Esplendor en la hierba: Oda a la inmortalidad

Es curioso como en una película basada en una oda a la inmortalidad sólo se escuche hablar sobre amores desgarrados, pozos de petróleo, responsabilidades paternales, incomprensiones generacionales, romances juveniles y todo un sinfín de pretextos cinematográficos.
Me gusta Elia Kazan. Me gusta como sortea la premisa de su argumento. Sus atajos. Cómo es capaz de condensar un colosal poema de Wordsworth en una histérica relación entre dos adolescentes.
Hace tiempo me afectaba mucho la desesperación de Deanie, la separación de Bud, la crueldad de los padres de ambos…
Todo lo presente me parecía eterno, firme, consolidado. El amor, la adolescencia, la euforia desmesurada… Nada parecía desvanecerse.
Todo era un pozo de petróleo inagotable del que yo podría subsistir toda mi vida. Yo no creía entonces en esos finales trágicos de Kazan. Qué va. Esos pataleos histéricos de Deanie en la bañera sólo pasaban en las películas. Esas despedidas tristísimas en un coche al sureste de Kansas sólo sucedían en los dramones tan amargos de William Inge.


Luego ya me hice mayor, como Bud y Deanie. Nos hicimos todos mayores… Y ese afán de eternidad que nos alimentó en la infancia, adolescencia, se fue escurriendo en un lento gota a gota por el desagüe eterno del paso del tiempo. La dichosa prudencia que nos otorga la voz de la experiencia y la madurez aplasta de una bofetada todo atisbo de perpetuidad. Siempre.
La permanencia que Deanie y Bud anhelaban en esas secuencias tan bucólicas e infinitas al sureste de Kansas suelen terminar siempre en pataleos de bañera junto a una madre que siempre lleva la razón, o, en el peor de los casos, en pataleos de diván junto a un especialista, que, también, siempre lleva la razón.
Yo, como practico el perspectivismo, y soy una persona absolutamente insensata e imprudente, les dejo a ustedes que pataleen dónde gusten. Total, “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.
Yo patalearé en la cama. El gintonic se acaba, como todo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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