmensidad de Vietnam.
Indochina es la historia del fin del imperialismo francés en el sudeste asiático. Una historia que corre paralela a la vida de Eliane (Catherine Deneuve), Jean-Baptiste (Vincent Pérez) y de Camille (Linh Dan Pham).
Eliane es la dueña de una plantación de caucho en la Indochina Francesa de los años treinta. Hija de franceses pero nacida en la región, Eliane se considera asiática, aunque los nativos la perciban como extranjera. Cuando Eliane decide adoptar a la pequeña Camille -hija de un príncipe anamés- su vida comenzará a entretejerse con la de la historia indochina. Al crecer Camille, el amor de ambas mujeres por el mismo hombre las conducirá a la tragedia, al mismo tiempo que Indochina se liberará del yugo francés.


A destacar la interpretación de Catherine Deneuve. Está espléndida una vez más. Borda su papel de mujer fría e insensible que no duda en manipular la vida de los demás, en este caso la de Jean Baptiste, para alejarlo de su hija Camille, generándose a partir de ahí, un destino trágico y desgraciado para todos sus protagonistas. Inmejorables las escenas en las que Elliane se sumerge en oníricos mundos producto del opio, inmejorables las escenas en las que Jean Baptiste navega como si lo hiciera por el fin del mundo.
Esta película obtuvo el Oscar a la mejor película del año 1992, pero ciertamente ni el argumento ni el desarrollo de la película es que sean excesivamente brillantes. Sin embargo, es una gran producción donde es evidente que nada se escatimó en cuanto a fotografía y ambientación. De hecho es lo que seduce totalmente. Imágenes de unos soberbios paisajes de bosques invadidos por la bruma, de las altas formaciones rocosas emergiendo de entre las aguas en los deltas del Mekong, de los templos Vietnamitas, son lo que consiguen que uno se mantenga frente a la pantalla sin ni siquiera pestañear. Mil detalles para perderse observando. Por eso me gusta Indochina porque es una película de enormes detalles visuales. La historia que nos cuenta es lo de menos, eso pienso yo, pues no es más que la historia de la soberbia, de la destrucción y de la decadencia de los mundos personales, de los amores que terminan provocando una hecatombe y de las desgracias de las que uno no puede huir salvo que se sumerja en la nada para olvidar su propio fracaso.
No tengan prisa, no esperen una película de relumbrón, pero no se pierdan los detalles. De momento guardaré mi Ao Dais porque ahora sólo pienso en viajar en el tiempo y perderme en la Indochina de 1930. Un imposible, tal vez, pero nunca se sabe.
© Del Texto: Anita Noire


abr 4 2010

Diarios de motocicleta: Cada bocanada de aire

Todo el mundo ha sido joven alguna vez. Todos los que dejamos de serlo sabemos que es la peor de las pérdidas personales que se sufren.
Dejar de ser joven es (entre otras cosas, aunque fundamental) perder la inocencia, dejarla atrás definitivamente. Unos la pierden a base de golpes. Los otros a base de tirones. Todos de forma violenta.
Soy de los que piensan que siempre termina extraviada por una o dos razones muy concretas. Algo ocurre y ya nada es igual por siempre jamás.
El viaje iniciático que narra Diarios de Motocicleta es una clara muestra de esto que digo.
Protagonistas. Alberto Granado y Ernesto Guevara. Jóvenes, inteligentes (uno es Bioquímico y el otro está a punto de licenciarse en Medicina). Alberto es vividor, liante y complaciente. Ernesto es honesto y auténtico.
A Ernesto, pasados unos años, se le conocerá como “Che Guevara”.
Un viaje de miles de kilómetros se convierte en un viaje lleno de miles de personas. Campesinos que malviven bajo la opresión de los terratenientes del cono sur americano. Campesinos que no se diferencian de ellos, que son iguales que esos terratenientes. Así lo van sintiendo.
Ernesto escribe un diario durante ese viaje. En él se describe cómo renuncia a lo más convencional de su vida (dinero, familia, novia). En él queda el rastro de lo que será de lucha personal años después.
Que nadie piense que se trata de una película llena de matices políticos. No es así. De lo que está llena es de amistad, de solidaridad y de ternura sin tintes rojos o azules. Rebosa una inocencia que se pierde con cada paso de los protagonistas. El director (muy habilidoso) maneja la imagen evitando que aparezca de forma explícita aquello que el espectador podrá poner o no. “Aquí se cuenta otra cosa, señores” parece querer decir en cada secuencia.
Ernesto afirma que la vida es “luchar por cada bocanada de aire y mandar a la muerte al carajo”. ¿No es eso dejar de ser joven? De esto y no de política habla la película.

El tema “Al Otro Lado del Río” del uruguayo Jorge Drexler es fantástico, un broche dorado; la interpretación de actores y actrices más que buena, la dirección estupenda y el guión (sobre todo lo demás) sobresale para convertir una vida en algo mucho más comprensible de lo que puede aparentar.
No se pierdan detalle alguno del momento en que Ernesto Guevara cruza a nado el río Amazonas. Aún no es el Che Guevara, es “el Fuser” (apodo con el que se refiere a él su amigo). Desde una orilla se le pide que regrese (eso es lo que representa lo convencional, el estudio, la comodidad, lo más alejado a la pobreza). Desde la otra (llena de enfermos leprosos, de marginados, de pobres sin esperanza) le piden que haga un esfuerzo por llegar. Es la zona narrativa de la película más simbólica de todas. Por eso es la que prefiero sin duda.
Perder la inocencia, “dejar la civilización estar más cerca de la tierra”, más cerca de uno mismo porque, al fin y al cabo, de la tierra venimos y en la tierra terminamos de nuevo.
Por favor, no se les ocurra dejar de ver esta película, de volver a verla, de recomendarla a los más jóvenes que tengan alrededor. Si les sirve de algo, sepan que yo la vi cuando había perdido mi inocencia del todo y recuperé algo de ella, algo de esa juventud que nos permite disfrutar de la vida. Al menos sentirnos vivos.
© Del Texto: Nirek Sabal